Me ha pasado más de una vez. Termina una conversación y me queda una incomodidad difícil de explicar. No ocurrió nada grave, pero esa persona tiene una manera de estar que me pone más tenso. Un rato después hablo con otra y todo fluye. La escucho con más paciencia y hasta las diferencias se llevan mejor.
Después de tantos años en educación, no me parece serio fingir que eso no existe. Hay personas con las que uno conecta enseguida y otras con las que el vínculo cuesta. También nosotros tenemos afinidades y modos de ser que encajan mejor con unos que con otros.
La cuestión empieza en otro lugar: cuando esa diferencia, sin que lo advirtamos, termina decidiendo el trato. Cuando al que nos cae bien le damos una explicación más, mientras que al otro le respondemos con fastidio. Cuando una broma nos parece simpática en uno y provocación en otro. Cuando escuchamos una excusa con comprensión si viene de alguien cercano y con sospecha si viene de quien ya nos cuesta.
No es agradable reconocerse ahí. Pero prefiero esa incomodidad a la ficción de pensar que educamos desde un lugar completamente neutral.
Lo que nos pasa también entra al vínculo
En cualquier grupo uno va conociendo a las personas y también va sintiendo cosas frente a ellas. Hay quien nos despierta ternura y hay quien nos agota. Con algunos dan ganas de quedarse conversando; con otros, después de diez minutos, ya estamos mirando el reloj.
Eso no convierte a nadie en mal educador. Lo que sí nos pide es un poco de atención sobre nosotros mismos. Porque la reacción aparece antes que la reflexión. Uno escucha determinado tono y ya se pone a la defensiva. Ve acercarse a alguien con quien viene chocando y el cuerpo casi se prepara para otra discusión. A veces el conflicto todavía no empezó y nosotros ya llegamos cansados de él.
He tenido que volver sobre conversaciones y admitir que había respondido con más dureza de la necesaria. No porque la otra persona tuviera razón en todo, sino porque yo ya venía cargando las discusiones anteriores. Esa diferencia es importante. Una cosa es poner un límite; otra es hacerle pagar hoy a alguien todo lo que nos hizo sentir ayer.
Cuando logro distinguirlo, la conversación cambia. Tal vez el desacuerdo siga estando. Pero ya no necesito ganarlo de la misma manera.
La paciencia no puede depender de la simpatía
Hay una prueba bastante sencilla y, a veces, incómoda. Pensar si habría respondido igual si esa misma conducta viniera de otra persona. No sirve para todo, pero a mí me ha ayudado más de una vez.
Uno puede descubrir que explica por tercera vez algo a quien le resulta cercano y pierde la paciencia en la segunda pregunta de otro. O que tolera un mal día en alguien que suele caerle bien, pero lee enseguida como falta de respeto el mal humor de quien ya le cuesta. Son diferencias pequeñas y por eso se nos cuelan con facilidad.
Quienes están delante suelen percibirlas antes que nosotros. Los jóvenes, sobre todo, tienen una sensibilidad enorme para estas cosas. Saben quién puede equivocarse sin que pase demasiado y a quién se le cobra todo. A veces exageran, claro. Pero otras veces ven algo que a nosotros nos convendría mirar.
No creo que justicia signifique tratar a todos exactamente del mismo modo. Hay personas que necesitan una palabra directa y otras que necesitan tiempo. Con algunas conviene insistir; con otras, esperar. Esa diferencia pertenece al oficio educativo. Lo que no debería decidirla es cuánto nos agrada quien tenemos delante.
No todos los vínculos tienen que ser cercanos
También aprendí a no exigirle al vínculo más de lo que puede dar. Durante mucho tiempo me incomodaba la idea de que una relación educativa pudiera ser correcta, respetuosa y, sin embargo, no especialmente cercana. Parecía que faltaba algo. Hoy no lo veo así.
No vamos a construir una relación profunda con cada persona que acompañamos. Con algunas habrá confianza y conversaciones que seguirán mucho después. Con otras, el vínculo se sostendrá desde el respeto, una palabra clara y una distancia que a ambos les hace bien. También eso puede educar.
