Memoria con rostro

Elías y la bendición de vuelta

Benguela, 8 de octubre de 1999

Aquella mañana salí apurado. El sol ya caía fuerte sobre Benguela y el aire olía a humo y a tierra seca, con la fruta madura de los puestos mezclándose en el camino. Llevaba una mochila pesada y tenía que llegar antes del mediodía a una oficina que cerraba temprano. Las motos que hacían de taxi pasaban ocupadas o…
Imagen de memoria vinculada al relato Elías y la bendición de vuelta
Benguela, 8 de octubre de 1999

Una moto

Aquella mañana salí apurado. El sol ya caía fuerte sobre Benguela y el aire olía a humo y a tierra seca, con la fruta madura de los puestos mezclándose en el camino. Llevaba una mochila pesada y tenía que llegar antes del mediodía a una oficina que cerraba temprano. Las motos que hacían de taxi pasaban ocupadas o seguían de largo, así que fui avanzando hacia la feria mientras levantaba la mano cada vez que veía alguna libre. Ninguna frenaba.

Busqué un poco de sombra entre los puestos. Allí el ruido era todavía más espeso. Un martillo sonaba a lo lejos mientras, cerca de mí, los vendedores discutían precios y un cuchillo golpeaba una y otra vez sobre la mandioca. La gente entraba y salía entre las lonas. Yo seguía mirando hacia la calle, cada vez más pendiente de la hora. En medio de ese movimiento dije en voz baja, casi sin pensarlo:

—Señor, si puedes… mándame a alguien.

No pasó mucho tiempo. Un muchacho alto, con la gorra torcida y una sonrisa franca, se acercó y preguntó si necesitaba ayuda. Le expliqué que buscaba una moto y señaló hacia la calle. Salió corriendo, habló con un conductor que acababa de detenerse un poco más adelante y volvió enseguida.

—Ya está. Él lo lleva.

Elías

El conductor se llamaba Elías. Tenía dieciocho años y manejaba desde los catorce. Subí detrás de él y arrancamos. Al dejar atrás la feria, el ruido de los puestos fue quedando mezclado con el motor y las bocinas. El aire caliente golpeaba de frente y durante los primeros minutos apenas pudimos hablar. Cuando el tránsito aflojó un poco, Elías giró apenas la cabeza para hacerse oír.

—Es lo que tengo para vivir —dijo, refiriéndose a la moto.

La conversación siguió a tirones, entre una bocina y otra. Me contó que su madre vivía en el interior y que conseguir gasolina no siempre era sencillo. Había días en que la moto quedaba parada y, con ella, también el trabajo. Desde chico había aprendido a arreglarla por su cuenta. Cuando se rompía algo, buscaba cómo resolverlo con lo que encontraba y volvía a ponerla en marcha.

No hablaba como quien estaba contando una historia extraordinaria. Era su vida de todos los días. Tenía dieciocho años, llevaba cuatro manejando y conocía el sonido de su moto lo suficiente como para darse cuenta cuándo algo empezaba a fallar. Yo escuchaba desde atrás, atento a sus palabras y al camino que se abría delante de nosotros.

La llegada

Llegamos antes de que cerrara la oficina. Bajé, acomodé la mochila y le pagué. Elías recibió el dinero y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Yo estaba por despedirme cuando me miró con una seriedad que no había tenido durante el viaje.

—¿Me da su bendición?

La pregunta me tomó por sorpresa. Nos quedamos allí, junto a la moto, con la calle todavía moviéndose alrededor. Apoyé una mano sobre su hombro y recé en voz baja. Elías inclinó un poco la cabeza. Cuando terminé hizo la señal de la cruz.

Pensé que nos despediríamos. Él levantó la vista y dijo:

—Ahora le doy la mía.

Antes de que pudiera responder, me abrazó. Fue un abrazo breve. Después se separó, subió otra vez a la moto y encendió el motor. Levantó una mano a modo de saludo y se incorporó al tránsito. Lo seguí con la mirada mientras avanzaba entre las otras motos hasta que ya no pude distinguirlo.

La bendición de vuelta

Entré a hacer el trámite y me senté a esperar. Mientras avanzaba la mañana entre papeles que iban y venían, volvía una y otra vez a aquel muchacho de dieciocho años y a la naturalidad con que había dado vuelta el gesto. Yo había apoyado una mano sobre su hombro y, unos segundos después, él me había abrazado para bendecirme.

Más tarde recordé el viaje con mayor calma. Volvió la voz de Elías hablando de su madre, que vivía lejos, y de esos días en que la falta de gasolina dejaba la moto quieta. También recordé cómo contaba que había aprendido a repararla con lo que encontraba. Nada de eso apareció con énfasis. Él manejaba y hablaba; yo escuchaba mientras Benguela pasaba a los costados.

Esa noche abrí el cuaderno y escribí su nombre: Elías. Debajo anoté la edad. Dieciocho años. Después me quedé un rato con la lapicera en la mano. Podía haber escrito sobre la moto, sobre la feria o sobre la urgencia con la que había salido de casa aquella mañana. Lo primero que volvió, sin embargo, fue su voz junto a la moto: «¿Me da su bendición?». Y enseguida la otra frase: «Ahora le doy la mía».

Cerré el cuaderno. Afuera pasó una moto y el ruido del motor fue alejándose por la calle. Por un momento pensé en Elías siguiendo su jornada, buscando otro pasajero y cruzando otra vez Benguela bajo el mismo sol. No sabía adónde habría ido después de dejarme. La última imagen que tenía de él era la de la moto arrancando mientras levantaba una mano para despedirse. El abrazo había quedado de este lado del camino.

Pensé que nos despediríamos. Él levantó la vista y dijo:

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Seguí explorando la memoria de Angola en El cielo nace en el polvo.

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