Educación y jóvenes

Cuidar sin exponer

La adolescencia vuelve muy sensible la mirada de los otros. En la escuela, corregir también exige cuidar la dignidad de quien tenemos delante.

Hay escenas que duran menos de un minuto y quedan mucho más tiempo. Un estudiante responde mal, el profesor se fastidia, alguien se ríe y la corrección sale delante de todos. El chico baja la mirada o se hace el duro. Tal vez contesta peor. La clase sigue porque tiene que seguir, pero algo quedó ahí. Con los años uno…
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La adolescencia vuelve muy sensible la mirada de los otros. En la escuela, corregir también exige cuidar la dignidad de quien tenemos delante.

Hay escenas que duran menos de un minuto y quedan mucho más tiempo. Un estudiante responde mal, el profesor se fastidia, alguien se ríe y la corrección sale delante de todos. El chico baja la mirada o se hace el duro. Tal vez contesta peor. La clase sigue porque tiene que seguir, pero algo quedó ahí.

Con los años uno empieza a prestar más atención a esas escenas. No porque haya que evitar toda incomodidad ni porque los chicos no deban hacerse cargo de lo que hacen. La escuela también tiene que poner límites, pedir explicaciones, corregir. Lo que cambia es la pregunta por el modo. Una corrección puede ser necesaria y, sin embargo, estar mal hecha. Puede tener razón en el fondo y lastimar de más en la forma.

En la adolescencia, la mirada del grupo pesa mucho. Lo sabemos quienes pasamos horas con ellos. Quieren destacarse y esconderse casi al mismo tiempo. Buscan ser vistos, pero temen quedar expuestos. Hay días en que una risa ajena parece no importarles y otros en que una frase pequeña los deja girando por dentro durante horas. No siempre lo muestran. De hecho, muchas veces hacen todo lo posible para que no se note.

Por eso la vergüenza merece un lugar en nuestra mirada educativa. No como un problema psicológico que tengamos que interpretar todo el tiempo, sino como una dimensión muy concreta de la vida escolar. Está en el aula, en el patio, en una lectura en voz alta, en una pregunta que no saben responder, en una devolución mal medida. Y también está en la manera en que un adulto decide intervenir.

La vergüenza no siempre parece vergüenza

Un chico que se siente expuesto no necesariamente baja la cabeza. Puede reírse, desafiar, contestar con ironía o hacer un chiste antes de que otro lo haga. Algunos prefieren quedar como insolentes antes que dejar ver que algo les dolió.

Eso vuelve más difícil nuestra lectura. Frente a una provocación solemos responder a lo que vemos. Y muchas veces está bien hacerlo, porque el tono importa y hay conductas que no se pueden dejar pasar. Pero no siempre conviene quedarse solo con la superficie.

Más de una vez, después de una discusión en el aula, he tenido una conversación muy distinta fuera de la mirada del grupo. El estudiante que delante de sus compañeros sostenía una postura imposible, a solas podía decir otra cosa. No porque de pronto se hubiera vuelto razonable, sino porque ya no tenía que defender una imagen. Ya no había público.

Los adultos tampoco somos tan diferentes. Todos hablamos de otro modo cuando no sentimos que debemos demostrar algo frente a otros.

En la escuela, esto importa. Un adolescente puede reconocer un error si siente que hacerlo no equivale a quedar aplastado. Puede escuchar una corrección si todavía conserva un lugar desde donde responder. Cuando el adulto deja una salida, hay más posibilidades de que la palabra llegue.

Corregir sin hacer de la escena un espectáculo

Hay situaciones que exigen intervenir delante de todos. Si alguien está humillando a otro, si aparece una agresión o si el clima del curso se rompe, no siempre se puede esperar. La autoridad también se hace visible cuando cuida.

Pero una cosa es frenar una situación y otra prolongar la corrección hasta convertirla en espectáculo. A veces alcanza con una frase breve, dicha con claridad, y después una conversación aparte.

Ese “después hablamos” tiene valor cuando el después existe. Los chicos saben distinguir muy bien si fue una forma de sacar el tema de encima o si el adulto realmente vuelve. Retomar una situación con calma, lejos del ruido del grupo, permite escuchar mejor y también decir mejor lo que necesitamos decir.

En privado cambia incluso nuestra manera de hablar. Ya no hace falta imponerse para que el curso entienda quién tiene la autoridad. Podemos preguntar qué pasó, escuchar una versión que tal vez no esperábamos y sostener el límite sin subir el tono. El estudiante también puede aflojar. Algunas veces reconocerá lo ocurrido; otras, no. Pero la posibilidad de un diálogo es mayor.

Don Bosco tenía una intuición muy concreta sobre esto: la corrección debía cuidar el corazón del joven. No por blandura. Una humillación puede conseguir silencio inmediato y perder algo mucho más difícil de recuperar después: la confianza.

El aula puede dar vergüenza sin que nos demos cuenta

No toda exposición nace de una sanción. También aparece en cosas aparentemente pequeñas. Pedir que alguien lea cuando sabemos que le cuesta. Insistir con una pregunta cuando ya quedó claro que no sabe. Hacer un comentario irónico sobre una tarea no entregada. Convertir una llegada tarde en tema de conversación para todo el curso.

A veces ocurre sin mala intención. El ritmo de la clase lleva, el humor aparece, alguien se ríe y seguimos. Pero para el que quedó en el centro puede no ser tan fácil.

