Educación y jóvenes

Lo que una escuela deja pasar

El clima de una escuela se juega mucho antes de cualquier discurso: en aquello que cuidamos cada día y también en lo que, por cansancio o costumbre, dejamos de ver.

Hay cosas que en una escuela empiezan llamando la atención y, si se repiten mucho, un día dejan de hacerlo. Una broma que cruza un límite. Un grito en un pasillo. Un papel que queda tirado durante horas porque todos pasan al lado. Nada de eso, tomado por separado, define una institución. El problema es otro: cuando…
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El clima de una escuela se juega mucho antes de cualquier discurso: en aquello que cuidamos cada día y también en lo que, por cansancio o costumbre, dejamos de ver.

Hay cosas que en una escuela empiezan llamando la atención y, si se repiten mucho, un día dejan de hacerlo. Una broma que cruza un límite. Un grito en un pasillo. Un papel que queda tirado durante horas porque todos pasan al lado. Nada de eso, tomado por separado, define una institución. El problema es otro: cuando termina formando parte del paisaje.

Me ha pasado más de una vez. Voy de un lugar a otro pensando en una reunión, en una clase que empieza o en algún problema que hay que resolver, y veo algo que merecería una palabra. A veces me detengo. Otras sigo. No siempre por indiferencia; muchas veces porque el día viene cargado y uno va eligiendo, casi sin darse cuenta, a qué atender primero.

Después, con más calma, aparece una pregunta incómoda: ¿qué aprenden los demás de aquello que los adultos vimos y dejamos pasar?

No pienso que una escuela deba convertirse en un lugar donde cada gesto se vigila. Sería insoportable. Pero sí creo que el ambiente se va haciendo con esas pequeñas decisiones que casi nunca llegan a una reunión. Ahí se nota qué cosas nos importan de verdad.

La costumbre también educa

Las escuelas tienen frases que las identifican, proyectos, acuerdos, celebraciones que dicen mucho de lo que quieren ser. Todo eso importa. Pero quien vive varias horas por día en una institución termina aprendiendo otra cosa además: aprende cómo se hacen realmente las cosas ahí.

Lo aprende cuando llega tarde y ve de qué manera lo reciben. Cuando se equivoca delante de otros. Cuando presencia una discusión entre adultos o escucha cómo se habla de alguien que no está. En poco tiempo cualquiera descubre qué se tolera, qué incomoda y qué merece cuidado.

Por eso a veces hay una distancia entre la escuela que contamos y la escuela que se vive. No siempre es una contradicción grave. Puede ser algo mucho más cotidiano. Decimos que queremos un ambiente respetuoso, pero ciertas formas de hablar se vuelven habituales. Valoramos el cuidado de lo común, pero hay espacios que permanecen descuidados hasta que ya nadie los mira. Hablamos de pertenencia y, sin embargo, alguien puede pasar una mañana entera sin que nadie note demasiado cómo está.

Con los años me fui convenciendo de que una institución cambia menos por una gran consigna que por aquello que consigue sostener durante mucho tiempo. Lo mismo ocurre para peor. Una costumbre pequeña, repetida todos los días, puede terminar enseñando más que muchas palabras.

Los adultos dejamos clima

Cuando un curso está difícil, es bastante natural que hablemos de los chicos. A veces corresponde: hay grupos que atraviesan momentos complicados y conductas que necesitan ser trabajadas. Pero el clima de una escuela no lo producen solamente los estudiantes. Nosotros también entramos con nuestro modo de hablar, nuestros apuros y la manera en que nos tratamos.

Esto se ve más de lo que pensamos. Los jóvenes captan enseguida si entre los adultos hay confianza o si cada uno se encierra en lo suyo. Se dan cuenta cuando un conflicto nos vuelve hostiles y también cuando podemos disentir sin romper la relación. No necesitan estar presentes en nuestras reuniones. Lo leen en una cara, en un comentario de pasillo, en la forma en que alguien responde a otro delante de ellos.

No espero una comunidad educativa sin conflictos. Después de tantos años sería ingenuo. He conocido equipos muy buenos atravesando momentos tensos, y personas valiosas teniendo días en los que no se soportaban demasiado. La cuestión no es esa. Lo que me parece importante es qué hacemos con esas diferencias y cuánto de nuestro malestar termina cayendo sobre el ambiente que compartimos.

