Educación y jóvenes

La escuela no puede con todo

Hay situaciones que exceden lo que una escuela puede resolver. Reconocerlo no es retirarse: a veces cuidar bien es pedir ayuda y seguir cerca.

Hay situaciones que llegan a la escuela y uno siente bastante pronto que no alcanzan una conversación, una sanción o un poco más de buena voluntad. A veces aparece en un estudiante que cambia mucho en pocas semanas. Otras, en una familia que llega cansada después de sostener algo difícil durante demasiado tiempo.…
Imagen vinculada al artículo educativo La escuela no puede con todo
Hay situaciones que exceden lo que una escuela puede resolver. Reconocerlo no es retirarse: a veces cuidar bien es pedir ayuda y seguir cerca.

Hay situaciones que llegan a la escuela y uno siente bastante pronto que no alcanzan una conversación, una sanción o un poco más de buena voluntad. A veces aparece en un estudiante que cambia mucho en pocas semanas. Otras, en una familia que llega cansada después de sostener algo difícil durante demasiado tiempo. También puede surgir en una reunión entre adultos, cuando alguien pregunta qué hacemos ahora y, por un momento, nadie tiene una respuesta convincente.

En esos momentos a mí me aparece un reflejo conocido: hacer algo. Buscar una salida, llamar a alguien, pensar una medida, ordenar lo que se pueda. Después de muchos años en educación uno se acostumbra a hacerse cargo, y me parece que hay algo bueno en eso. Lo difícil es aceptar que, algunas veces, seguir haciendo cosas no significa necesariamente estar ayudando mejor.

Esa ha sido una de las cosas que más me costó aprender: hay problemas que entran por la puerta de la escuela, pero no por eso la escuela tiene la respuesta completa. Y reconocerlo no equivale a mirar para otro lado.

Cuando uno quisiera poder más

Me ha tocado estar frente a una familia esperando una orientación y sentir con bastante claridad que lo que podíamos ofrecer desde la escuela era importante, pero insuficiente. Ese momento incomoda. Uno quisiera decir algo que ordene, ofrecer una solución, devolver un poco de tranquilidad. No siempre se puede.

A veces, por no quedarnos cortos, terminamos prometiendo más de lo que podemos sostener. O empezamos a ocupar lugares que no son los nuestros. Escuchamos una situación compleja y sentimos que tenemos que explicarla. Vemos a un chico muy angustiado y quisiéramos saber exactamente qué hacer. Nos preocupa una familia y tratamos de acompañarla más allá de lo que realmente podemos. Casi siempre nace de una buena intención.

Pero la buena intención también necesita límites. No porque haya que tomar distancia, sino porque el otro merece una ayuda adecuada y no solamente nuestra voluntad de ayudar.

Hasta acá podemos llegar nosotros

La escuela ve mucho. Quien comparte varias horas por día con una persona advierte cambios que quizá en otros lugares tardan en notarse. Nos damos cuenta de que alguien dejó de participar, que está faltando demasiado, que se aisló o que responde de una manera que no era habitual. Esa cercanía cotidiana es valiosa. Muchas veces permite que algo sea atendido a tiempo.

Pero ver no significa saber siempre qué está pasando. Y acompañar tampoco nos convierte en especialistas de todo. Un docente puede ser una referencia decisiva sin convertirse en terapeuta. Un preceptor puede escuchar muchísimo sin tener que resolver una historia familiar. Quien conduce una institución puede sostener una situación delicada y, al mismo tiempo, admitir que necesita orientación.

Decir “hasta acá puedo acompañarte yo; para esto necesitamos otra ayuda” cuesta. A mí, por lo menos, me ha costado. Parece que uno estuviera haciendo menos. Con los años fui entendiendo que algunas veces es exactamente al revés: es tomarse en serio lo que le pasa al otro.

Pedir ayuda sin sacarse el problema de encima

Hay una diferencia que las familias y los chicos perciben enseguida. No es lo mismo orientar a alguien hacia otra ayuda y seguir cerca que entregar un teléfono, un nombre o una indicación y dar el asunto por terminado. En el primer caso la escuela reconoce un límite. En el segundo, la persona puede sentir que pasó a ser problema de otro.

