Quince años
Carlos David tenía quince años.
A esa edad uno todavía debería estar pensando en juegos, en amigos, en correr detrás de una pelota hasta que caiga la tarde. Pero en Kalulo algunos chicos crecían antes. No porque quisieran. La vida los empujaba.
Carlos David tenía algo de eso.
No era alto. No llamaba la atención al entrar. Tenía el rostro delgado, los ojos serios y una manera de quedarse cerca sin ocupar el centro. Entre los chicos se movía como uno más, pero no del todo. Si había que cargar un banco, cargaba. Si había que ordenar a los más pequeños, se acercaba y les hablaba bajo. Si alguno se distraía, le tocaba el hombro.
No mandaba.
Estaba.
Y muchas veces eso alcanzaba.
El pasillo
Una mañana llegaron soldados a la misión.
Yo los vi primero abajo, cerca de la entrada. Al principio parecían parte del paisaje, como tantas veces. Pero enseguida se notó que no venían a saludar. Buscaban a un joven que, según ellos, había entrado corriendo.
Subí despacio.
El pasillo de arriba estaba medio oscuro. Me acuerdo del silencio. De los pasos abajo. De ese modo en que el cuerpo entiende antes que la cabeza.
Entonces lo vi.
Carlos David estaba encogido contra la pared, casi pegado al piso. Temblaba.
Me arrodillé a su lado.
—¿Qué pasa, Carlos?
Me miró con los ojos llenos de miedo.
—Me quieren cangar —dijo.
Lo dijo bajito.
Cangar era eso: que te agarraran, te subieran a un camión y te llevaran al frente. Sin demasiadas preguntas. Sin importar mucho la edad. A veces no se volvía. A veces se volvía distinto.
Carlos tenía quince años.
Le puse una mano en el hombro. Estaba frío.
—Vamos a dejar esto en manos de María Auxiliadora —le dije.
Asintió apenas.
Después preguntó, casi sin voz:
—¿Ya empezaste el Rosario?
—Empecemos ahora.
Sacamos los rosarios y rezamos ahí mismo, en el pasillo. En voz baja. No sé cuántas avemarías dijimos. Recuerdo sus manos, el murmullo, la respiración todavía cortada. Recuerdo los soldados abajo. Recuerdo que yo también tenía miedo.
Después hubo que bajar.
—Vamos juntos —le dije.
Se levantó. Las piernas le temblaban, pero bajó.
Escalón por escalón.
Al llegar abajo, los soldados lo miraron de arriba abajo.
—¿Por qué escapabas?
Carlos respondió con la voz apagada:
—Pensé que estaban cangando.
Uno lo empujó. Otro le dio una cachetada. El golpe sonó seco.
Yo dije lo que pude.
Que tenía quince años. Que teníamos documentos. Que podía mostrarlos.
Hubo un silencio incómodo.
Al final lo dejaron ir.
No recuerdo haber dicho mucho más. Lo llevé hasta la capilla. Carlos se arrodilló enseguida, en el medio, como si necesitara apoyar el alma en algún lado. Yo me senté atrás.
Nos quedamos ahí.
Sin explicar nada.
Enero
Meses después lo vi delante de un grupo de chicos.
Era enero. Había llovido de madrugada y la tierra todavía estaba húmeda. Los chicos llegaron con barro en los pies, camisas grandes, pantalones sostenidos con cordones, risas que no sabían quedarse quietas.
Eran los de la mañana.
Inquietos, vivos, difíciles de ordenar.
Carlos David se puso frente a ellos. No gritó. No golpeó las manos. No hizo nada especial. Esperó un poco y empezó a hablar.
—Hoy vamos a hablar de Jesús —dijo—. No del Jesús de los libros. Del que anda por acá. El que camina con nosotros.
Yo estaba al fondo, apoyado en una ventana sin vidrio.
Los chicos lo miraban. Algunos sentados en bancos mal clavados. Otros en el piso. Uno jugaba con un palito. Otro dibujaba en la tierra con el dedo gordo del pie. Pero escuchaban.
Carlos hablaba despacio.
No llenaba el aire de palabras. Decía una frase y la dejaba ahí.
En un momento preguntó:
—¿Saben por qué Jesús eligió amigos?
Un chico flaco, con una cicatriz en la frente, levantó la mano.
—¿Porque no quería estar solo?
Carlos asintió.
Se acercó y le apoyó una mano en el hombro.
No dijo nada más.
Y estuvo bien así.
Lo que vivía
Cuando terminó la catequesis, algunos salieron corriendo hacia la cancha. Otros se quedaron barriendo el salón. Un par se acercaron a Carlos para preguntarle si podían volver también a la tarde.
Él guardó las cosas con calma.
Pasé cerca y le dije:
—Gracias.
Me miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Por estar. Por hablar como hablás.
Bajó la mirada. Se rascó la nuca, medio incómodo.
—Solo cuento lo que vivo, padre.
Y se fue.
Esa frase me quedó.
Porque Carlos David no hablaba desde lejos. En su voz estaba también aquella mañana del pasillo, el Rosario dicho casi sin aire, el miedo de ser llevado, la cachetada, la capilla después. Estaba todo eso, aunque él no lo nombrara.
Tal vez por eso los chicos lo escuchaban.
No porque supiera mucho.
Sino porque hablaba desde un lugar verdadero.
A Carlos David lo recuerdo así: quince años, ojos serios, voz baja, una mano apoyada en el hombro de otro chico.
Y aquella frase sencilla, dicha sin darse importancia:
—Solo cuento lo que vivo.