Memoria con rostro

Aleluya y la pregunta por el tiempo

Dios en la intemperie · Luanda, 27 de mayo de 1993

Esa tarde estaba en el patio de San Pablo, guardando unas bancas después del encuentro de catequistas. El sol todavía apretaba y el cemento conservaba el calor del día. Al fondo seguían jugando algunos chicos. Se escuchaban corridas, voces que rebotaban contra las paredes, alguna risa que se alargaba más de la…
Imagen de memoria vinculada al relato Aleluya y la pregunta por el tiempo
Dios en la intemperie · Luanda, 27 de mayo de 1993

El patio

Esa tarde estaba en el patio de San Pablo, guardando unas bancas después del encuentro de catequistas. El sol todavía apretaba y el cemento conservaba el calor del día. Al fondo seguían jugando algunos chicos. Se escuchaban corridas, voces que rebotaban contra las paredes, alguna risa que se alargaba más de la cuenta. Después de una reunión larga, uno cree que la tarde se termina cuando acomoda el último banco, pero en la parroquia casi nunca era así. Siempre aparecía alguien. Siempre quedaba un nombre por escuchar.

Vi venir a Carlos Teixeira desde el otro lado del patio. Caminaba tranquilo, con esa serenidad suya que no necesitaba hacerse notar. A su lado venía un chico de unos doce años, flaco, callado, con la remera descolorida y los pies llenos de polvo. No miraba mucho a los costados. Seguía el paso de Carlos como quien acepta entrar en un lugar nuevo, pero todavía no sabe cuánto puede confiar.

Carlos se detuvo frente a mí y dijo, con su tono de siempre:

—Padre, quiero presentarle a alguien. Este es Aleluya.

Me sorprendió el nombre. No por raro, sino porque sonó distinto en medio del patio. Había ruido, cansancio, bancos fuera de lugar, y de pronto esa palabra: Aleluya. Lo miré con cuidado, tratando de no cubrirlo con una alegría demasiado rápida.

—¿Aleluya? Qué nombre tan hermoso te pusieron.

El nombre

El chico levantó apenas los ojos. No abrió del todo la mirada; fue más bien una rendija. Después respondió en voz baja, casi cuidando cada palabra:

—Así me llamaba mi papá… antes de morir.

La frase quedó entre nosotros. Carlos explicó lo necesario, sin agregar peso: el papá había sido camionero y lo habían matado en un ataque algunos años antes. Desde entonces Aleluya vivía solo con su mamá. No tenía hermanos.

Volví a mirarlo. Estaba quieto, con los pies juntos y las manos cerca del cuerpo. No parecía buscar lástima. Tampoco quería contar una historia larga. Había dicho lo suyo y ahora esperaba. Su nombre no era una ocurrencia ni una fiesta fácil. Era memoria de su padre. Lo llevaba como se lleva algo heredado: con pudor, con cuidado, sin saber siempre dónde apoyarlo.

Nos sentamos los tres en un banco de cemento. El calor subía desde el piso, y el murmullo de los chicos seguía al fondo, pero cerca nuestro la conversación tomó otro ritmo. Carlos permanecía a un lado, atento, dejando que el chico hablara cuando pudiera. Le pregunté la edad.

—Doce. Estoy en cuarto grado —contestó, como si lo hubiera repetido muchas veces.

El deseo

Después bajó la mirada. Se quedó así unos segundos, juntando valor. No parecía distraído; estaba buscando la forma de decir lo que traía adentro. Al fin lo dijo sin rodeos:

—Yo quiero hacer la Primera Comunión.

No lo dijo como quien pide un favor cualquiera. Lo dijo serio, con esa claridad que tienen algunos chicos cuando hablan de algo que les importa de verdad. Para Aleluya, la Primera Comunión no sonaba a fecha ni a trámite. Parecía más bien una puerta. Quería empezar. Quería entrar en ese camino aunque hubiera llegado tarde, aunque no conociera bien las reglas, aunque no supiera si todavía había lugar.

Carlos explicó que estábamos cerrando el año catequético. Por eso había pensado en incorporarlo al grupo de pre-ADS, para que no quedara afuera y pudiera comenzar desde ahí. Mientras lo escuchaba, pensé en la cantidad de veces que la vida pastoral nos obligaba a correr los bordes de lo previsto. Las planillas tenían sus tiempos; los chicos llegaban cuando podían.

Le dije a Aleluya que lo importante era empezar el camino. Lo demás se iría viendo. Él escuchó, pero no quedó tranquilo enseguida. Buscó mi mirada con desconfianza, no una desconfianza agresiva, sino la de quien ya vio cerrarse demasiadas puertas.

—¿Y si no me da el tiempo?

La pregunta

La pregunta me dejó sin apuro. En su boca, el tiempo no era una idea para discutir. Era algo concreto. Era la luz que alcanzaba o no para estudiar de noche, la mamá que volvía cansada del trabajo, los días que pasaban sin saber si uno llegaba a tiempo a lo que deseaba. También era la ausencia de su padre, ese hueco que ninguna explicación podía llenar.

Le puse una mano en el hombro. No hacía falta decir mucho. Había que responderle de una manera que no cerrara la pregunta ni la disfrazara.

—No te preocupes, Aleluya. El tiempo lo da Dios, y Él nunca llega tarde.

Entonces sonrió. Fue una sonrisa breve, tímida, pero le cambió la cara. No desapareció de golpe todo lo que traía, porque esas cosas no se borran con una frase. Pero algo se aflojó. El cuerpo dejó de estar tan defendido. Por un momento, su nombre pareció respirar mejor.

Después me contó un poco más. Su mamá trabajaba mucho. Algunas noches le costaba estudiar porque no había luz. Le gustaba correr en el patio, aunque siempre terminara último. Lo dijo casi riéndose, sin que eso le quitara las ganas de seguir corriendo. Me dio ternura esa manera suya de nombrar la propia torpeza sin rendirse. Llegaba último, sí, pero seguía entrando en la carrera.

Salir corriendo

Cuando se despidió, fue hacia el portón con pasos torpes y alegres. No corría para ganar nada. Corría como corre un chico cuando siente que algo se abrió y todavía no quiere pensarlo demasiado. La remera descolorida se movía sobre su espalda; el polvo se le levantaba alrededor de los pies. Carlos lo miró irse y no dijo nada. Yo tampoco.

Esa noche, al escribir, no aparecieron primero la reunión de catequistas ni las bancas que había estado guardando. Volvió Aleluya sentado en el banco de cemento, con el nombre de su padre en la boca y una pregunta sencilla clavada en el pecho: si todavía le daría el tiempo.

Lo veo todavía salir hacia el portón, con esa corrida torpe y alegre, la remera descolorida moviéndose sobre la espalda y el polvo levantándose alrededor de sus pies. No corría para ganar nada. Corría porque algo se había abierto y porque, por un rato, el patio le devolvía permiso de niño.

Aleluya no hizo ruido. No pidió privilegios. Solo quiso empezar. Venía de una muerte, pero en sus pasos había comienzo. Bajo el sol de Luanda, entre bancos corridos y chicos jugando al fondo, su nombre siguió cantando.

Aleluya no hizo ruido. No pidió privilegios. Solo quiso empezar. Venía de una muerte, pero en sus pasos había comienzo. Bajo el sol de Luanda, entre bancos corridos y chicos jugando al fondo, su nombre siguió cantando.

Si esta historia te interesó...

Seguí explorando la memoria de Angola en Dios en la intemperie.

Volver a Memoria con rostro Ver todos los textos