A comienzos de año, en la sala de profesores, hay frases que aparecen casi sin querer. “A ese lo tuve el año pasado.” “Con ella hay que estar atento.” “Ese curso es bravo.” La mayoría de las veces se dicen para ayudar. Compartimos información porque conocemos historias, dificultades, situaciones que conviene saber. El problema empieza cuando esa información llega antes que el propio estudiante y termina ocupando todo el lugar.
La escuela tiene memoria. Y está bien que la tenga. No empezamos de cero cada marzo ni podemos ignorar lo vivido. Pero con adolescentes esa memoria necesita cierta elasticidad. Cambian mucho, a veces en pocos meses. El chico que en segundo año no podía sostener una tarea puede llegar a cuarto con otra disposición. La estudiante que vivía a la defensiva puede haber encontrado un poco más de calma. No siempre sucede, ni ocurre de manera prolija. Pero sucede.
Por eso me inquietan las frases que parecen cerrar una historia demasiado pronto. “Es así.” “Siempre fue igual.” “Ya lo conocemos.” Entiendo de dónde vienen. Muchas veces nacen del cansancio y de experiencias repetidas. Aun así, hay algo injusto en pedirle a un joven que cambie mientras nosotros seguimos mirándolo como si no pudiera hacerlo.
La fama llega antes que ellos
Hay alumnos que cargan durante años con una fama que se vuelve casi un apellido. El que nunca entrega. La que contesta. El que siempre termina metido en un problema. Al principio esas descripciones pueden señalar algo real. Después, si no estamos atentos, empiezan a funcionar como una lente: vemos todo a través de ellas.
Entonces pasa algo curioso. El estudiante hace un movimiento distinto y nos cuesta creerlo. Entrega varios trabajos seguidos y pensamos que ya se le va a pasar. Se acerca a pedir ayuda y esperamos la excusa. Participa de una actividad con ganas y seguimos mirando de reojo, como si la versión anterior estuviera escondida detrás de la puerta, lista para reaparecer.
Los chicos se dan cuenta. Tal vez no sepan explicarlo, pero perciben cuándo un adulto los está mirando desde el presente y cuándo ya decidió de antemano quiénes son. Cambiar delante de alguien que espera tu recaída es mucho más difícil que cambiar delante de alguien que, sin olvidar lo ocurrido, deja abierta una posibilidad.
No se trata de festejar cualquier gesto como si todo estuviera resuelto. La continuidad importa. La confianza, cuando se dañó, necesita tiempo. Lo delicado está en no convertir ese tiempo en una especie de condena preventiva.
Cambiar delante de quienes ya te conocen
La adolescencia es una edad de ensayo. Se prueba una forma de vestirse, de hablar, de pertenecer. Cambian los grupos, los gustos, las opiniones. Lo que hace unos meses defendían con una convicción total hoy puede haber perdido importancia. A los adultos esa movilidad a veces nos desconcierta, sobre todo cuando preferiríamos un poco más de coherencia.
Pero crecer tiene bastante de eso. Hay algo que todavía se está buscando. Por eso conviene tener cuidado con las identidades demasiado rápidas. El gracioso del curso puede cansarse de ser siempre el gracioso. La que nunca hablaba puede querer tomar la palabra. El que venía flojo con el estudio puede empezar a tomárselo en serio y necesitar que alguien note el esfuerzo antes de recordarle todas las veces que no lo hizo.
He visto estudiantes intentar salir de un lugar y encontrarse con bromas que los devolvían enseguida. “¿Ahora vos estudiás?” “Mirá quién se puso responsable.” Se dicen riendo, sin demasiada malicia, pero pesan. El grupo lo hace; también los adultos podemos hacerlo. Sin querer, terminamos defendiendo la versión vieja justo cuando el joven está probando otra.
Dejarse sorprender por un estudiante es una disposición bastante humilde. Implica aceptar que nuestra experiencia no nos da la última palabra sobre él. Conocer mucho ayuda, pero no significa conocerlo del todo.
