Educación y jóvenes

Los que casi nunca piden nada

En todo grupo educativo hay personas que cumplen, acompañan y rara vez reclaman atención. Precisamente por eso, a veces tardamos demasiado en preguntarles cómo están.

Termina una jornada movida. Hubo que detenerse con alguien que estaba enojado, acompañar una situación difícil y resolver un conflicto que se llevó más tiempo del previsto. Cuando por fin baja un poco el ritmo, alguien guarda sus cosas, saluda y se va. Estuvo todo el tiempo ahí, participó, hizo lo que había que…
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En todo grupo educativo hay personas que cumplen, acompañan y rara vez reclaman atención. Precisamente por eso, a veces tardamos demasiado en preguntarles cómo están.

Termina una jornada movida. Hubo que detenerse con alguien que estaba enojado, acompañar una situación difícil y resolver un conflicto que se llevó más tiempo del previsto. Cuando por fin baja un poco el ritmo, alguien guarda sus cosas, saluda y se va. Estuvo todo el tiempo ahí, participó, hizo lo que había que hacer, no generó ningún problema. Recién entonces uno cae en la cuenta de que casi no cruzó dos palabras con esa persona.

Con los años me fui dando cuenta de que en los espacios educativos la mirada se nos va, casi inevitablemente, hacia donde algo reclama atención. Es lógico. Un conflicto, una ausencia que preocupa o alguien que claramente está mal nos obliga a detenernos. Mientras tanto, otros siguen su camino sin hacer ruido. Como funcionan, suponemos que están bien.

Muchas veces lo están. Conviene decirlo para no convertir cada silencio en una señal escondida. No todo el que pide poco está sufriendo ni toda persona reservada necesita que vayamos a buscarle un problema. Pero una cosa es respetar esa forma de estar y otra, bastante distinta, es dejar de mirar porque no hay urgencia.

La atención se va hacia donde arde

En educación vivimos resolviendo lo que aparece. Cada espacio tiene su propio movimiento y ese movimiento va marcando prioridades. Hay días en que uno llega con una idea clara de lo que quiere hacer y termina ocupándose de otra cosa. Forma parte del oficio.

El riesgo es que la urgencia se vuelva el único criterio para mirar. Entonces terminamos conociendo mucho a quienes nos preocupan y bastante menos a quienes parecen poder solos. De estos últimos, en ocasiones, sabemos poco más que eso: cumplen y siguen.

Recuerdo más de una conversación que empezó con una sorpresa. Alguien que siempre estaba bien, que nunca pedía nada especial, de pronto contaba una situación que venía sosteniendo desde hacía meses. La sorpresa era mía. No porque hubiera ocultado algo deliberadamente, sino porque yo había interpretado su manera de estar como prueba suficiente de que no necesitaba demasiada atención.

Ahí uno aprende algo incómodo: no dar problemas no es lo mismo que no necesitar a nadie.

Los que siempre pueden

Hay personas que aprenden muy pronto a arreglarse. Si algo les cuesta, prueban un poco más antes de preguntar. Suelen ser las que reciben un encargo porque sabemos que responderán, o las que terminan sosteniendo algo del grupo sin hacer demasiado ruido. Uno se acostumbra a contar con ellas.

Eso puede ser una fortaleza real y no habría que convertirla enseguida en fragilidad. Hay personas responsables, autónomas, capaces de hacerse cargo y de cuidar a otros. Lo delicado es cuando esa fortaleza empieza a venir acompañada de una presión que desde afuera no vemos: sentir que no pueden fallar o molestar demasiado.

Quien siempre responde bien puede terminar sintiendo que tiene poco permiso para un mal día. Basta que se muestre más cansado, que algo le salga peor o que llegue de otro humor para que enseguida llame la atención, porque se apartó del personaje que todos conocemos. Hasta puede escuchar una frase dicha con cariño: “Esto no es propio de vos”. Y quizá justamente ese día necesitaba que le preguntaran qué pasaba antes de recordarle quién debía ser.

Los adultos hacemos estas cosas sin mala intención. Confiamos en quienes han demostrado que se puede confiar. El problema aparece cuando esa confianza se transforma, sin darnos cuenta, en una exigencia permanente de autosuficiencia.

Preguntar sin buscar un problema

No creo que la respuesta sea empezar a interrogar a todo el mundo. Hay personas a las que les cuesta hablar y tienen derecho a su reserva. La cercanía educativa también sabe respetar una puerta que no se abre enseguida.

