Memoria con rostro

Filipe y el silencio de unos ojos

Kalulo, enero de 1988

Era sábado y había campeonato. Desde temprano, la cancha se había llenado de chicos. Venían corriendo desde distintos lados, algunos descalzos, otros con sandalias gastadas, casi todos con la misma ansiedad en la cara. La pelota no rodaba bien, pero eso no importaba. El polvo subía con cada corrida. Había gritos…
Imagen de memoria vinculada al relato Filipe y el silencio de unos ojos
Kalulo, enero de 1988

La caída

Era sábado y había campeonato.

Desde temprano, la cancha se había llenado de chicos. Venían corriendo desde distintos lados, algunos descalzos, otros con sandalias gastadas, casi todos con la misma ansiedad en la cara. La pelota no rodaba bien, pero eso no importaba. El polvo subía con cada corrida. Había gritos, risas, protestas, nombres dichos a los saltos.

Yo iba de un lado a otro.

A veces hacía de árbitro. A veces alcanzaba agua. A veces separaba una discusión antes de que creciera. Tenía un silbato colgado al cuello y unas gasas guardadas por si hacía falta.

Hizo falta.

En una jugada, uno de los chicos cayó de lleno contra la tierra. No fue una caída aparatosa. Se levantó polvo, algunos gritaron, el partido siguió unos segundos más y después se detuvo.

El chico quedó sentado.

Tenía la pierna raspada, con tierra pegada y una línea de sangre bajando despacio.

No lloró.

Solo miraba la herida.

La gasa

Me acerqué con lo que tenía.

Una botella de agua limpia, un poco de algodón, una gasa arrugada. Me puse en cuclillas frente a él.

—¿Duele mucho? —le pregunté.

No respondió.

Apenas parpadeó.

Le tomé la pierna con cuidado. Cuando el agua tocó la herida, el cuerpo se le endureció un poco, pero no apartó la pierna. Tampoco apartó los ojos.

Me miraba.

Fijo.

No era una mirada desafiante. Tampoco asustada. Era una mirada seria, quieta, demasiado grande para un chico sentado en la tierra con la rodilla abierta.

Seguí limpiando despacio.

Primero salió barro.

Después sangre.

Después agua más clara.

Él seguía mirándome.

—¿Cómo te llamás? —le pregunté en voz baja.

—Filipe —dijo.

Y nada más.

Cerca de los suyos

Le até la gasa como pude.

No quedó linda. Quedó firme. En esos momentos alcanza con eso.

—Listo —le dije—. Mañana ya vas a poder jugar otra vez.

Filipe bajó la vista por primera vez.

Se miró la venda. Después apoyó las manos en la tierra, se levantó despacio y se sacudió el pantalón. No volvió al partido. Caminó hasta el borde de la cancha y se quedó ahí, cerca de los suyos.

No pidió nada.

No dijo gracias.

No hacía falta.

Desde donde estaba, seguía mirando el juego. Alguno le habló. Él respondió con la cabeza. La pelota volvió a moverse, los gritos volvieron a llenar el aire y el polvo empezó otra vez.

Yo junté las cosas.

La botella.

El algodón usado.

El pedazo de gasa que había sobrado.

Pero seguía sintiendo sus ojos encima.

En la galería

Cuando terminó el campeonato, volví a la misión con las piernas pesadas.

En la galería estaban Hilario y Marco Aurelio. Hilario había preparado café. Marco contaba algo de sus recorridas por las aldeas, exagerando un poco, como hacía a veces para hacernos reír.

Me senté.

Todavía tenía a Filipe en la cabeza.

—Hoy uno de los chicos me miró fijo mientras le limpiaba una herida —les dije.

Hilario sostuvo la taza entre las manos.

—A veces eso es lo más difícil —dijo—. Que nos miren y encuentren confianza.

Marco sonrió apenas.

—Si te miró así, hermano, es porque algo encontró.

No hablamos mucho más.

Tomamos café.

Afuera todavía se escuchaban algunos chicos jugando, ya con menos fuerza. El día se iba apagando de a poco.

Los ojos

De Filipe me quedó la mirada.

No recuerdo si volvió al día siguiente. No recuerdo si jugó. No recuerdo si la herida cerró rápido o si hubo que curarla otra vez.

Recuerdo sus ojos.

La pierna llena de tierra.

El agua cayendo sobre la raspadura.

La gasa mal atada.

Sus manos apoyadas en el suelo antes de levantarse.

Y esa manera de mirar sin decir nada, como si estuviera esperando saber si podía quedarse tranquilo.

A veces un chico no pregunta.

Mira.

Y uno tiene que responder con las manos.

Y uno tiene que responder con las manos.

Si esta historia te interesó...

Seguí explorando la memoria de Angola en Con los ojos abiertos y el corazón temblando.

Volver a Memoria con rostro Ver todos los textos