También nosotros quedamos atrapados
Hay alumnos que nos han agotado. Con algunos hubo discusiones repetidas, llamados a la familia, acuerdos que duraron poco. Uno los ve entrar al aula y el cuerpo se pone en guardia antes que la cabeza. Es humano. La memoria también está hecha de cansancio.
El problema aparece cuando empezamos a interpretar todo desde ahí. Una mirada nos parece desafío. Un silencio, desinterés. Una pregunta, una excusa que todavía no terminó de formularse. Llega un momento en que el estudiante casi no tiene margen: cualquier cosa que haga confirma lo que ya pensamos.
Por eso, permitir que un joven cambie también exige que nosotros movamos algo. No borrar lo ocurrido ni hacernos los ingenuos. Mover apenas la mirada, lo suficiente para comprobar si aquello que dábamos por sabido sigue siendo cierto.
Hay una experiencia sencilla que a veces ayuda mucho: encontrarse con un exalumno después de varios años. Uno descubre a una persona que ya no cabe en el recuerdo que tenía de ella. El adolescente inquieto ahora trabaja, estudia, cuida a otros. La chica que parecía tan insegura habla con una serenidad que sorprende. Entonces resulta evidente algo que dentro de la escuela olvidamos con facilidad: nadie queda terminado a los quince o dieciséis años.
Reconocer lo que se mueve
No todos los cambios necesitan un discurso. Muchas veces alcanza con que alguien los vea. Un comentario sencillo puede tener mucho peso: “Te noto distinto con esto”, “hoy resolviste mejor esa situación”. Dicho sin exageración, en el momento justo, devuelve al estudiante una imagen de sí mismo que quizá todavía está aprendiendo a reconocer.
También importa no convertir esa mejora en una nueva obligación. Si después vuelve a equivocarse, no hace falta recibirlo con un “viste que no duraba”. Los procesos adolescentes avanzan de una manera bastante menos ordenada de la que quisiéramos. Hay pasos adelante y vueltas atrás. Un retroceso no borra necesariamente lo que se había empezado a construir.
En Don Bosco siempre me llamó la atención esa capacidad de esperar algo bueno de un joven sin desconocer sus límites. Sabía corregir y podía ser exigente, pero no hacía del error una identidad. Esa mirada sigue diciendo mucho hoy. A veces un chico necesita, durante un tiempo, que un adulto sostenga una posibilidad que él mismo todavía no termina de creer.
Dejar una puerta abierta
Una escuela acompaña historias durante años. Vemos entrar a chicos muy chicos y después los despedimos convertidos en jóvenes que, en muchos aspectos, ya no son los mismos. Entre una escena y otra pasaron peleas, aprendizajes, amistades, pérdidas, descubrimientos, días en que todo parecía avanzar y otros en que parecía que volvíamos al comienzo.
Quizá por eso conviene desconfiar un poco de nuestras propias certezas sobre ellos. No porque la experiencia no valga, sino porque un adolescente está justamente en una etapa en la que muchas cosas todavía pueden moverse.
Hay algo profundamente educativo en ofrecer un lugar donde alguien no tenga que repetir para siempre el papel que ya le conocemos. El que fue conflictivo puede aprender otra forma de hacerse escuchar. La que vivió escondida puede animarse a ocupar espacio. El que se acostumbró a fracasar puede descubrir que también puede hacer algo bien. A nosotros nos toca estar suficientemente atentos para no devolverlos, por costumbre, al lugar anterior.
No sabremos de antemano qué cambios van a durar. Algunos serán apenas intentos. Otros necesitarán muchas idas y vueltas. Pero si un joven está tratando de vivir de otra manera, la escuela debería permitirle hacerlo sin recordarle a cada paso quién fue.
A veces basta con eso: recibirlo hoy sin obligarlo a rendir examen permanente sobre su pasado. Mirarlo un poco menos desde lo que sabemos y un poco más desde lo que está empezando a mostrar.