Muchas veces alcanza algo mucho más sencillo: quedarse un momento cuando termina la actividad y hablar sin apuro. Tal vez comentar algo que vimos, preguntar cómo viene una semana que sabemos pesada o simplemente compartir un rato sin convertirlo en entrevista. La mayoría de las conversaciones importantes que he tenido en educación no empezaron con una gran pregunta. Empezaron porque había tiempo y alguien sintió que podía decir algo.

También ocurre con los adultos en formación y dentro de los propios equipos. Siempre hay alguien que participa, acompaña a los demás y rara vez trae un problema propio. Es fácil pensar que no necesita nada. Pero con la edad tampoco desaparece esa necesidad tan humana de que alguien se interese por nosotros sin que antes tengamos que desbordarnos.

Ese interés no tiene por qué buscar una confidencia. A veces no habrá nada para contar. La pregunta vale igual porque dice otra cosa: te vi. No sos solamente la persona que cumple.

Reconocer sin ponerlos de ejemplo

Hay otra tentación frecuente con quienes funcionan bien: usarlos como medida para los demás. “Miren cómo trabaja.” “Aprendan de ella.” “Él nunca trae problemas.” La intención suele ser reconocer, pero el resultado no siempre es bueno.

Convertir a alguien en ejemplo público puede dejarlo en un lugar incómodo y cargarlo con una expectativa difícil de sostener. También puede separarlo del grupo. Hay reconocimientos que hacen bien cuando son discretos y concretos. Decirle a una persona que valoramos su constancia o que notamos cómo ayudó a otro suele tener más verdad que exhibirla delante de todos.

En tantos años de educación he aprendido a desconfiar un poco de los papeles fijos. Los grupos los construyen rápido y nosotros podemos reforzarlos sin querer: terminamos esperando de cada uno aquello que ya conocemos. Pero la gente es más amplia que el lugar que ocupa habitualmente delante de nosotros.

Quizá por eso convenga acercarse de vez en cuando a quien parece estar perfectamente bien y hablarle sin una razón especial. No para descubrir qué esconde, sino para que la relación no exista solamente cuando aparece un problema.

Una presencia que no depende de la urgencia

De Don Bosco siempre me resultó sugerente esa manera de conocer a los jóvenes en medio de una casa llena de movimiento. No podía estar pendiente de todo y, sin embargo, su modo de educar partía de una convicción muy concreta: nadie debía sentirse anónimo. La cercanía no empezaba cuando aparecía una dificultad; ya estaba antes.

Esa idea sirve mucho más allá de una escuela salesiana. En cualquier experiencia educativa hay una diferencia enorme entre acercarnos solo cuando algo falla y haber construido antes una relación sencilla. La segunda permite que, cuando llegue un momento difícil, la persona no tenga que empezar desde cero para pedir ayuda.

No siempre podemos ofrecer el mismo tiempo a todos. Hay situaciones que objetivamente necesitan más cuidado y personas que requieren una presencia más sostenida. Educar también obliga a elegir dónde poner las fuerzas. Pero eso no debería convertir en invisibles a quienes parecen avanzar sin ayuda.

Una atención breve puede corregir bastante ese desequilibrio. Nombrar a alguien con calma, hacer una pregunta que no llega después de una falta o reconocer algo que había pasado inadvertido son gestos pequeños, pero van dejando una sensación importante: uno no necesita romperse para que lo miren.

Antes de que tengan que pedir

Durante mucho tiempo pensé que una parte importante de acompañar consistía en estar disponible cuando alguien se acercaba. Lo sigo pensando. Con los años agregaría algo más: algunas personas tardan mucho en acercarse. No porque desconfíen necesariamente, sino porque se acostumbraron a arreglarse solas o porque siempre hay alguien que parece necesitar más.

Por eso vale la pena mirar también hacia ese costado menos ruidoso del grupo. Allí suele haber personas que sostienen mucho sin decirlo, que hacen su parte y siguen. Tal vez estén perfectamente bien. Tal vez no. No necesitamos saberlo de antemano.

Lo que sí podemos evitar es que la mirada llegue recién cuando algo se desordena de verdad. Hay formas de presencia que llegan antes de la urgencia y no invaden. Son quizá las más sencillas, y también las que más tiempo llevan aprender.

Todo puede empezar con algo que parece mínimo: termina una actividad, alguien se está yendo como siempre y, en lugar de dar por supuesto que está bien porque nunca pide nada, uno se acerca un momento y pregunta cómo anda. Quizá no pase nada especial. O quizá aparezca una conversación que llevaba bastante tiempo esperando un lugar.

Lo que sí podemos evitar es que la mirada llegue recién cuando algo se desordena de verdad. Hay formas de presencia que llegan antes de la urgencia y no invaden. Son quizá las más sencillas, y también las que más tiempo llevan aprender.

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