Memoria con rostro

El abrazo de Kunda

Luanda, febrero de 1993

Era de noche y en el patio de cemento de la parroquia San Pablo se jugaba el campeonato de fútbol. Las luces altas iluminaban la cancha a medias; dejaban algunos rincones en sombra, pero alcanzaban para que la pelota siguiera corriendo y para que los chicos pudieran reconocerse entre gritos, risas y protestas. Las…
Imagen de memoria vinculada al relato El abrazo de Kunda
Luanda, febrero de 1993

La pared

Era de noche y en el patio de cemento de la parroquia San Pablo se jugaba el campeonato de fútbol. Las luces altas iluminaban la cancha a medias; dejaban algunos rincones en sombra, pero alcanzaban para que la pelota siguiera corriendo y para que los chicos pudieran reconocerse entre gritos, risas y protestas.

Las zapatillas chirriaban contra el piso. Cada gol levantaba un alboroto de voces, palmadas en la espalda y discusiones rápidas. Los más chicos se metían entre los grandes para mirar mejor, aunque alguno terminara empujado hacia atrás por el movimiento del partido. Había quienes jugaban con todo el cuerpo y quienes se quedaban en el borde, comentando cada jugada como si fueran parte del equipo. El patio tenía ese desorden bueno de las noches salesianas: pelota, cansancio, risa, alguna broma dicha al pasar, muchachos que se acercaban sin pedir nada, solo para estar.

Yo estaba sentado en los escalones, cerca del juego, pero sin meterme. A veces eso bastaba: estar ahí, visible, disponible, saludando a uno, escuchando a otro, dejando que cada chico se acercara cuando quisiera y como pudiera.

Entonces lo vi.

Kunda estaba apoyado contra una pared lateral, solo, medio escondido en la sombra.

Kunda

No jugaba. Nunca lo veía jugar.

Kunda aparecía así: un rato en el patio, otro rato en la puerta, después otra vez contra la pared. No hablaba mucho. Saludaba con un movimiento corto de cabeza y se quedaba mirando. No era de los que llegaban corriendo, ni de los que buscaban enseguida un lugar en el centro. Estaba, pero con distancia. Como si necesitara mirar primero, medir el ambiente, asegurarse de que podía quedarse sin que nadie le exigiera demasiado.

Esa noche lo saludé desde los escalones. Él me devolvió el gesto y siguió mirando el partido.

La pelota pegó contra una pared. Uno gritó falta. Otro se burló. Las risas se mezclaron con el ruido seco del cemento y el juego continuó como si nada pudiera interrumpirlo. Kunda seguía en el mismo lugar, apoyado contra la pared, con los brazos cerca del cuerpo y la mirada puesta en la cancha.

El abrazo

Después de un rato, se despegó de la sombra.

Lo vi venir. Caminaba despacio, sin mirar demasiado a los costados. No traía cara de querer hablar. Tampoco parecía necesitar algo. Simplemente venía hacia donde yo estaba, atravesando ese tramo del patio que lo separaba de los escalones.

Llegó hasta mí y se quedó parado un segundo, como si todavía estuviera decidiendo si dar el paso completo o volver a su lugar. No dijo nada. Yo tampoco. Enseguida, sin aviso, se inclinó y me abrazó.

Fue un abrazo rápido, pero entero. Con los dos brazos. Apretado.

Yo lo sostuve apenas, lo justo para no romper el gesto ni hacerlo más grande de lo que él podía dar. Sentí primero su cuerpo duro, contenido, como si todavía estuviera aprendiendo a quedarse en ese abrazo. Después aflojó un poco. Fue apenas un instante, pero alcanzó.

No dijo nada antes. No dijo nada después.

Cuando se separó, bajó la mirada y volvió al borde de la cancha. Se sentó cerca de la pared, casi en el mismo lugar de antes.

El partido siguió

La pelota volvió a correr. Los chicos gritaron otro gol. Alguien pasó delante de mí riéndose y otro me pidió que mirara una jugada que, según él, había sido clarísima. Todo siguió igual, como si nada hubiera pasado.

Pero para mí no era igual.

Kunda estaba otra vez al costado, con los ojos puestos en la cancha. La luz le llegaba de lado y le dibujaba apenas el perfil. De vez en cuando sonreía por alguna jugada, sin sumarse del todo al barullo. No volvió a acercarse. No hizo falta.

Aquel abrazo había sido corto, pero no apurado. Había salido de algún lugar que él casi nunca mostraba y volvió a guardarlo enseguida. No había que preguntarle nada. No había que traducirlo. No había que convertirlo en conversación. A veces, cuando un gesto llega así, lo mejor es dejarlo respirar en silencio.

Al costado

De Kunda me quedó esa imagen.

No una conversación larga. No una confidencia. No una historia explicada con palabras. Me quedó su figura contra la pared, medio escondida por la sombra, y después sus pasos lentos hacia los escalones. Me quedaron sus dos brazos alrededor mío, el cuerpo primero tenso y después un poco más suelto. Me quedó el silencio. Y su vuelta al borde de la cancha, mientras el partido seguía como si nada.

A veces un muchacho no encuentra palabras. O no quiere usarlas. O todavía no puede confiar tanto como para dejarlas salir.

Entonces cruza el patio.

Abraza.

Y vuelve a sentarse al costado, mientras la pelota sigue rodando.

Y vuelve a sentarse al costado, mientras la pelota sigue rodando.

Si esta historia te interesó...

Seguí explorando la memoria de Angola en Dios en la intemperie.

Volver a Memoria con rostro Ver todos los textos