Educación y jóvenes

No todo es desinterés

Hay días en que un adolescente parece no tener ganas de nada. Antes de juzgar demasiado rápido, conviene mirar qué hay detrás de ese cansancio y cómo acompañarlo sin dejar de exigir.

Es tercera hora. Pido que saquen la carpeta y empiecen una actividad. Algunos arrancan enseguida. En un banco, uno sigue con la mochila cerrada. Más atrás, una chica apoya la cabeza sobre el brazo y mira de costado, como si la mañana le pesara demasiado. Alguien pregunta qué hay que hacer aunque lo acabo de explicar.…
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Hay días en que un adolescente parece no tener ganas de nada. Antes de juzgar demasiado rápido, conviene mirar qué hay detrás de ese cansancio y cómo acompañarlo sin dejar de exigir.

Es tercera hora. Pido que saquen la carpeta y empiecen una actividad. Algunos arrancan enseguida. En un banco, uno sigue con la mochila cerrada. Más atrás, una chica apoya la cabeza sobre el brazo y mira de costado, como si la mañana le pesara demasiado. Alguien pregunta qué hay que hacer aunque lo acabo de explicar. En esos momentos es fácil que aparezca una frase conocida: “No tienen ganas de nada”.

La he escuchado muchas veces y, seguramente, también la he pensado. Hay mañanas que cansan al docente. Uno prepara, insiste, cambia la explicación, vuelve a empezar, y del otro lado parece no llegar nada. El desinterés existe. Sería ingenuo negarlo. Hay chicos que no trabajan porque no quieren, que postergan o esperan que otro resuelva. Pero después de muchos años de aula me cuesta cada vez más poner todo en la misma bolsa.

Una carpeta cerrada puede significar muchas cosas. Y desde adelante no siempre se distinguen.

Lo que llega con ellos

A la escuela los chicos no llegan vacíos. Llegan desde una mañana que empezó antes del timbre. A veces durmieron poco; otras, vienen preocupados por algo que no sabemos. Puede haber una discusión en casa, una amistad que se rompió, una evaluación que los tiene tensos o simplemente varios días acumulados en los que no lograron descansar bien. Todo eso entra al aula con ellos, aunque no figure en ninguna planificación.

Lo difícil es que ese cansancio no siempre se presenta como cansancio. Puede aparecer en forma de fastidio, de desconexión o de una respuesta que suena indiferente. Hay chicos que cuando están saturados se vuelven más ruidosos; otros se apagan. Algunos dicen “me da igual” porque es más fácil decir eso que explicar que no pueden ordenar lo que les pasa.

Más de una vez, una conversación breve al final de la clase cambia la lectura de toda la mañana. El estudiante que parecía no querer hacer nada estaba sosteniendo bastante más de lo que se veía. Eso no convierte automáticamente la falta de tarea en algo aceptable. Pero sí obliga a mirar de otra manera.

En el aula trabajamos mucho con lo visible: la carpeta, la respuesta, la entrega, la nota. Sin embargo, educar también exige aceptar que una parte importante de lo que le ocurre a un adolescente no está a la vista.

La tentación de cerrar rápido la explicación

La escuela nos obliga a decidir rápido. Mientras uno atiende a un chico, otros treinta siguen ahí. No podemos detener la clase cada vez que alguien parece distraído. Por eso armamos explicaciones rápidas que nos permiten seguir: “no le interesa”, “está en otra”, “no se compromete”. A veces acertamos. El problema es cuando esa explicación deja de ser provisoria y se convierte en la única forma de mirar al estudiante.

Cuando eso pasa, cada gesto empieza a confirmar lo que ya pensamos. Si no abre la carpeta, es apatía. Si pregunta algo que ya dijimos, no prestó atención. Si se queda callado, no participa. Y puede ser. Pero también puede haber un chico haciendo un esfuerzo bastante silencioso por mantenerse en la mañana.

No propongo convertir cada desgano en un caso especial. La escuela necesita cierta normalidad y los chicos también necesitan aprender a hacer cosas aun cuando no tengan ganas. Parte de crecer consiste justamente en eso. Lo que intento cuidar es la rapidez con la que pasamos de una conducta a un juicio sobre la persona.

