Una voz desde la calle
La tarde estaba bajando.
En Benguela, a esa hora, el polvo se queda un rato en el aire. Las casas empiezan a oler a carbón, a agua caliente, a comida hecha con lo que hay. Los chicos todavía corren descalzos, pero ya más despacio, como si el día también les pesara un poco.
Yo estaba acomodando unas cosas cuando escuché una voz desde la calle:
—¡Gustavo!
Salí.
Era uno de los chicos de la calle. Flaco, vivo, con los pies llenos de tierra y esa sonrisa rápida que aparecía antes que las palabras. Pero esta vez no venía solo.
Con una mano sostenía un palito. Del otro extremo venía agarrado un hombre viejo, ciego, caminando con pasos cortos. El chico no tiraba fuerte. Iba despacio, mirando hacia atrás cada tanto, esperando que el anciano alcanzara el paso.
Cuando llegaron frente a la casa, el chico levantó la mano, contento, como quien trae una buena noticia.
—Lo traje, padre.
Después señaló al hombre.
—Estaba sentado allá, solo.
El anciano se quedó quieto, con la cabeza un poco inclinada. Tenía los ojos blancos, la barba gris y la camisa abierta en el cuello. Respiraba con cansancio.
—Buenas tardes —le dije.
Él levantó apenas la cara.
—Buenas serán si hay agua —respondió.
El chico se rio.
Agua
Entré a buscar un vaso.
Cuando volví, seguían igual. El chico al lado, el viejo con una mano en el palito, los dos esperando sin moverse mucho.
Le di el agua al anciano. La tomó con las dos manos, despacio, cuidando que no se derramara. Bebió un sorbo largo. Después otro. Al terminar, respiró hondo.
—Este mocito me encontró tirado a la sombra de un árbol —dijo—. Me dio la mano y no me soltó más.
El chico bajó la mirada.
—Solo lo ayudé a caminar —dijo bajito.
Lo dijo como si no hubiera hecho nada.
Pero se había detenido. Y eso, en la calle, ya era mucho.
Había visto a un viejo ciego, se había acercado, le había puesto un palito en la mano y lo había traído hasta donde podía conseguir agua. Sin discurso. Sin hacerse notar. Sin esperar nada.
Solo caminar al ritmo de otro.
Los que ven
Nos quedamos un rato en la vereda.
Pasaban mujeres con baldes, alguna moto, chicos empujando una rueda vieja. Una gallina cruzó entre nosotros y el chico la espantó con el pie, riéndose.
El anciano sostuvo el vaso vacío un momento más.
—Los que ven tienen que guiar —dijo.
No miraba a nadie. Pero la frase quedó ahí, entre los tres.
El chico apretó el palito.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Le ofrecí más agua. Esta vez bebió más despacio. Después le pregunté:
—¿Dónde vive, abuelo?
Movió la mano hacia algún lado, sin precisión.
—Por allá. Donde me sienten.
El chico lo miró enseguida.
—Yo lo llevo.
No preguntó si podía. No dudó. Ya estaba decidido.
El palito
Antes de irse, el anciano levantó un poco la cabeza.
—Dios le pague el agua.
—Que Dios lo acompañe —le respondí.
El chico acomodó el palito entre los dos. Se aseguró de que el viejo lo agarrara bien. Después empezó a caminar, primero muy despacio, esperando el paso del anciano.
Desde unos metros me gritó:
—¡Hasta mañana, padre!
—Hasta mañana —le respondí.
El viejo levantó la mano, o quizá solo la movió buscando equilibrio. Se fueron por la calle de tierra, uno adelante y el otro detrás, unidos por ese palito pobre.
No sé el nombre del chico.
Pero lo recuerdo así: flaco, descalzo, guiando a un viejo ciego por una calle de Benguela.
Un vaso de agua.
Un palito entre dos manos.
Y esa frase, dicha como al pasar:
—Los que ven tienen que guiar.