El muchacho que aparecía de golpe
No sé si alguna vez supe bien su nombre.
Para mí quedó así: el mais velho. Así le decían los otros chicos. No porque fuera viejo. Era joven todavía, pero caminaba con algo de hermano mayor. Miraba antes de hablar, medía la calle, sabía cuándo acercarse y cuándo quedarse un poco al costado.
Aparecía de golpe.
Una tarde en el portón. Una mañana en el mercado. Una noche caminando al lado, sin decir mucho. Ropa gastada, pies llenos de polvo, sonrisa rápida. Como si no quisiera darle tiempo a la tristeza para quedarse en la cara.
“Pero volviste”
Lo volví a ver en Luanda, en agosto de 1999. Yo había regresado hacía poco, después de la muerte de mi padre. Andaba por la ciudad con el cuerpo ahí y el corazón todavía en otra parte. Luanda seguía igual: calor sobre las chapas, mujeres con baldes en la cabeza, vendedores acomodando cosas sobre una manta, chicos corriendo detrás de una pelota hecha con trapos.
Entonces escuché mi nombre.
—¡Gustavo!
Me di vuelta.
Era él.
Venía corriendo entre la gente, esquivando motos, perros, bolsas, charcos secos. Cuando llegó no dijo nada. Se me abrazó con todo el cuerpo. No fue un saludo. Fue como si quisiera agarrarme fuerte para que no me cayera.
—Papá… papito… —repetía.
Lo decía llorando. Al principio pensé que hablaba de mí. Después entendí. Lloraba por mi padre. Por ese hombre que no había conocido como lo conocíamos nosotros, pero que, de algún modo, también sentía suyo porque era mío.
Cuando pudo hablar, se limpió la cara con el dorso de la mano y dijo:
—Lloré por tu papá. Era tuyo… pero también era nuestro.
No contesté. Le puse la mano en la nuca y lo dejé quedarse ahí un momento más. Después se separó, se acomodó la remera y volvió a sonreír, medio avergonzado por haber llorado.
—Pero volviste —dijo.
Nada más.
Caminamos hasta la casa. Venía también Ale, flaco, callado, con una mirada mansa. Entraron conmigo sin pedir permiso, como entran los que saben que son queridos. Tenía unas galletas que me habían dado en Argentina. Las puse sobre la mesa y las partí.
—Son de allá —les dije.
El mais velho tomó una, la miró de los dos lados y se rio.
—Pan fino —dijo.
Comimos despacio. Migas sobre la mesa, vasos de agua tibia, la ventana abierta, el calor entrando igual. Él hablaba por momentos. Contaba cosas cortas: un amigo que se había ido a buscar trabajo, un lugar donde se podía dormir si no llovía, una puerta que ya no convenía tocar.
También contó que los militares lo habían agarrado en una redada.
—Me tuvieron varios días —dijo.
Bajó un poco la voz.
—Lloré mucho. Al final me soltaron.
No lo dijo buscando lástima. Lo dijo como se cuentan las cosas que ya pasaron, aunque todavía duelan. Después levantó la cabeza, casi con picardía.
—No aguantan a uno que no guarda rabia.
Se rio. Yo también. Pero esa frase quedó ahí, sobre la mesa, entre las migas.
La bendición del camino
Otro día volvió al atardecer. Golpeó el portón despacio, con la mano abierta.
—Vine a despedirme.
—¿Te vas?
—Sí. Vuelvo a mi barrio.
Miró hacia la calle.
—Allá tengo mis amigos. Y allá tengo mi camión.
Su camión.
No era suyo, claro. Era un camión abandonado, viejo, oxidado, con un hueco debajo donde dormía. Cartones, una manta, tierra dura. Poco más.
—Ahí no llueve tanto —agregó, como para que yo no me preocupara.
Después bajó la mirada.
—Bendecime el camino.
No pidió plata. No pidió comida. No pidió ropa.
Pidió eso.
Le puse la mano en el hombro. Era un hombro flaco, caliente todavía por el sol del día. Recé bajito. No recuerdo las palabras. Habrán sido pocas. Pedí que Dios lo cuidara esa noche, que no lo dejara solo, que encontrara un rincón sin miedo.
Cuando terminó, levantó los ojos.
—Ya está —dijo.
Y se fue.
Lo vi alejarse por la calle. Caminaba sin apuro, con ese paso suyo, cansado y seguro a la vez. Como si conociera de memoria los perros, los huecos, las esquinas, los peligros.
“Yo tengo menos hambre que él”
A la mañana siguiente salimos con Tirso y el padre Edmundo a hacer unas compras. El mercado estaba lleno. Voces, bocinas, olor a fruta madura, gasoil, pan, sudor. En medio de todo ese ruido alguien empezó a correr detrás del camioncito.
Era él.
El mais velho.
Se agarró de atrás y subió de un salto, riéndose.
—¿Pensaron que se iban a librar de mí tan fácil?
Venía feliz, como si hubiera ganado una carrera. Se acomodó entre las bolsas y empezó a saludar a medio mundo. Ayudaba a cargar, se ofrecía para limpiar un vidrio, hacía bromas. No ocupaba mucho lugar, pero cambiaba el aire.
En un semáforo me tocó el brazo.
—Pará un poquito.
Bajó rápido. Cruzó entre los autos y fue hasta un chico más pequeño que estaba sentado en la vereda, con una lata entre las manos. Se agachó, le dijo algo, le dejó unas monedas y volvió.
Subió otra vez como si nada.
—¿Qué hiciste? —le pregunté.
—Le di un poco de dinero.
—¿Y vos?
Se encogió de hombros.
—Yo tengo menos hambre que él.
Después miró hacia atrás, buscando al chico con los ojos. No dijo nada más.
Lo que no se había roto
Así lo recuerdo.
No quiero dejarlo demasiado limpio. No era un personaje hecho para emocionar. Era un muchacho de la calle. Tenía sus vueltas, sus heridas, sus días difíciles. A veces aparecía. A veces desaparecía. A veces decía toda la verdad. A veces solo un pedazo. La calle también enseña a defenderse así.
Pero había algo en él que no se había roto.
Podía dormir debajo de un camión y mirar si otro chico tenía más hambre. Podía llorar por un padre ajeno como si fuera propio. Podía pedir una bendición para el camino y, al día siguiente, subirse riendo al camioncito como si todavía quedara lugar para la travesura.
De él me quedaron cosas sueltas.
La carrera por la calle.
El abrazo.
La galleta en la mano.
La risa al subir al camioncito.
El hombro flaco bajo mi mano.
Y aquella frase, dicha casi sin importancia:
—Yo tengo menos hambre que él.
Después siguió mirando hacia atrás, hasta que el otro chico se perdió entre la gente.