Memoria con rostro

Agostinho, el que quería estar cerca

Casa Manga, marzo de 1988

Iba camino a Casa Manga. El calor había empezado temprano. El sendero se abría entre arbustos bajos, tierra húmeda en algunos tramos y piedras sueltas. Caminaba mirando el suelo, más por costumbre que por miedo a caer. Antes de llegar, escuché voces.
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Casa Manga, marzo de 1988

Los cuartos

Iba camino a Casa Manga.

El calor había empezado temprano. El sendero se abría entre arbustos bajos, tierra húmeda en algunos tramos y piedras sueltas. Caminaba mirando el suelo, más por costumbre que por miedo a caer.

Antes de llegar, escuché voces.

Eran chicos.

Estaban levantando unos cuartos con troncos, ramas, barro y lo que encontraban a mano. Uno sostenía una madera. Otro amasaba barro con los pies. Un tercero traía agua en una lata. Todo parecía frágil, pero lo hacían con cuidado.

Me acerqué.

—¿Qué están haciendo?

Uno de ellos dejó lo que tenía en la mano y vino hacia mí.

Era flaco, de unos catorce años. Tenía barro en las piernas y una mirada tranquila, de esas que no necesitan apurarse.

—Estamos construyendo nuestros cuartos —me dijo—. Para poder quedarnos cerca del oratorio.

Lo dijo sin orgullo.

Como si fuera natural levantar una pieza pobre, con ramas y barro, solo para estar cerca.

Agostinho

Se llamaba Agostinho.

No hablaba mucho. Mostraba más de lo que explicaba. Me señaló dónde pensaban poner la entrada, cómo querían asegurar el techo, qué troncos servían y cuáles no. Mientras hablaba, seguía mirando a los otros.

Uno se reía porque el barro se le pegaba entre los dedos. Otro quería poner una rama donde no iba. El más chico cargaba agua con una seriedad enorme, cuidando que no se le derramara.

Agostinho se movía entre ellos.

No mandaba fuerte. Se acercaba, acomodaba una rama, ayudaba a levantar un tronco, llamaba a alguno por su nombre. Si alguien se cansaba, le sacaba un poco de carga sin decir nada.

—¿Vivís acá cerca? —le pregunté.

—Ahora sí.

Se limpió las manos en el pantalón, aunque siguieron igual de embarradas.

—Antes vivía más lejos. Pero me vine para estar con los chicos.

No agregó nada.

Volvió la cabeza hacia la construcción, como si alguien pudiera estar necesitándolo.

Tres o cinco

Caminamos un rato juntos.

Él iba a mi lado, con las manos todavía manchadas. Hablaba de una canción que estaban aprendiendo, de un juego que querían preparar, de la lluvia que a veces les desarmaba lo hecho el día anterior.

Le pregunté si ayudaba en la catequesis.

—Sí —dijo—. Tenemos un grupo pequeño.

Hizo una pausa breve.

—A veces vienen tres. A veces cinco.

—¿Y hacen igual la reunión?

Me miró, sorprendido por la pregunta.

—Sí. Si vinieron, es porque tienen ganas.

Seguimos caminando.

Yo me quedé con eso.

Para Agostinho, tres o cinco no eran pocos. Eran los que habían venido. Y si habían venido, había que estar.

Estar con los más chicos

Más adelante bajó un poco la voz.

—No sé mucho.

Caminó unos pasos mirando el sendero.

—Pero me gusta escuchar. Y me gusta estar con los más chicos.

Lo dijo así.

Sin adornarlo.

No habló de ser catequista, ni animador, ni responsable. No buscó un nombre grande para lo que hacía. Dijo que le gustaba escuchar. Que le gustaba estar con los más chicos.

Y tal vez era eso.

En Casa Manga, Agostinho estaba levantando un cuarto pobre con otros chicos. Quería quedarse cerca del oratorio. Acompañaba un grupo que a veces eran tres y a veces cinco. Escuchaba. Acomodaba ramas. Cargaba barro. Volvía.

Al llegar a un cruce, se detuvo.

—Por allá es mi vuelta —me dijo.

Señaló un sendero más angosto.

—Los chicos me esperan.

Nos dimos la mano.

La apretó fuerte, sin exagerar.

—Gracias por dejarme caminar con usted.

—Gracias por acompañarme —le respondí.

Se fue sin apuro.

Lo vi volver por el sendero, con las manos llenas de barro y el paso tranquilo.

Cerca

De Agostinho me quedó esa frase:

—Me vine para estar con los chicos.

No la dijo como algo importante. Pero lo era.

Lo recuerdo flaco, de catorce años, parado junto a una construcción de ramas y barro. No tenía casi nada para ofrecer. Ni un salón armado. Ni muchos materiales. Ni un grupo grande.

Tenía presencia.

Se quedaba cerca.

Cerca del oratorio.

Cerca de los más chicos.

Cerca de esos tres o cinco que llegaban igual.

Y todavía lo veo así: inclinado sobre el barro, acomodando una rama, mirando si el techo podía aguantar un poco más.

Y todavía lo veo así: inclinado sobre el barro, acomodando una rama, mirando si el techo podía aguantar un poco más.

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