La camisa grande
Se llamaba Anacleto. Tenía nueve años y era el más chico del grupo escuteiro. Cuando llegaba al patio, la camisa verde le quedaba un poco grande, sobre todo en los hombros. Se la acomodaba con las dos manos, tironeaba apenas la pañoleta y buscaba su lugar sin hacer ruido. No entraba corriendo para que todos lo vieran. Aparecía, saludaba bajito y se quedaba cerca.
Había chicos más fuertes, más rápidos, más habladores. Anacleto no competía con ellos. A veces miraba desde el borde cómo armaban una fila o cómo empezaba un juego; otras veces se distraía y alguien tenía que llamarlo otra vez. Cuando un chico se quedaba atrás, él aflojaba el paso. Si alguno tropezaba, se agachaba a su lado y esperaba a que volviera a ponerse de pie. Después retomaba la fila sin decir nada.
En el bolsillo guardaba el carné número 001. Se lo habían dado en la primera ceremonia de promesas y lo llevaba como se lleva una cosa importante. Cada tanto lo sacaba, lo alisaba con los dedos y lo mostraba sonriendo apenas.
—Soy el primero.
El carné ya empezaba a gastarse en las esquinas, de tanto entrar y salir del bolsillo. Anacleto lo alisaba con el pulgar antes de volver a guardarlo. Después se acomodaba la camisa y corría a buscar su lugar en la fila.
El grupo
Los sábados, cuando los Escuteiros ocupaban el patio, Anacleto andaba entre los demás con paso corto y atento. No siempre entendía todo a la primera. Había que repetirle una consigna, acomodarlo en una patrulla, recordarle dónde dejar alguna cosa. Él escuchaba serio, con la cabeza un poco inclinada, y después volvía a intentar. Si se equivocaba, no hacía teatro. Se acomodaba otra vez.
Cuando empezaba un canto, movía los labios hasta tomar confianza. Si no entendía una consigna, miraba al de al lado y copiaba el movimiento. Cuando tocaba formar, buscaba su lugar con la pañoleta más o menos derecha. Si alguno quedaba afuera del juego, giraba la cabeza hacia él antes de seguir.
A veces yo lo veía desde lejos, perdido entre los más grandes. Daba dos pasos, esperaba a uno, corría otros tres, volvía a acomodarse la pañoleta. Después seguía.
Cuando faltó
Un sábado Anacleto no vino. Al principio no nos pareció definitivo. En esos años, los chicos faltaban por muchas razones: una fiebre, una obligación en la casa, un camino difícil, una lluvia mala, una enfermedad que aparecía sin pedir permiso. Pensamos que volvería la semana siguiente con la camisa grande y el carné en el bolsillo. No volvió.
Antes de que alcanzáramos a visitarlo, llegó su mamá. Dijo que Anacleto había muerto. Nadie respondió enseguida. Uno de los chicos dejó de patear una pelota; otro se quedó con la gorrita en la mano. Los mayores se miraron entre sí y el patio, por unos segundos, quedó sin gritos.
Su mamá contó también que él había pedido que lo vistieran con el uniforme escuteiro: la camisa verde, el pantalón corto, la pañoleta bien atada. Repitió el pedido tal como él se lo había dicho. Después bajó la mirada y alisó con la mano un pliegue de la tela que llevaba sobre el brazo.
La iglesia
Lo trajeron a la iglesia. Los chicos fueron llegando de a poco. Algunos se quedaron cerca de la puerta; otros se acercaron al cajón y bajaron enseguida la cabeza. Las pañoletas se veían desparejas, alguna mal atada, otra torcida por el apuro. Nadie sabía muy bien dónde poner las manos. Los mayores intentaban sostener a los más chicos, pero también ellos tenían los ojos llenos.
Anacleto estaba allí con el uniforme puesto. La camisa ya no parecía grande del mismo modo. La pañoleta le quedaba quieta sobre el pecho. Me acerqué, acomodé apenas uno de sus bordes y retiré la mano. Después me quedé allí, sin encontrar nada que agregar.
Durante la misa, el grupo se formó en fila. No fue una formación perfecta. Alguno sollozaba, otro se limpiaba la nariz con la manga, otro miraba fijo al suelo. Uno de los más chicos buscó la mano del que tenía al lado. Nadie corrigió las pañoletas torcidas.
Miré hacia el altar. Después miré a la mamá, a los chicos y otra vez a Anacleto. Me quedé allí.
La hoja de Jacinta
Después apareció Jacinta, la hermana de Anacleto, con una hoja doblada entre las manos. Caminó hacia adelante despacio, apretando el papel por los bordes. Se detuvo junto al cajón, lo desplegó con cuidado y empezó a leer.
Nos contó de Anacleto. De cómo jugaban juntos, de cómo se reía por cualquier cosa, de cómo se emocionaba cuando le hablaban de Jesús. Su voz era baja, pero se entendía. En un momento dijo:
—Mi hermano quería ser bueno. Decía que Jesús lo miraba cuando hacía algo lindo.
La iglesia quedó quieta. Jacinta dobló después la hoja con cuidado y la dejó sobre el cajón. No hubo aplausos. Nadie intentó llenar el silencio. Algunos chicos se acercaron a abrazarla; otros siguieron donde estaban, mirando hacia abajo.
Cuando terminó, Jacinta pasó el dedo por el doblez de la hoja antes de cerrarla. Uno de los chicos se acercó a abrazarla; otro siguió mirando el cajón. La frase sobre Jesús quedó allí, sin que nadie la comentara.
La vela
Al caer la tarde, la iglesia fue quedando sola. El ruido del patio regresó de a poco, pero más bajo, como si todos caminaran con cuidado. Encendí una vela junto al uniforme doblado. La llama temblaba apenas. Sobre la tela verde quedaba la pañoleta; cerca, el carné número 001. Me senté un momento en el primer banco. No recé mucho. Miré esas cosas pequeñas, reunidas allí, y dejé que hablaran solas.
Afuera, algunos Lobatos seguían cerca de la puerta. No querían irse enseguida. Uno acomodaba la gorrita entre las manos; otro se limpiaba la cara con la manga; otro miraba hacia el suelo del templo, como si todavía esperara verlo salir. Jacinta pasó despacio, volvió a doblar la hoja y la sostuvo un instante contra el pecho antes de entregarla.
Cuando apagué la vela, el olor de la cera quedó flotando en la iglesia. Afuera, uno de los Lobatos seguía con la gorrita entre las manos. Jacinta llevaba la hoja apretada contra el pecho. Sobre la tela verde, junto a la pañoleta, quedaba el carné número 001.