Hay decisiones que uno toma convencido de que está haciendo lo correcto. En una escuela pasa seguido: hay que responder, ordenar una situación, cuidar a alguien, resolver algo con la información que tenemos en ese momento. No siempre hay tiempo para esperar a que todo quede claro.
Lo incómodo viene después. Pasa el día, alguien aporta un dato que no conocíamos, volvemos a pensar una conversación y aparece esa sensación bastante poco agradable de que podríamos haber actuado de otra manera.
Me ha pasado más de una vez. No necesariamente en decisiones enormes. A veces fue el tono de una intervención, una respuesta demasiado rápida, una medida que parecía proporcionada y, mirada unas horas después, ya no tanto. En esos momentos aparece una tentación muy humana: explicar por qué hicimos lo que hicimos y seguir adelante.
Porque volver sobre una decisión cuesta. Y cuando uno ocupa un lugar de autoridad, cuesta un poco más.
Hay decisiones que se ven distintas al día siguiente
La escuela obliga a decidir muchas cosas con la vida andando. No trabajamos en un laboratorio. Una familia espera una respuesta, hay un conflicto que no puede quedar sin atender, un grupo necesita una intervención. A veces acertamos. Otras veces hacemos lo mejor que podemos con lo que sabemos y después descubrimos que faltaba una parte de la historia.
Eso no convierte toda decisión en provisoria ni significa que haya que cambiar de rumbo cada vez que alguien se enoja. Conducir también es sostener criterios que no siempre gustan. He aprendido que hay malestares que no indican necesariamente que una decisión haya sido equivocada.
Pero hay otros momentos en que uno sabe. No porque lo presionaron ni porque quiera evitar un conflicto. Simplemente sabe que algo no estuvo bien. Entonces sostenerlo solo para no retroceder empieza a tener poco que ver con la firmeza.
En esos casos, volver sobre lo decidido no me parece una pérdida de autoridad. Me parece una forma bastante concreta de tomarse en serio la responsabilidad.
Volver a hablar
Alguna vez tuve que volver a una conversación después de haberme quedado incómodo con el modo en que había hablado. Uno podría dejar pasar el asunto; al día siguiente hay tantas cosas nuevas que casi siempre existe esa posibilidad. Pero queda algo pendiente.
Volver no exige un discurso largo. A veces alcanza con decir: “Ayer no me gustó cómo te hablé”. El problema que originó la conversación puede seguir ahí. El límite puede seguir siendo el mismo. Lo que cambia es que el adulto reconoce su parte sin esconderla detrás de lo que hizo el otro.
Eso suele sorprender, sobre todo a los jóvenes. Están acostumbrados a que les pidamos que reconozcan errores, que reparen, que vuelvan a intentar. Cuando ven que un adulto puede hacer lo mismo, la palabra responsabilidad deja de ser algo que corre en una sola dirección.
No siempre la reacción será la que esperamos. Puede que el otro siga enojado o que apenas diga “bueno” y se vaya. Pedir disculpas no obliga a nadie a sentirse mejor de inmediato. También eso hay que aceptarlo.
El “pero” que arruina una disculpa
Hay una forma de pedir perdón que conozco bien porque alguna vez también la usé. Empieza con un reconocimiento y enseguida aparece el “pero”: “No tendría que haberte hablado así, pero vos también...”. En pocos segundos terminamos recuperando la razón completa que acabábamos de ceder.
Las razones existen. Tal vez la conducta del estudiante fue realmente incorrecta, la familia llegó con un planteo injusto o un compañero de trabajo también tuvo responsabilidad. Todo eso puede hablarse. Lo que fui aprendiendo es que no siempre conviene hablarlo en la misma frase.
Hay momentos en que hacerse cargo de la propia parte, sin agregar nada, deja las cosas en un lugar más limpio. Después habrá tiempo para volver al resto.
Esto vale también para las instituciones. Una comunicación puede haber salido mal. Una indicación puede haber generado una confusión que no previmos. Si ocurrió, explicarlo con claridad suele cuidar más el vínculo que buscar rápidamente quién entendió mal.
La escuela también necesita revisarse
Durante años hablamos del error como parte del aprendizaje de los estudiantes. Me parece bien. Pero esa idea se vuelve bastante más creíble cuando alcanza también a quienes educamos.
Una escuela aprende de sí misma cuando puede mirar una práctica y reconocer que ya no funciona como antes, o cuando una decisión que parecía buena muestra consecuencias que no habíamos pensado. No todo necesita cambiar. Hay cosas que conviene sostener incluso cuando pasan los años. Otras continúan simplemente porque nadie volvió a preguntar por ellas.
En tareas de conducción esto aparece mucho. Uno recibe tradiciones, criterios, modos de resolver. Algunos son valiosos y dan identidad. Otros necesitan una nueva mirada. La frase “siempre se hizo así” puede explicar de dónde viene algo, pero por sí sola no alcanza para decidir que deba seguir igual.
Don Bosco también tuvo que corregir, decidir y organizar una obra que creció mucho más de lo que seguramente había imaginado al comienzo. Lo que me sigue resultando fecundo de su modo de educar es que la autoridad no estaba separada de la cercanía. Cuando uno está cerca de las personas, las decisiones dejan de ser solamente decisiones: tienen rostros y consecuencias concretas.
Reparar lleva más que una frase
Hay errores pequeños que se acomodan con una conversación. Otros dejan una marca más profunda. Una palabra dicha delante de todos, una decisión injusta o una respuesta que llegó cuando ya era tarde no desaparecen porque alguien diga “perdón”.
A veces uno quisiera que la disculpa cerrara el asunto. Reconocimos lo que pasó, ahora sigamos. Pero el otro puede necesitar más tiempo. La confianza tiene su propio ritmo y no siempre coincide con nuestra necesidad de terminar el tema.
En esos casos, reparar se vuelve menos visible. Está en la manera de tratar a esa persona después, en no repetir la misma forma de intervenir, en sostener con hechos lo que dijimos. Muchas veces la reparación se juega en días ordinarios, cuando ya nadie está hablando del conflicto.
No tener siempre razón
Conducir una escuela supone tomar decisiones y hacerse cargo de ellas. Algunas veces toca sostenerlas con firmeza. Otras, revisarlas. Lo difícil es no confundir una cosa con la otra por miedo a parecer débiles.
Después de tantos años en educación, no espero una escuela que acierte siempre. Tampoco espero eso de mí. Sí me importa que podamos darnos cuenta cuando algo merece ser corregido y que no necesitemos demasiadas vueltas para hacerlo.
Hay días en que la autoridad se juega en una decisión difícil. Y hay otros en que se juega en algo mucho menos vistoso: sentarse frente a alguien y decirle que esta vez no lo hicimos bien.
No arregla todo. No borra lo ocurrido. Pero deja una puerta abierta para seguir trabajando juntos. Y, en una escuela, a veces eso ya es mucho.