Una moto antes del mediodía
Ese día iba apurado.
En Benguela, cuando una oficina cerraba, no siempre bastaba con volver a la tarde. A veces era al día siguiente. O al otro. O cuando se pudiera. Yo necesitaba llegar antes del mediodía y el calor ya estaba encima, pegado a la camisa, metido en la nuca.
Buscaba una moto.
Levanté la mano varias veces. Algunas pasaban llenas. Otras ni frenaban. En la calle había ruido de mercado: mujeres vendiendo mangos, chicos cruzando entre la gente, motores viejos, olor a fruta madura, gasoil y polvo.
Me quedé un momento parado, con la mochila al hombro, sin saber bien para dónde moverme.
—Señor, mandame a alguien —dije por dentro.
No fue una oración grande. Fue un pedido corto, de esos que salen cuando uno ya no sabe cómo seguir.
Y apareció Elías.
El muchacho que frenó
Venía en una moto gastada, de esas que parecen andar por terquedad. Era alto, flaco, con una gorra torcida y una sonrisa abierta. Frenó cerca de mí y apoyó un pie en el suelo.
—Buenos días, padre. ¿Está buscando transporte?
—Sí —le dije—. Tengo que llegar antes de que cierren.
Miró hacia la calle, calculó algo rápido, como hacen los que conocen los caminos, los pozos y los horarios.
—Suba. Lo llevo.
Me acomodé atrás con la mochila apretada contra el cuerpo. La moto arrancó entre puestos, perros, bicicletas y gente que cruzaba sin mirar demasiado. El aire caliente me daba en la cara. Elías manejaba tranquilo, sin brusquedad, esquivando pozos como si ya los tuviera dibujados en la memoria.
—¿Hace mucho que manejás? —le pregunté, medio a los gritos por el ruido del motor.
—Desde los catorce.
Lo dijo sin orgullo. Como quien dice la edad en que empezó a hacer lo que había que hacer.
—¿Y ahora vivís de esto?
—Es lo que tengo —respondió—. Con esto ayudo en casa.
No agregó más.
A veces, en Angola, la gente contaba su vida en frases cortas. No hacía falta completar todo. El resto se veía: las manos firmes sobre el manubrio, la camisa gastada, la moto cuidada como herramienta de trabajo, el modo de mirar la calle sin distraerse.
“¿Me da su bendición?”
Llegamos a tiempo.
Me bajé acomodándome la ropa y la mochila. Le pagué. Elías tomó el dinero, lo guardó en el bolsillo y se quedó quieto, todavía con una mano sobre el manubrio.
Pensé que iba a decir algo sobre el precio o sobre el regreso.
Pero no.
—Padre —me dijo—, ¿me da su bendición?
Lo dijo serio. Sin escena. Sin levantar la voz.
Me tomó desprevenido. Yo venía pensando en papeles, horarios, trámites. Y él, en medio de la calle, me ponía delante otra cosa.
Le apoyé la mano en el hombro. Era un hombro joven, delgado, fuerte de tanto andar en moto bajo el sol. Recé bajito. Pedí por él, por su casa, por su madre, por los caminos que hacía todos los días, por el trabajo, por los peligros que conocía y por los que ni siquiera nombraba.
Elías cerró los ojos.
Cuando terminé, hizo la señal de la cruz despacio.
—Gracias —dijo.
Yo ya estaba por despedirme, pero él se inclinó un poco hacia mí, como si quisiera decir algo más.
—Ahora le doy la mía.
Y me abrazó.
Fue un abrazo breve. Casi rápido. De esos que no buscan emocionar a nadie. Un abrazo de muchacho trabajador, con olor a calle, gasolina y sol.
Después se acomodó la gorra, subió bien los pies a la moto y arrancó.
El ruido alejándose
Lo vi perderse entre la gente.
La moto hizo unas vueltas para esquivar un carro, pasó junto a una mujer que vendía fruta y después se mezcló con el ruido del mercado. Enseguida ya no pude distinguirlo.
Me quedé unos segundos ahí, con la plata de los papeles en un bolsillo y el hombro todavía marcado por su abrazo.
Había pedido ayuda para llegar a tiempo.
Llegué.
Pero lo que me quedó no fue el trámite. Fue Elías frenando la moto, mirándome serio y pidiendo una bendición. Y después, sin vueltas, regalándome la suya.
No sé qué habrá sido de él. No sé cuántos caminos siguió haciendo por Benguela, ni cuántas veces habrá vuelto a casa al final del día con la moto cansada.
Lo recuerdo así.
Con la gorra torcida.
Una mano en el manubrio.
La señal de la cruz hecha despacio.
Y el ruido de la moto alejándose entre el polvo.