Forzar una cercanía que no existe se nota. Los jóvenes la detectan enseguida, y los adultos también. Prefiero una relación honesta, en la que alguien sepa que puede contar conmigo aunque no tengamos una afinidad especial, a una amabilidad exagerada que después se desarma frente al primer conflicto.
Lo importante es que la falta de simpatía no se convierta en falta de oportunidad. Que a quien nos cuesta no le preguntemos menos, no le ofrezcamos menos, no esperemos menos de él solo porque el encuentro nos demanda un esfuerzo mayor.
Lo que el otro recibe de nosotros
Hay una intuición de Don Bosco a la que vuelvo muchas veces: no bastaba con querer a los jóvenes; ellos tenían que saberse queridos. Con los años esa idea me resulta cada vez menos sentimental. Es una pregunta muy concreta por lo que el otro recibe realmente de nuestra presencia.
Podemos estar convencidos de que somos justos y, sin embargo, alguien puede acercarse sintiendo que molesta. Tal vez nuestro tono estaba diciendo algo que no advertimos. No podemos hacernos responsables de todas las interpretaciones, pero vale la pena mirar.
Más de una vez un comentario me obligó a hacerlo. 'Con él no se enoja así.' 'A ella siempre le da un poco más de tiempo.' Frases dichas al pasar, a veces exageradas, pero que dejan una pregunta. Mi primera reacción puede ser defenderme y explicar todas las razones que justifican la diferencia. La experiencia me enseñó que conviene esperar un poco antes de hacerlo. Quizás haya algo que no estaba viendo.
Esa revisión no tiene nada de heroico. Se parece más a corregir el rumbo mientras uno sigue caminando.
Dar otra oportunidad al encuentro
Algunos vínculos cambian cuando dejan de ocurrir siempre en el mismo lugar. La persona con la que todo era discusión en una actividad aparece ayudando a otra y uno descubre un costado que no conocía. Alguien que parecía distante se queda después de una reunión y cuenta algo de su vida. No se produce una transformación espectacular. Simplemente la imagen que teníamos se vuelve un poco más amplia.
Me ha pasado y lo agradezco, porque uno también puede encerrar a las personas en el rasgo que más le molesta. El que discute termina siendo 'el que discute'. La que pregunta todo pasa a ser 'la complicada'. Después miramos cualquier cosa que hagan desde ahí. Es parecido a esas etiquetas que tanto criticamos en educación, solo que esta vez están guardadas en nuestra propia cabeza.
Por supuesto, hay vínculos que siguen costando. Algunas personas no van a resultarnos fáciles aunque hagamos una revisión honesta. Incluso puede ser necesario marcar distancia. Educar no exige soportarlo todo ni dejar que cualquiera nos trate de cualquier manera.
Lo que sí podemos intentar es que ese límite sea limpio. Que responda a lo ocurrido y no al fastidio acumulado. Que no haya una pequeña revancha escondida en la corrección.
Empezar de nuevo, aunque cueste
Alguna vez, después de despedir a un grupo, me quedó dando vueltas el nombre de alguien a quien había respondido peor de lo que correspondía. No había cometido una injusticia enorme. Era algo mucho más cotidiano: un tono seco, poca paciencia, esa sensación de 'otra vez vos' que probablemente se notó más de lo que yo creía.
Al día siguiente el vínculo seguía siendo difícil. No hubo una reconciliación de película ni una conversación memorable. Simplemente procuré no entrar al encuentro con la discusión del día anterior ya preparada. Ese pequeño reinicio no resolvió todo, pero me permitió tratar a la persona que tenía delante y no solamente al personaje que yo había construido con mis recuerdos.
Tal vez esta sea una parte poco visible del oficio: reconocer las propias afinidades sin avergonzarse de ellas e impedir que se conviertan en favoritismo. Con algunos el vínculo será fácil; con otros habrá que trabajarlo más. Y, en ciertos casos, el primer movimiento tendrá que ser nuestro.
No todos nos caen igual. Conviene saberlo, sobre todo para que el otro no tenga que pagarlo.