Hay mañanas en que uno llega cansado y contesta más seco de lo necesario. Puede pasar. El problema empieza cuando ese tono se vuelve la manera habitual de estar. Entonces la escuela se endurece un poco, aunque nadie haya decidido que fuera así.

Intervenir sin hacer de todo un problema

Cuidar el ambiente tampoco significa transformar cualquier situación en un caso. A veces una mirada alcanza. O una frase breve. En otras ocasiones conviene acercarse después, cuando bajó el ruido. La vida escolar pide mucho de esa medida que no aparece en los reglamentos.

He aprendido que hay intervenciones pequeñas que evitan que ciertas cosas crezcan. No porque el adulto tenga que estar corrigiendo permanentemente, sino porque su presencia señala un límite. Una burla deja de ser tan graciosa cuando alguien dice con naturalidad: “Eso no”. Un grupo que está pasando de la broma a la agresión puede necesitar apenas que un adulto se quede cerca unos minutos.

También aprendí lo contrario: corregir todo, todo el tiempo, termina vaciando la palabra. Si cada detalle recibe la misma gravedad, después cuesta distinguir lo verdaderamente importante. La autoridad se desgasta cuando parece vivir buscando faltas.

Por eso el cuidado del ambiente tiene mucho de atención y de criterio. Saber qué conviene frenar, qué puede conversarse después y qué es mejor dejar pasar porque forma parte de la vida normal de un grupo. No hay una fórmula segura. Uno aprende, se equivoca y vuelve a mirar.

Los lugares cuentan algo de nosotros

Hay días en que termino una actividad y miro el salón antes de irme. Sillas corridas, papeles, una mesa que quedó fuera de lugar. No me preocupa que una escuela se ensucie; si está llena de gente, inevitablemente se ensucia. Me preocupa otra cosa: que llegue un momento en que a nadie le importe cómo queda.

He visto escuelas muy sencillas, con pocos recursos, donde se percibía enseguida que había cuidado. Y también lugares mucho más cómodos donde todo parecía de nadie. Esa diferencia no dependía del presupuesto. Tenía que ver con la relación que se había construido con lo común.

El espacio habla. Una puerta que lleva meses rota termina diciendo algo, aunque nadie quiera decirlo. También dice algo un aula preparada para recibir a un grupo o alguien que, al terminar, acomoda lo que usó sin esperar que venga otro detrás.

No es cuestión de obsesionarse con el orden. La escuela necesita movimiento, ruido, vida. Un patio impecable porque nadie lo usa sería una tristeza. Pero entre el movimiento y el abandono hay una distancia grande. Los chicos la perciben y los adultos también.

A veces pedimos que cuiden un lugar al que nosotros mismos tratamos como si no tuviera dueño. Después nos sorprende que la respuesta sea parecida.

Lo que no figura en ningún programa

De Don Bosco siempre me interesó esa intuición de que se educaba también con la casa entera. El patio, los talleres, las conversaciones y la presencia de los adultos no eran un decorado alrededor de lo importante. Eran parte de lo importante.

Con los años esa idea me resulta cada vez más concreta. Una escuela educa en una clase, por supuesto, pero también mientras se espera que llegue un profesor, en el modo en que se recibe a una familia o cuando hay que ordenar después de una fiesta. En esos momentos nadie suele pensar que está dando una lección. Y, sin embargo, algo queda.

Tal vez por eso el ambiente sea tan difícil de construir y tan fácil de descuidar. No depende de una actividad especial. Se va haciendo en días comunes, entre gente que muchas veces llega cansada y tiene otras cosas en la cabeza. Nadie puede estar atento a todo. Pero una institución sí puede conservar cierta sensibilidad para no acostumbrarse demasiado rápido a lo que la va empobreciendo.

De vez en cuando me parece sano caminar por la escuela intentando verla como si uno acabara de llegar. Escuchar cómo nos hablamos. Mirar un recreo sin ir enseguida a buscar un problema. Entrar a un aula vacía después de que todos se fueron. Hay cosas que uno descubre recién cuando deja de darlas por normales.

Hablamos mucho de lo que queremos enseñar. Quizá una parte importante ya se está enseñando mientras tanto, en la manera en que vivimos juntos.

Hablamos mucho de lo que queremos enseñar. Quizá una parte importante ya se está enseñando mientras tanto, en la manera en que vivimos juntos.

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