Memoria con rostro

El catequista de las dos ruedas pinchadas

Benguela, 16 de noviembre de 1999

El 16 de noviembre estaba en casa preparando unas lecturas en umbundu. Había palabras que todavía se me trababan y pasaba bastante tiempo repitiéndolas en voz baja, tratando de que no sonaran tan extranjeras. Esa mañana Mena, la coordinadora de la Pastoral Juvenil, apareció para hablar de la fiesta de Cristo Rey.…
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Benguela, 16 de noviembre de 1999

Una mañana de noviembre

El 16 de noviembre estaba en casa preparando unas lecturas en umbundu. Había palabras que todavía se me trababan y pasaba bastante tiempo repitiéndolas en voz baja, tratando de que no sonaran tan extranjeras. Esa mañana Mena, la coordinadora de la Pastoral Juvenil, apareció para hablar de la fiesta de Cristo Rey. Venía molesta porque algunos jóvenes me habían sentido demasiado exigente. Se sentó, discutimos un rato y terminamos mirando por la ventana a los chicos que corrían detrás de una rueda vieja. Mena fue aflojando el gesto y, antes de irse, me pidió una sola cosa: que habláramos con cariño.

Cuando salió, volví a los papeles. La conversación había dejado el ambiente un poco más quieto. Todavía tenía delante las lecturas cuando vi llegar a otro catequista. Lo conocía por su constancia: cada semana viajaba hasta Santo Antonio. Aquella vez no venía montado en la bicicleta. La arrastraba a su lado y caminaba despacio. Las dos ruedas estaban pinchadas.

Casi todo el camino

Entró riéndose, como si la avería tuviera algo de absurdo. —Padre, ya no daba más. Caminé casi todo el camino. Dejó la bicicleta apoyada y se quedó un momento recuperando el aire. No hizo una descripción heroica del recorrido ni convirtió el cansancio en queja. Había venido así porque tenía que venir. Las cubiertas bajas y el polvo pegado a las ruedas contaban el resto.

Me acerqué a mirar. Con una rueda pinchada ya habría sido difícil avanzar; con las dos, la bicicleta se volvía carga. Pensé en la distancia hasta Santo Antonio y en las veces que hacía ese trayecto. En muchas comunidades, el catequista era quien llegaba cuando no llegaba nadie más, quien sostenía la reunión, preparaba a los chicos o simplemente mantenía abierta una presencia. Él no hablaba de eso. Miraba las ruedas.

Dos cámaras

Conseguimos cámaras nuevas. Cuando se las entregué, las tomó entre las manos y las miró un momento, como si necesitara comprobar que realmente eran para él. Eran dos cámaras de bicicleta: nada vistoso, nada que uno pensaría guardar como recuerdo. Sin embargo, en su cara apareció un alivio inmediato. Levantó la vista y dijo: —Ahora sí. Ya puedo volver a ir.

La frase me sorprendió por su dirección. Yo estaba pensando en el camino que acababa de hacer a pie; él ya estaba pensando en el siguiente. No dijo “ahora podré descansar” ni habló de lo que le había costado llegar. Miró las cámaras y pensó en volver a Santo Antonio. Nos pusimos con la bicicleta. Hubo que revisar las ruedas y dejarla en condiciones. Él ayudaba y conversaba con naturalidad, sin dramatizar la mañana.

Volver

Cuando estuvo lista, la sacó al camino. Esta vez no la llevaba de la mano. Se subió y empezó a pedalear despacio, probando primero las ruedas. A los pocos metros se volvió y levantó una mano para saludar. Después siguió. Lo vi alejarse mientras el polvo volvía a levantarse detrás de la bicicleta. Durante un rato todavía se distinguía su espalda inclinada sobre el manubrio; luego el camino se lo fue tragando.

Regresé a la mesa y encontré las hojas en umbundu donde las había dejado. La conversación con Mena seguía rondando por un lado y, por otro, la frase del catequista: “Ya puedo volver a ir”. Eran formas distintas de acercarse a los jóvenes y a las comunidades. Una pedía que no apretáramos demasiado; el otro atravesaba caminos para estar presente. Ninguno había usado grandes palabras.

La conversación de la mañana con Mena había girado alrededor de cómo acompañar a los jóvenes sin cerrarles la puerta. Ella defendía la paciencia con quienes todavía no encontraban su lugar; yo insistía en la importancia de un camino y una preparación. Nos habíamos despedido sin resolverlo todo, pero con la sensación de haber escuchado algo del otro. Poco después apareció aquel catequista con las ruedas pinchadas. Sin buscarlo, las dos escenas quedaron cerca.

Él tampoco habló de estrategia pastoral. Su manera de sostener una comunidad estaba hecha de kilómetros y repetición. Cada semana había que volver a subir a la bicicleta, atravesar el camino y llegar. La avería había interrumpido ese movimiento, por eso las cámaras nuevas significaban mucho más que una reparación mecánica. Le devolvían la posibilidad de estar donde otros lo esperaban.

No recuerdo cuánto tardó en arreglarlas ni quién terminó de ayudarlo con las ruedas. El cuaderno no guardó esos detalles. Sí guardó la escena de sus manos sosteniendo las cámaras y la rapidez con que miró hacia adelante. En vez de quedarse contando lo que había sufrido para llegar, ya estaba calculando el regreso. Esa orientación hacia el próximo encuentro era quizá lo más suyo de aquel día.

Seguí trabajando hasta que cayó la tarde. Cada tanto, al levantar la vista, veía el lugar donde había estado apoyada la bicicleta con las ruedas vacías. Ya no estaba. Tampoco estaba el catequista. Había vuelto al camino.

Seguí trabajando hasta que cayó la tarde. Cada tanto, al levantar la vista, veía el lugar donde había estado apoyada la bicicleta con las ruedas vacías. Ya no estaba. Tampoco estaba el catequista. Había vuelto al camino.

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