Hay estudiantes que necesitan mucho tiempo para animarse a participar. Una mala experiencia alcanza para que vuelvan a esconderse. La chica que leyó con dificultad y escuchó risas deja de ofrecerse. El que respondió algo equivocado prefiere no volver a levantar la mano. El que no entendió empieza a disimular la duda antes que exponerse otra vez.

Y entonces el aula parece más ordenada, pero también más silenciosa por dentro.

Aprender supone arriesgar algo. Hacer una pregunta, intentar una respuesta, equivocarse, mostrar que todavía no sé. Si el error se convierte en motivo de vergüenza, los chicos aprenden rápido a protegerse. Copian, callan, evitan. Desde afuera tal vez haya menos interrupciones; por dentro, hay menos confianza para aprender.

Una de las tareas más finas del docente es cuidar ese espacio. Cortar una risa sin convertirla en otro problema. Devolver naturalidad a un error. Hacer sentir que equivocarse no deja a nadie fuera del grupo. Parece poco, pero ahí se construye una parte importante del clima de aula.

Hay palabras que quedan pegadas

A veces no es la escena completa, sino una frase. “Vos siempre igual.” “Con vos ya sabemos.” “Milagro que trajiste la tarea.” Son expresiones que pueden salir en un momento de cansancio y provocar una risa rápida. Incluso el estudiante puede reírse. Eso no significa que no le hayan quedado adentro.

Las etiquetas tienen una facilidad peligrosa para instalarse. El vago, la conflictiva, el que nunca entiende, la que siempre exagera. Cuando esas formas de nombrar se repiten, el estudiante empieza a quedar encerrado en una versión de sí mismo que cada vez cuesta más mover.

Los adultos tenemos un peso particular en eso. Una palabra nuestra no es igual que la de un compañero. Viene de alguien que evalúa, que corrige, que ocupa una posición de autoridad. Por eso importa tanto cómo nombramos.

No hace falta hablar con una delicadeza artificial ni medir cada palabra como si estuviéramos caminando sobre vidrio. La escuela necesita espontaneidad y también humor. Pero el humor deja de ser sano cuando siempre cae sobre el mismo o cuando fija una identidad de la que después cuesta salir.

También hay palabras que reparan. Decir “esto hoy no salió” deja una puerta distinta de “vos no podés”. Señalar una conducta sin convertirla en identidad permite que algo cambie. Son diferencias pequeñas en el lenguaje cotidiano, pero para un adolescente pueden ser enormes.

El día siguiente también educa

Después de una discusión, una sanción o una escena incómoda llega el día siguiente. Y ahí hay otra oportunidad educativa.

Podemos recibir al estudiante con el gesto todavía endurecido, recordándole sin palabras que sigue bajo sospecha. O podemos saludarlo con normalidad y dejar que la relación continúe. Lo que ocurrió no desaparece. Si hubo una consecuencia, se sostiene. Pero el vínculo no tiene por qué quedar congelado en ese episodio.

Esto les cuesta también a los adultos. Cuando una situación nos desgastó, tendemos a mirar al chico desde lo que pasó. Necesitamos tiempo para volver a verlo completo. Sin embargo, esa capacidad de recomenzar es una de las cosas más valiosas que puede ofrecer una escuela.

No hacerle pagar hoy la vergüenza de ayer.

A veces el estudiante vuelve esperando frialdad. Está a la defensiva. Un saludo normal, una indicación dada como a todos, una conversación que no arranca desde el reproche pueden decir algo importante: lo que hiciste tuvo consecuencias, pero no quedaste reducido a eso.

La segunda oportunidad empieza muchas veces de una manera poco espectacular. Empieza cuando el adulto no usa el error como una cuenta pendiente permanente.

Cuidar la dignidad no debilita la autoridad

Hay días en que no acertamos. Decimos una frase que después nos gustaría retirar. Perdemos la paciencia. Corregimos delante de todos porque no encontramos otra manera en ese momento. También nosotros entramos a clase con cansancios, preocupaciones y límites.

Eso no nos desautoriza. Lo que hacemos después puede incluso enseñar mucho.

Acercarse a un estudiante y decirle que su conducta no estuvo bien, pero que tampoco nos gustó el modo en que le hablamos, no nos vuelve menos adultos. Al contrario. Muestra que la autoridad puede reconocer su propio error sin renunciar a la responsabilidad de educar.

Los jóvenes observan esto con mucha atención. Saben perfectamente que no somos impecables. Lo que miran es si usamos nuestro lugar para cubrirnos siempre o si somos capaces de hacernos cargo.

Quizá cuidar sin exponer tenga que ver con algo bastante sencillo y bastante difícil a la vez: no necesitar ganar la escena. Poder sostener un límite sin achicar al otro. Recordar que la autoridad no crece cuando alguien queda avergonzado delante de todos.

En una jornada escolar pasan muchas decisiones de este tipo que nadie registra. Un docente que espera al final de la clase para hablar. Una preceptora que aparta a un chico antes de corregirlo. Un adulto que frena una burla sin aumentar la exposición. Un profesor que recibe una respuesta equivocada y consigue que el estudiante siga participando.

Son gestos pequeños, pero van diciendo qué clase de lugar es la escuela. Si es un espacio donde hay que protegerse todo el tiempo o un lugar donde uno puede equivocarse, hacerse cargo y seguir siendo tratado con dignidad.

Para un adolescente, esa diferencia no es menor. Y para nosotros, que estamos ahí para ayudarlos a crecer, tampoco debería serlo.

Para un adolescente, esa diferencia no es menor. Y para nosotros, que estamos ahí para ayudarlos a crecer, tampoco debería serlo.

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