El banco del medio
La capilla estaba llena.
Era la fiesta de San Francisco de Sales y habían llegado chicos de todos lados. Algunos se sentaban en los bancos. Otros en el piso. Otros quedaban en la puerta o se asomaban por las ventanas, tratando de ver algo.
Yo había preparado unas diapositivas con la historia de Jonás.
El proyector hacía un ruido parejo. La luz caía sobre una tela blanca, un poco arrugada. Ahí aparecían los dibujos: Jonás, el mar, la tormenta, el pez, la ciudad.
Eran dibujos simples.
Pero los chicos miraban con los ojos abiertos.
Empecé a contar la historia en portugués. Los más grandes seguían bien. Los más pequeños, no todos. Algunos miraban la imagen, después me miraban a mí, después miraban a los costados, como buscando que alguien les acercara un poco aquello que estaba pasando adelante.
En uno de los bancos del medio vi a un adolescente inclinarse hacia ellos.
Al principio pensé que los distraía.
Pero no.
Estaba traduciendo.
En voz baja
Se acercaba a los más chicos y les hablaba bajito, casi al oído.
No hacía gestos grandes. No quería llamar la atención. Se inclinaba un poco, decía unas palabras en kimbundu y volvía a mirar la tela.
Los pequeños lo escuchaban con los pies colgando del banco.
—Tenía miedo… por eso se escapó —les decía.
Después levantaba la vista, seguía la imagen, esperaba un momento y volvía a inclinarse.
El generador zumbaba.
La luz temblaba apenas.
Él seguía traduciendo:
—Pero Dios mandó un pez grande para ayudarlo. No fue castigo. Fue ayuda.
Uno de los chicos le preguntó algo. No alcancé a escuchar. El muchacho se acercó un poco más y le respondió sin apuro.
—Sí. Después volvió.
El chico asintió.
Y siguió mirando.
El susurro
Yo estaba adelante, con el proyector y las imágenes.
Él estaba en el banco del medio, con su voz baja.
Y en ese susurro la historia llegaba de otra manera. Más cerca. Más de ellos. No era solo cambiar palabras de una lengua a otra. Era poner la historia al alcance de los más pequeños.
Sin hacerse notar.
Sin cortar nada.
Sin pedir permiso.
La celebración siguió.
Jonás salió del pez. La ciudad escuchó. Los chicos se movieron, se rieron, preguntaron, volvieron a mirar la tela. Algunos se inclinaban todavía hacia el muchacho, esperando que les dijera un poco más.
Cuando terminó todo, se armó el barullo de siempre.
Galletas.
Empujones.
Risas.
Bancos que había que acomodar.
Chicos que no querían irse.
Lo volví a ver al fondo.
Estaba acomodando bancos con otros dos.
Como si nada.
Para que entendieran
Lo llamé con un gesto.
Se acercó despacio.
—Obrigado —le dije—. Por traducir.
Me miró sorprendido.
Como si no hubiera hecho nada.
Se encogió apenas de hombros.
—Solo lo hice para que entendieran mejor.
Nada más.
Después volvió a los bancos.
No esperó otra palabra. No buscó una felicitación. Seguramente, si yo no le decía nada, habría seguido acomodando la capilla y después se habría ido con los demás.
Pero esa frase me quedó.
—Solo lo hice para que entendieran mejor.
Nadie afuera
No recuerdo su nombre.
Tal vez lo supe y lo perdí. O tal vez nunca llegué a preguntarlo. En la memoria quedó así: un muchacho en el banco del medio, inclinado hacia los más chicos, hablando en voz baja mientras la historia de Jonás pasaba sobre una tela blanca.
Recuerdo los pies colgando del banco.
El ruido del proyector.
La luz temblando.
Su cuerpo inclinado hacia un costado.
Y esa manera tan simple de hacer lugar.
No estaba adelante.
No hablaba fuerte.
No tenía nada preparado.
Pero aquella mañana, mientras otros miraban la imagen, él cuidó que los más pequeños también pudieran entrar en la historia.