Memoria con rostro

El niño del sonido pequeño

Dios en la intemperie · Luanda, 1 de septiembre de 1993

La tarde caía lenta sobre Luanda. Desde la ventana abierta entraba el rumor de la ciudad, mezclado con las voces de los chicos que todavía andaban por el patio. El calor seguía pegado a las paredes, y sobre la mesa se amontonaban papeles, carpetas y libros abiertos. Yo intentaba ordenar algo de la mañana, pero no…
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Dios en la intemperie · Luanda, 1 de septiembre de 1993

La puerta

La tarde caía lenta sobre Luanda. Desde la ventana abierta entraba el rumor de la ciudad, mezclado con las voces de los chicos que todavía andaban por el patio. El calor seguía pegado a las paredes, y sobre la mesa se amontonaban papeles, carpetas y libros abiertos. Yo intentaba ordenar algo de la mañana, pero no lograba concentrarme. Hay días en que uno mueve hojas de un lado a otro y, sin darse cuenta, también trata de acomodar por dentro lo que viene cansado.

Entonces tocaron la puerta. Fue apenas un roce, tan suave que casi se perdió entre los ruidos del pasillo. Antes de que alcanzara a responder, la hoja se abrió despacio y apareció un niño.

Era muy pequeño, de cuatro años o quizá menos. Tenía el pelo revuelto, la ropa gastada y una decisión extraña para un cuerpo tan chico. Entró sin correr, pero con la seguridad de quien ha juntado valor durante un buen rato. No parecía perdido. Se acercó, levantó la cara y me miró.

El “¡Ah!”

No dijo una palabra. Apenas hizo un sonido breve:

—¡Ah!... ¡Ah!...

Lo repetía sin llorar. No era queja ni juego. Venía de un lugar anterior al lenguaje, de una necesidad que todavía no encontraba modo de presentarse. Abrí un cajón y le ofrecí un caramelo. Negó con la cabeza. Le pregunté si tenía hambre. Volvió a mirarme y dejó salir otra vez aquel sonido, con los ojos grandes fijos en mí.

Su mirada no traía miedo, al menos no ese miedo que hace retroceder. Tampoco traía el gesto de quien pide algo concreto. Se quedó delante de mí, esperando que yo entendiera. Como no sabía qué hacer, le tomé la mano. La tenía tibia, reseca, liviana. Lo ayudé a sentarse frente a la mesa. La silla le quedaba enorme; los pies le quedaron en el aire, moviéndose apenas, sin tocar el suelo.

Lo que no sabía pedir

Durante unos segundos permanecimos así. El caramelo seguía dentro del cajón abierto y la pregunta por la comida había quedado sin respuesta. Él no señalaba nada, no extendía las manos, no intentaba explicarse. Solo me miraba, serio, con una insistencia que no me dejaba volver a los papeles.

Alguien pasó por el pasillo, se asomó y lo reconoció enseguida. No hizo ruido. Apenas se acercó un poco y dijo en voz baja, como quien ayuda a leer algo que estaba delante de los ojos:

—Ese chiquito… no quiere comida. Lo que quiere es cariño.

Lo miré otra vez. Recién entonces me dio vergüenza no haberlo visto antes. Yo había ido primero al cajón, después a la posibilidad de la cocina, buscando una respuesta rápida para una necesidad que no cabía ahí. El niño no había venido por pan ni por dulces. Había entrado porque necesitaba que alguien se detuviera junto a él y no lo mandara de vuelta al pasillo.

La caricia

Me incliné hacia él. Esta vez no busqué nada sobre la mesa. Le sonreí despacio y le acaricié el pelo enredado. Entonces calló. No fue un cambio brusco; más bien pareció que, por fin, su pequeño pedido había llegado a destino.

Me sostuvo la mirada. Después sonrió. Una sonrisa breve, desarmada, suficiente. Sus pies siguieron balanceándose en el aire, pero el cuerpo ya no estaba tan en guardia. Se quedó un rato sin hablar, como si aquella caricia le hubiera dado permiso para descansar.

Yo permanecí cerca. Afuera continuaban las voces del patio, el ruido de Luanda, el polvo que entraba por la ventana. Sobre la mesa seguía todo pendiente. Nada se había resuelto, y sin embargo la pieza ya no estaba igual. Entre nosotros había un silencio pequeño, de esos que no piden explicación.

La silla vacía

Cuando se levantó, lo hizo sin ceremonia. Bajó con cuidado, acomodó el cuerpo como pudo y salió por el pasillo con pasos desparejos. No llevaba nada en las manos. Aun así, caminaba distinto, más liviano que al entrar.

Me quedé sentado un momento antes de cerrar el escritorio. Todavía sentía en la palma el calor de su mano. El cajón abierto, el caramelo intacto, la silla vacía frente a la mesa: todo devolvía, sin palabras, lo que yo había entendido tarde.

Afuera, Luanda seguía con su ruido y su polvo. En la pieza quedaba el lugar que él había ocupado: dos pies que no alcanzaban el suelo, una mirada fija, un “¡Ah!” que encontró descanso cuando alguien dejó de buscar cosas y se acercó con ternura.

Me quedé sentado un momento antes de cerrar el escritorio. Todavía sentía en la palma el calor de su mano. El cajón abierto, el caramelo intacto, la silla vacía frente a la mesa: todo devolvía, sin palabras, lo que yo había entendido tarde.

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Seguí explorando la memoria de Angola en Dios en la intemperie.

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