Hay una diferencia entre decir “hoy no estás trabajando” y pensar “a vos no te importa nada”. La primera frase describe lo que está pasando. La segunda ya decidió quién es el otro.

Exigir sin empujar de más

Durante bastante tiempo pensé la exigencia como una vara que debía mantenerse siempre a la misma altura. La experiencia me fue enseñando algo más incómodo: exigir bien requiere leer el momento. Hay días en que un estudiante necesita que uno le diga con toda claridad que deje de dar vueltas y se ponga a trabajar. Y hay otros en que la misma firmeza puede expresarse de una manera distinta.

A veces alcanza con acercarse al banco y decir en voz baja: “Empezá por esto”. No hacer un discurso, no preguntar delante de todos qué le pasa, no convertir la situación en escena. Solo ayudarlo a encontrar el primer movimiento. Después veremos si puede seguir solo.

Esa forma de acompañar no rebaja la exigencia. Al contrario, evita que la exigencia se vuelva ciega. Pedimos algo porque creemos que el otro puede darlo, pero tratamos de medir cuánto puede dar hoy y desde dónde empieza. No siempre acertamos. También a nosotros se nos mezclan el cansancio, la impaciencia y las ganas de que la clase funcione de una vez.

Los chicos perciben bastante bien cuándo uno les deja pasar todo y cuándo está haciendo una excepción porque vio algo concreto. También saben cuándo una pregunta nace de una preocupación verdadera y cuándo es apenas una formalidad antes del reto. La autoridad no se pierde por mirar el contexto; muchas veces se vuelve más creíble.

También hay que poder decir “no alcanza”

Comprender no puede convertirse en una palabra cómoda para justificar cualquier cosa. A veces el cansancio existe y, aun así, hay que entregar. A veces una situación personal explica una reacción, pero no alcanza para lastimar a otro. En esos momentos acompañar también es ayudar a sostener una responsabilidad.

Me parece importante que los jóvenes encuentren adultos capaces de hacer las dos cosas. Alguien que pueda preguntar qué pasa y, después de escuchar, decir con tranquilidad: “Entiendo, pero esto lo tenemos que resolver”. No todo se soluciona bajando la demanda. Hay chicos que necesitan justamente que alguien no se conforme demasiado rápido con su desgano.

Eso exige conocerlos un poco. No de una manera invasiva, sino con esa cercanía que se construye en los días comunes. Don Bosco entendía muy bien que no se educa a una juventud en abstracto. Se educa a este joven, con su modo de reaccionar, con su historia, con sus posibilidades de hoy. Esa mirada sigue siendo muy necesaria en una escuela que corre el riesgo de convertir conductas distintas en categorías demasiado rápidas.

La pregunta “¿qué te pasa?” puede abrir una conversación, pero también hay que saber respetar un “nada” cuando el chico no quiere hablar. Estar disponible no significa entrar en todo. A veces alcanza con que sepa que puede volver más tarde.

Una mañana cualquiera

Al final, buena parte de este oficio se juega en decisiones pequeñas. Seguir explicando o acercarse un momento. Insistir ahora o esperar al recreo. Hacer pública una observación o decirla junto al banco. Son elecciones que tomamos casi sin tiempo para pensarlas y que, sin embargo, cambian bastante la manera en que un estudiante vive la escuela.

No siempre sabremos si detrás de la falta de ganas había cansancio, enojo, una preocupación o simplemente pocas ganas de trabajar. Tampoco hace falta saberlo todo. Lo que sí podemos evitar es decidir demasiado pronto que ya entendimos a la persona que tenemos delante.

A veces habrá que insistir. Otras, dar un poco de aire. Muchas veces tendremos que hacer las dos cosas en la misma mañana.

Vuelvo a esa escena del comienzo: la mochila cerrada, la cabeza apoyada, la actividad que no arranca. Tal vez la intervención sea tan sencilla como acercarse y decir: “Dale, empezá por acá”. Después, si hace falta, habrá tiempo para hablar.

No parece gran cosa. En la vida cotidiana de una escuela, muchas veces el cuidado y la exigencia se encuentran justamente ahí.

No parece gran cosa. En la vida cotidiana de una escuela, muchas veces el cuidado y la exigencia se encuentran justamente ahí.

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