Memoria con rostro

El niño de las dos galletitas

Luanda, febrero de 1993

La catequesis de los jueves tenía un ruido propio. No era exactamente desorden, aunque muchas veces se le parecía bastante. Eran chicos entrando y saliendo del templo, bancos que se arrastraban sobre el piso, catequistas buscando a su grupo, saludos rápidos, alguna canción que empezaba antes de tiempo y volvía a…
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Luanda, febrero de 1993

El papel doblado

La catequesis de los jueves tenía un ruido propio. No era exactamente desorden, aunque muchas veces se le parecía bastante. Eran chicos entrando y saliendo del templo, bancos que se arrastraban sobre el piso, catequistas buscando a su grupo, saludos rápidos, alguna canción que empezaba antes de tiempo y volvía a apagarse entre risas. Todo parecía moverse al mismo tiempo, como si la parroquia respirara con muchos pulmones.

Yo iba de un lado a otro con papeles en la mano. Una lista de nombres, unos volantes arrugados, una carpeta que ya no recordaba dónde había dejado. La cabeza estaba puesta en los horarios, en los materiales que faltaban, en los grupos que todavía no encontraban su lugar. En esos días, organizar la catequesis era casi como ordenar una plaza llena de vida: uno podía intentar darle cauce, pero nunca dominarla del todo.

Fue en medio de ese movimiento cuando lo vi venir.

Tendría unos ocho años. Caminaba despacio, con cuidado, abriéndose paso entre los demás sin empujar a nadie. Traía algo entre las manos: un papel blanco, doblado en cuatro. No lo llevaba como quien trae cualquier cosa. Lo sostenía con una delicadeza seria, casi adulta, como si entre esos dobleces hubiera algo que no podía perderse.

Me buscó con la mirada y, cuando me encontró, se detuvo delante de mí.

—¿Me lo guarda, padre?

Dos galletitas

Me agaché un poco para quedar más cerca de su altura.

—¿Qué tenés ahí?

El chico me entregó el papel. Lo abrí despacio, siguiendo los dobleces marcados por sus propias manos. Adentro había dos galletitas redondas. Una tenía un borde roto; la otra había dejado algunas migas pegadas al papel. No había nada más. Solo eso: dos galletitas envueltas como si fueran un pequeño tesoro.

—Me las dio mi mamá —dijo, mirando el papel—. Pero ahora quiero jugar. Y si las dejo por ahí, me las sacan.

Lo dijo simple, sin queja y sin tristeza. Era una explicación limpia, directa, nacida de la vida de todos los días. No tenía mochila, ni bolsillo seguro, ni un adulto cerca que pudiera cuidarle lo suyo mientras él corría con los otros. Tenía esas dos galletitas, un papel doblado y ganas de jugar.

Y para poder jugar, necesitaba dejar algo a salvo.

—Claro que te las guardo —le dije.

Volví a doblar el papel con cuidado, tratando de respetar las marcas que ya tenía. Después entré a la oficina y busqué un lugar. No quería dejarlo sobre cualquier mesa, entre papeles que podían perderse o mezclarse con otras cosas. Finalmente lo puse en un estante, entre una caja de tizas y un libro viejo.

El chico me miraba desde la puerta.

—¿Ahí? —preguntó.

—Ahí —le respondí—. Quedan bien guardadas.

Se quedó unos segundos mirando el estante, como si necesitara memorizar el lugar exacto. Recién entonces sonrió. No fue una sonrisa grande ni ruidosa. Fue más bien un alivio. El cuerpo se le aflojó apenas, como si pudiera soltar por un rato la responsabilidad de cuidar aquello que era suyo.

Y salió corriendo.

Lo vi mezclarse con los otros chicos, perderse entre piernas, voces y polvo. Corría liviano. Ahora podía jugar sin mirar hacia atrás a cada momento. Las dos galletitas estaban en la oficina, quietas, protegidas, esperando su regreso.

Al final de la tarde

La tarde siguió con su ritmo intenso. Hubo catequesis, cantos, preguntas, bancos que acomodar y chicos que no querían irse. Lourdes iba de un grupo a otro, llamando a los más dispersos con esa manera suya de atraer sin empujar. Carlos Teixeira sostenía con calma lo que se desordenaba, atento a los detalles, ayudando a que cada cosa volviera a encontrar su lugar. En medio de todo eso, el templo seguía vivo, apretado, lleno de voces.

Yo me olvidé por un rato del papel. O mejor dicho, no lo tuve presente en la cabeza, pero algo de ese gesto quedó guardado conmigo. Cada tanto, al pasar cerca de la oficina, miraba de reojo el estante. El papel seguía allí, entre la caja de tizas y el libro viejo, tan pequeño que cualquiera habría podido no verlo.

Cuando el templo empezó a vaciarse y los últimos chicos salían todavía conversando, el niño volvió.

No venía corriendo como antes. Venía rápido, sí, pero con otra cara. Traía en los ojos esa ansiedad de quien regresa a buscar algo importante y teme que ya no esté. Se paró en la puerta de la oficina y me llamó con voz baja:

—Padre…

No hizo falta que dijera mucho más.

—¿Todavía las tiene?

Fui hasta el estante. El papel seguía ahí, en el mismo lugar. Lo tomé y se lo entregué. Él lo recibió con las dos manos, lo abrió apenas, lo justo para comprobar que las galletitas seguían adentro. Después volvió a cerrarlo con el mismo cuidado con que lo había traído.

Me miró.

No dijo gracias.

No hacía falta. Había en su rostro una tranquilidad nueva, una especie de descanso pequeño. Lo suyo había estado a salvo. Nadie se lo había comido, nadie se lo había sacado, nadie se había olvidado.

Y se fue, otra vez con el papel entre las manos.

A salvo

Me quedé un momento mirando el estante vacío. No había pasado nada grande, al menos visto desde afuera. Solo un chico había confiado dos galletitas y después había vuelto a buscarlas. Pero en aquellos días de Luanda, donde tantas cosas se perdían, donde tantas veces la vida parecía quedar expuesta a la intemperie, lo pequeño no era poca cosa.

Eran dos galletitas, sí.

Pero se las había dado su mamá.

Eran su merienda, tal vez su único resto de casa en medio del ruido de la tarde. Eran algo propio. Algo que necesitaba cuidar para poder olvidarse un rato de cuidarlo. Algo que, si se perdía, dolía.

No recuerdo su nombre.

Recuerdo sus manos sosteniendo el papel doblado. Recuerdo su pregunta al llegar:

—¿Me lo guarda, padre?

Y recuerdo la otra, al final de la tarde:

—¿Todavía las tiene?

A veces cuidar es eso. Guardar bien lo poco de alguien. No hacerlo grande, no explicarlo demasiado, no convertirlo en discurso. Simplemente recibirlo, ponerlo a salvo y devolverlo intacto cuando el otro vuelve a buscarlo.

A veces cuidar es eso. Guardar bien lo poco de alguien. No hacerlo grande, no explicarlo demasiado, no convertirlo en discurso. Simplemente recibirlo, ponerlo a salvo y devolverlo intacto cuando el otro vuelve a buscarlo.

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