La escalera de atrás
Volvía de dar clase.
Era tarde. Las clases de adultos terminaban de noche y uno regresaba con el cuerpo cansado, la cabeza llena de voces y las manos todavía manchadas de tiza. El camino hasta la misión tenía sus sonidos de siempre: grillos, algún perro lejos, una radio encendida en alguna casa, el crujido seco de la tierra bajo los pies.
Pensaba en tomar agua y acostarme.
Al cruzar el descampado, lo vi.
Estaba junto a la escalera de atrás de la casa, medio en sombra. Esperaba quieto, como quien no quiere molestar. Lo reconocí enseguida. Era uno de los catequistas jóvenes del oratorio. De esos que casi no hacen ruido, pero siempre están.
—Buenas noches, Hermano Gustavo —dijo.
—Buenas noches, mi hermano. ¿Todo bien?
Asintió.
Después bajó un poco la voz.
—Vine por si… por si quedaban algunos porotos.
Lo miré.
—¿Porotos?
—Sí, hermano. Para sembrar.
La despensa
No pidió mucho.
Lo dijo así, parado en la penumbra, con esa seriedad tranquila de quien ya venía pensando la frase desde antes.
—Quiero aprovechar la lluvia de estos días —agregó—. Si los pongo ahora, capaz crecen bien.
Yo venía agotado. Me acuerdo de eso. Me pesaba la camisa, me pesaban los hombros, me pesaba hasta la llave en el bolsillo.
Pero aquel pedido me despertó.
—Vení conmigo —le dije.
Fuimos hasta la despensa.
Abrí la puerta. Adentro olía a saco viejo, humedad y grano guardado. Busqué entre las cosas. Había un saco a medio llenar. Metí la mano y junté un poco de porotos. No demasiados. Lo que se podía.
Llené una bolsa pequeña.
—No son muchos —le dije.
Él la recibió con las dos manos.
La miró un momento, sin apuro.
—Para empezar sirven —respondió.
Tres surcos
Salimos otra vez a la noche.
Antes de irse, volvió a mirar la bolsa, como haciendo cuentas por dentro.
—Con estos puedo hacer al menos tres surcos.
Lo dijo con alegría contenida. No levantó la voz. No hizo ningún gesto grande. Solo apretó un poco más la bolsa contra el pecho.
—¿Y si salen bien? —le pregunté.
Sonrió apenas.
—Si sale bien… reparto.
Nada más.
No dijo a quién. No hacía falta. En Kalulo esas cosas se sabían. Si algo crecía, alguien más iba a comer. Si la tierra respondía, la alegría no quedaba en una sola casa.
Se acomodó la bolsa bajo el brazo.
—Gracias, hermano.
—Que crezcan bien.
Se rió bajito.
—Van a crecer.
Y se fue.
La bolsa
Lo vi alejarse por el camino.
Caminaba rápido, pero cuidando la bolsa. La llevaba pegada al cuerpo, como si adentro no hubiera solo porotos, sino una mañana posible, unos surcos, un poco de lluvia todavía guardada en la tierra.
No sé si crecieron.
No sé si la lluvia alcanzó. No sé si después pudo repartir algo. Tal vez sí. Tal vez no.
Pero lo recuerdo ahí, en la escalera de atrás, esperando de noche sin hacer ruido.
Un joven con una bolsa pequeña entre las manos.
Y esa frase sencilla, dicha antes de perderse en la oscuridad:
—Si sale bien… reparto.