Educación y jóvenes

Entre planillas y personas

La escuela necesita registrar, ordenar y decidir. Pero detrás de cada dato hay una persona que nunca entra del todo en una casilla.

Hay tardes en que cierro la puerta de la oficina y sobre el escritorio queda una escena bastante conocida: la computadora con una planilla abierta, un par de papeles para firmar, alguna anotación a mano y, dando vueltas en la cabeza, una conversación que no quedó escrita en ningún lado. A veces me quedo unos segundos…
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La escuela necesita registrar, ordenar y decidir. Pero detrás de cada dato hay una persona que nunca entra del todo en una casilla.

Hay tardes en que cierro la puerta de la oficina y sobre el escritorio queda una escena bastante conocida: la computadora con una planilla abierta, un par de papeles para firmar, alguna anotación a mano y, dando vueltas en la cabeza, una conversación que no quedó escrita en ningún lado. A veces me quedo unos segundos mirando todo eso y pienso en la cantidad de cosas que una escuela registra cada día. También en todo lo que, por suerte, se resiste a ser registrado.

No tengo una mirada romántica sobre lo administrativo. Después de muchos años en la escuela, y más todavía desde tareas de conducción, sé que una institución se puede complicar mucho cuando los registros son pobres, la información se pierde o cada uno recuerda una versión distinta de lo ocurrido. Hay papeles que cuidan. Hay datos que permiten llegar a tiempo. Hay decisiones que necesitan quedar escritas.

Lo que me preocupa es otra cosa: ese momento en que el registro, que nació para ayudarnos a mirar, empieza a ocupar el lugar de la mirada. No ocurre de golpe. Sucede despacio, casi siempre mientras estamos tratando de resolver bien muchas cosas a la vez.

Lo que una planilla sabe y lo que no

Una planilla puede decirme cuántas veces faltó alguien, cómo viene una trayectoria o qué acuerdos se hicieron. Es información valiosa. Pero nunca me dice sola por qué ese estudiante que venía bien empezó a faltar, ni qué cambió en una familia, ni por qué un docente que siempre estaba disponible lleva unas semanas distinto.

Más de una vez, en una reunión, un nombre en la pantalla me hizo recordar algo que no estaba allí: una charla breve en un pasillo, una llamada que había quedado resonando, el comentario de alguien que lo vio apagado. En ese momento la fila vuelve a tener rostro. Y cambia la conversación.

La dificultad es que los datos ordenan y la vida casi nunca llega ordenada. Un mismo número puede contar historias muy diferentes. Por eso me cuesta cuando, sin querer, empezamos a llamar a las personas por aquello que más aparece en el registro. “El de las faltas”, “la familia difícil”, “la que siempre llega tarde”. Son atajos comprensibles. Todos los usamos alguna vez. El problema es cuando el atajo se convierte en el único camino para mirar.

Escribir sin encerrar

Los informes tienen una fuerza especial porque permanecen. Una frase escrita hoy puede ser leída meses después por alguien que todavía no conoce a esa persona. Y esa primera frase, aunque no lo pretendamos, puede convertirse en una especie de presentación.

Con los años fui aprendiendo a escribirlos con más cautela. No por miedo a decir lo que pasó, sino justamente por respeto a la verdad. Una cosa es dejar constancia de una conducta, de una dificultad o de un acuerdo. Otra es escribir de tal manera que parezca que la persona ya quedó explicada.

Todos cambiamos, y en la escuela ese movimiento se ve mucho. Hay chicos que sorprenden para bien después de meses muy difíciles. Hay familias con las que una relación que parecía trabada encuentra otro cauce. Hay adultos que atraviesan momentos malos y vuelven a estar de otra manera. Si lo escrito no deja ninguna puerta para eso, quizá el problema no esté en la persona sino en nuestra forma de registrar su historia.

Por eso desconfío de las frases definitivas. “Es así.” “Nunca puede.” “La familia no acompaña.” A veces nacen de un cansancio real y hasta tienen detrás experiencias repetidas. Pero puestas por escrito pueden durar más que la situación que las produjo.

La escuela real queda un poco más lejos del escritorio

Hay días de conducción en que uno trabaja horas por los estudiantes sin hablar con un solo estudiante. Se responden correos, se revisan autorizaciones, se toman decisiones, se completan plataformas. Todo es necesario. Y, sin embargo, al final de la mañana puede aparecer una sensación extraña: trabajé por la escuela, pero estuve bastante lejos de su vida.

Por eso me hacen bien ciertos recorridos sin demasiada importancia aparente. Pasar por un patio, entrar unos minutos a un aula, detenerme en una puerta, cruzar dos palabras con alguien. No porque esas cosas sean “más educativas” que resolver un trámite urgente, sino porque me devuelven la proporción. Me recuerdan para qué existe todo lo demás.

También me pasa en algunas reuniones. La conversación se vuelve técnica, empiezan a aparecer porcentajes, antecedentes, procedimientos. Todo corresponde. Pero a veces hace falta decir un nombre en voz alta y recordar que esa persona va a volver al día siguiente, va a cruzarse con nosotros, va a sentarse en un aula. No estamos hablando de un caso. Estamos intentando cuidar una historia concreta.

Don Bosco también tuvo papeles

A veces imaginamos a Don Bosco solamente en el patio, rodeado de jóvenes. Me gusta esa imagen, pero sería incompleta. También tuvo cuentas, cartas, obras que sostener, problemas económicos, talleres que organizar y una cantidad enorme de decisiones prácticas. No vivía al margen de la administración.

Lo que siempre me resulta significativo es que todo ese trabajo no parecía borrar los nombres. La organización estaba al servicio de una casa llena de personas concretas. Esa intuición sigue siendo actual. Una escuela necesita estructura para cuidar bien. Y necesita cercanía para que la estructura no termine funcionando sola.

No veo una oposición entre ambas cosas. He visto cómo una administración descuidada puede terminar perjudicando justamente a quienes más necesitan continuidad. También he visto instituciones muy ordenadas donde, sin mala intención, alguien podía convertirse demasiado rápido en un dato. El desafío no está en elegir entre humanidad y organización. Está en no permitir que una vuelva invisible a la otra.

Volver a mirar después de registrar

Hay algo que intento recordar, aunque no siempre lo consiga: anotar una situación no significa resolverla. Una ausencia repetida puede abrir una pregunta; un conflicto asentado puede exigir volver a hablar. Terminar un informe no pone punto final a la vida de nadie.

Quizá una buena administración escolar se mida también por eso: por cuánto nos ayuda a no olvidar. Que la información llegue a quien corresponde y que el dato nos devuelva a la persona, en lugar de permitirnos desentendernos de ella.

Al final de algunos días, justo cuando pienso cerrar una planilla, alguien golpea la puerta. Entra, se sienta y empieza a hablar. La planilla queda abierta en la pantalla. Puede esperar.

Al final de algunos días, justo cuando pienso cerrar una planilla, alguien golpea la puerta. Entra, se sienta y empieza a hablar. La planilla queda abierta en la pantalla. Puede esperar.

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