He visto familias que llegan agotadas de contar la misma historia en distintos lugares. Vuelven a explicar, buscan un turno, esperan, reciben otra indicación. Cuando desde la escuela sugerimos una consulta más, conviene recordar que para nosotros puede ser una orientación y para ellos otro tramo de un camino que ya viene siendo largo.

Por eso importa el modo. Poder explicar qué estamos viendo, por qué creemos que hace falta otra intervención y qué vamos a seguir sosteniendo nosotros. Escuchar también lo que la familia ve en casa. A veces ahí aparecen diferencias, y no siempre se resuelven rápido. Pero cuando nadie intenta quedarse con toda la explicación, es más fácil construir una ayuda que tenga sentido.

Lo que la escuela sí puede hacer

Reconocer límites no achica la tarea educativa. A mí me ha ayudado, más bien, a valorar mejor lo que una escuela puede ofrecer y que otros espacios no siempre pueden dar.

La escuela puede ofrecer continuidad. Un lugar al que volver al día siguiente. Adultos conocidos. Una rutina que, en momentos difíciles, sostiene más de lo que parece. Puede cuidar que alguien no quede expuesto, conversar con quienes comparten el día con esa persona y hacer pequeños ajustes para que siga pudiendo aprender y pertenecer. Puede observar cambios y compartirlos responsablemente con quienes están acompañando desde otros lugares.

Nada de eso parece espectacular. Frente a ciertos problemas incluso puede parecernos poco. Sin embargo, he visto más de una vez cuánto significa para alguien que una parte de su vida siga teniendo cierta normalidad cuando otras cosas se desordenaron.

A veces pensamos que ayudar es encontrar la solución. Muchas veces nuestro aporte es otro: sostener el lugar mientras la solución se busca en otra parte.

No tenemos que hacerlo solos

En tareas de conducción también se aprende esto. Hay momentos en que toca levantar el teléfono y decir: “Con esto necesitamos que nos orienten”. Los años de experiencia ayudan mucho, pero no convierten a nadie en especialista universal. Más bien deberían enseñarnos a reconocer antes cuándo hace falta otra mirada.

Siempre me resultó muy salesiana esa idea de una casa sostenida por personas distintas. En Valdocco no todos hacían lo mismo ni podían hacer lo mismo. Había educadores, maestros, gente de oficio, colaboradores, personas que acompañaban desde lugares diferentes. La casa funcionaba porque la tarea no dependía de una sola figura capaz de resolverlo todo.

Algo de eso necesitamos también hoy. Trabajar con otros sin sentir que pedir ayuda debilita nuestro lugar. Poder confiar en otros saberes y, al mismo tiempo, cuidar aquello que nos corresponde como educadores.

Seguir ahí

Para mí, este es el punto que no conviene perder. Después de pedir ayuda, la persona vuelve. Al día siguiente entra otra vez por la misma puerta, se sienta en el aula, se cruza con nosotros en un pasillo. La vida escolar continúa mientras afuera quizá se está trabajando algo mucho más complejo.

Ahí podemos hacer mucho sin invadir. Recibir con normalidad. Estar atentos sin convertir a nadie en un caso. Sostener una exigencia que tenga sentido. Preguntar cómo viene, cuando corresponde, sin obligar a contar. Y seguir ofreciendo ese lugar cotidiano que la escuela sabe ser.

No todas las situaciones terminan como quisiéramos. Hay problemas que duran, ayudas que tardan en llegar y momentos en que uno se queda con la sensación de haber podido poco. También eso forma parte del oficio. No podemos prometer que todo se va a resolver.

Después de tantos años, me resulta más honesto pensar el acompañamiento de una manera menos heroica. Hay veces en que cuidar consiste en darse cuenta de que solos no podemos, buscar a quien pueda ayudar y no desaparecer mientras tanto.

Quizá la escuela no pueda con todo. Tampoco tiene por qué. Pero puede seguir siendo ese lugar donde, aun en medio de algo que la supera, una persona vuelve al día siguiente y encuentra que todavía la estábamos esperando.

Quizá la escuela no pueda con todo. Tampoco tiene por qué. Pero puede seguir siendo ese lugar donde, aun en medio de algo que la supera, una persona vuelve al día siguiente y encuentra que todavía la estábamos esperando.

Si este tema te interesó...

Estas preguntas continúan en La escuela en tensión.

Volver a Educación y jóvenes Ver todos los textos