Memoria con rostro

Celina y el fuego pequeño

Benguela, septiembre de 1999

Una casa al final del barrio, una olla negra sobre tres piedras y una mujer que pidió bendecir, sobre todo, el fuego. Desde esa brasa pequeña vuelve la memoria de Celina.
Mujeres sentadas tomando apuntes en Benguela, Angola
Una escena de aprendizaje y memoria compartida en Benguela, 1999.

La casa del final

La casa de Celina quedaba al final del barrio.

Había que caminar por una calle de tierra rojiza, esquivando gallinas, chicos descalzos y ropa tendida en sogas bajas. A esa hora de la tarde el aire traía olor a carbón, a humo y a comida empezando a hacerse. En Benguela muchas casas se anunciaban así: antes de verlas, uno olía el fogón.

Celina me esperaba en la puerta.

Era menuda, de vestido gastado, con unas flores pequeñas ya casi borradas por el uso. Tenía las manos ocupadas, como las tienen casi siempre las mujeres que sostienen una casa: un trapo, una olla, un niño que llama desde adentro. Me saludó con una sonrisa tranquila y corrió apenas una cortina para dejarme pasar.

—Es sencilla, pero es nuestra —dijo.

No lo dijo con pena. Tampoco para hacerse la fuerte. Lo dijo como quien muestra algo querido.

Entré agachando un poco la cabeza. La casa era baja, de barro, con el suelo bien barrido. En un rincón había una manta doblada. En otro, una repisa con una Biblia usada, una vela consumida casi hasta el final y una foto vieja, oscurecida por el humo. No había casi muebles. Pero todo estaba cuidado.

Uno de los chicos miraba desde el fondo, medio escondido detrás de una tela. El más pequeño dormía sobre un colchón fino, con una pierna afuera y la boca abierta, rendido por el calor.

Celina se secó las manos en el vestido.

—Pase, padre. Aquí está fresco.

No estaba fresco. Pero era su modo de recibir.

El fogón

El fogón estaba en un rincón, hecho con tres piedras y barro endurecido. Encima descansaba una olla negra, marcada por años de humo. Todavía quedaba una brasa roja, pequeña, cuidada.

Celina se agachó y acomodó un tronquito.

—Este es el corazón de la casa —me dijo.

No hizo falta que explicara más.

Allí se cocinaba. Allí se calentaba el agua. Allí se estiraba la comida cuando no alcanzaba. Allí, seguramente, los chicos se arrimaban cuando caía la noche. Allí se hablaba de lo que había pasado en el día y de lo que habría que resolver al siguiente.

—Quería que bendijera la casa —me dijo—. Pero sobre todo esto.

Señaló el fuego.

Saqué el pequeño frasco con agua bendita. Ella llamó a los chicos. El mayor se acercó despacio, todavía serio. El más pequeño siguió durmiendo. No lo despertamos.

No hice una oración larga. En esa casa, muchas palabras hubieran sobrado.

Bendije la entrada, las paredes, la manta, la mesa pequeña. Después me acerqué al fogón. Celina se quedó al lado, con las manos juntas, mirando las brasas.

—Que nunca falte el fuego —dije—. Que alcance para la olla, para el pan y para pasar la noche.

Unas gotas de agua cayeron sobre la piedra caliente. Salió un vaporcito breve. Celina sonrió apenas.

—Ahora sí —murmuró.

No sé bien qué quiso decir. Pero en su cara apareció una paz chiquita, como cuando algo queda en su lugar.

“Hasta ahora, Dios cuidó”

Después salimos a sentarnos afuera.

La tarde empezaba a bajar. Los chicos del barrio corrían detrás de una botella de plástico. Una gallina se metió entre nuestras piernas y Celina la espantó con un gesto rápido, sin dejar de hablar. Me ofreció una taza de infusión de hierbas.

—No tiene azúcar —avisó.

—Está bien así.

Se rio.

—Entonces es remedio.

Tomamos despacio. Ella me habló de sus hijos, del agua que a veces había que ir a buscar lejos, de las noches en que el viento levantaba tierra por debajo de la puerta. No se quejaba. Contaba. Como si decirlo ayudara a ordenar un poco el cansancio.

En un momento se quedó mirando la casa.

—Hace tiempo quería hacer esto —dijo.

—¿La bendición?

Movió la cabeza.

—No. Agradecer.

Después se quedó callada. El fuego seguía encendido adentro. Desde afuera se veía un hilo de humo subiendo por una abertura del techo.

—Hasta ahora, Dios cuidó —agregó.

Lo dijo sin levantar la voz. No era una frase preparada. Le salió como salen algunas verdades: despacio, después de haberlas vivido mucho.

Al rato dijo otra cosa, casi sonriendo:

—Hoy me siento rica.

No le respondí enseguida. No porque no entendiera. Al contrario.

Celina no tenía casi nada. Pero esa tarde había mostrado su casa como quien muestra un tesoro: el suelo barrido, la cortina limpia, los hijos cerca, la Biblia en la repisa, el fogón vivo.

Para la noche

Antes de irme, volvió a entrar.

Pensé que iba a buscar algo, pero solo se acercó al fogón. Tomó otro tronquito del suelo y lo puso sobre las brasas. Lo hizo despacio, con cuidado, como quien no quiere desperdiciar nada.

La llama levantó un poco.

—Para la noche —dijo.

Después me acompañó hasta la puerta.

—Vuelva cuando pueda.

—Voy a volver, Celina.

El chico mayor levantó la mano apenas. El más pequeño seguía dormido. La casa quedó detrás, con su humo fino y su luz baja.

Caminé de regreso con el olor del fogón pegado a la ropa.

A Celina la recuerdo así: agachada junto al fuego, acomodando un palo para que la llama no se apagara. No me viene primero una frase grande. Me viene ese gesto.

Una mujer cuidando una brasa pequeña para que alcanzara hasta la noche.

Una mujer cuidando una brasa pequeña para que alcanzara hasta la noche.

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