Memoria con rostro

Gaspar y la cocina pequeña

Dios en la intemperie · Luanda, 1 de noviembre de 1992

La ciudad era un eco constante de disparos. Cambiaban de lugar y de distancia: por momentos sonaban lejos, apagados por las paredes y por el polvo suspendido en el aire; de pronto parecían rozar la casa, como si la guerra hubiera decidido entrar también en los patios y en los pasillos. En Luanda, esos días, nadie…
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Dios en la intemperie · Luanda, 1 de noviembre de 1992

La ciudad temblaba

La ciudad era un eco constante de disparos. Cambiaban de lugar y de distancia: por momentos sonaban lejos, apagados por las paredes y por el polvo suspendido en el aire; de pronto parecían rozar la casa, como si la guerra hubiera decidido entrar también en los patios y en los pasillos. En Luanda, esos días, nadie terminaba de acostumbrarse al miedo. Se lo reconocía antes de nombrarlo, en el modo de cerrar una ventana, en el golpe seco de un postigo, en la prisa de quien cruzaba la calle sin levantar demasiado la mirada.

Muchos habían decidido irse esa mañana. Cada familia buscaba un rincón donde los tiros llegaran más débiles, una casa más protegida, algún pariente capaz de abrir la puerta. El miedo no razona mucho; empuja. Y cuando empuja, la gente sale con lo que alcanza a poner bajo el brazo y con los chicos tomados de la mano. Lo demás queda atrás, esperando que la noche no lo destruya.

Yo caminaba por la casa con el cuerpo en alerta. En la comunidad permanecíamos despiertos, atentos al portón y al movimiento del patio, procurando que ninguna puerta quedara abandonada si alguien necesitaba entrar. No había heroísmo en eso. Era apenas la manera pobre y concreta de sostener una casa cuando afuera todo parecía quebrarse.

Gaspar

En medio de ese movimiento lo encontré a él. Gaspar se había quedado.

Hablaba poco. La vida parecía haberle enseñado a guardar demasiado; en aquellos días, hasta las palabras se gastaban rápido.

Estaba en un rincón, encogido, casi tratando de desaparecer. No lloraba. Eso fue lo que más me golpeó. No tenía la cara mojada ni el gesto desbordado de un chico asustado. Tenía los ojos secos, cansados, como si la guerra le hubiera dejado sin lágrimas. Cuando un chico llora, uno se acerca y sabe un poco qué hacer. Cuando un chico ya no llora, el cuidado pide más delicadeza. Hay que sentarse cerca, sin invadir, como quien entra despacio en un lugar donde algo puede romperse.

Me acerqué y me senté a su lado. No empecé con preguntas. Compartí el rincón un momento, dejando que mi cuerpo dijera antes que mi voz que no estaba solo. Después le pregunté, casi al oído, si quería entrar y comer algo.

La mesa

Entramos. La casa seguía despierta, aunque todos hablaban bajo. Afuera continuaban los disparos, a ratos cercanos y luego más distantes, como una respiración enferma de la ciudad. Adentro tratábamos de conservar un pequeño orden. La mesa de la cocina, una silla corrida, un plato servido y un vaso acercado podían volverse, en una mañana así, una forma de refugio. Un poco de comida devolvía por un rato la sensación de estar vivo.

Le preparé a Gaspar arroz, un trozo de pan y agua. Al dejar el plato delante de él, sentí que no estaba poniendo solo alimento sobre la mesa. Era también una manera de decirle que allí podía respirar, que no tenía que correr, que nadie lo iba a empujar de nuevo hacia la calle.

Gaspar comió despacio, casi sin levantar la mirada. No lo hizo con ansiedad, como otros chicos que apuran cada bocado por miedo a que el plato desaparezca. Comía más por necesidad que por hambre, mientras el alma seguía todavía en otra parte. Sostenía el pan con cuidado, bebía un sorbo y volvía al arroz. Yo permanecía cerca, sin saber bien qué decir. En el pasillo se escuchaban pasos de los hermanos; alguien cerraba una puerta, alguien preguntaba en voz baja si todo estaba bien. La comunidad entera sostenía aquel respiro, cada uno desde su lugar.

La pregunta

Entonces Gaspar levantó apenas la cabeza y preguntó, con la boca todavía medio llena:

—¿Todo esto va a pasar?

No era una pregunta hecha para recibir una explicación. Era una pregunta de chico, y por eso mismo dolía más. No buscaba un análisis de la guerra ni una frase piadosa para salir del paso. Necesitaba que alguien le dijera que sí, que esa mañana de tiros, puertas cerradas y huidas no iba a durar para siempre. Yo también quería poder decírselo. Quería tener una palabra firme, limpia, capaz de apoyarse sobre la mesa como otro pedazo de pan.

Pero no podía prometer lo que no sabía. Hay momentos en que la ternura no consiste en inventar seguridad, sino en quedarse sin mentir. Lo miré despacio, con el peso de su pregunta encima, y respondí lo único verdadero que tenía:

—No sé cuándo, Gaspar… pero lo vamos a atravesar juntos.

No fue una frase para tranquilizarlo de cualquier modo. Fue una promesa pequeña. No sabía cuándo callarían los tiros ni cuántas familias seguirían buscando dónde esconderse. Pero podía sentarme a su lado, ponerle un plato delante, no cerrar la puerta demasiado rápido y acompañar ese miedo sin disfrazarlo de respuesta.

Dormirse un poco

Gaspar no contestó. Bajó otra vez la mirada y siguió comiendo. El silencio que quedó después de su pregunta no pesaba como incomodidad; pesaba como cansancio. Era parecido al silencio de la ciudad cuando por un instante dejan de oírse los disparos y nadie sabe si respirar tranquilo o esperar el próximo ruido.

Terminó el arroz, dejó el pan a un costado, tomó un poco más de agua y apoyó la cabeza sobre la mesa. Se durmió así, en la cocina pequeña, con el cuerpo vencido por el miedo. No fue un sueño profundo ni largo, pero algo en su rostro se aflojó. El calor del plato, la casa abierta, la voz que no prometía más de lo que podía cumplir: algo de todo eso debió darle un poco de suelo. Durante unos minutos ya no tuvo que sostener solo lo que llevaba dentro.

Yo me quedé cerca, sin tocarlo. Afuera la ciudad seguía rota. Los disparos no se detuvieron porque Gaspar estuviera dormido, ni la guerra perdió fuerza porque en una cocina hubiera un chico apoyado sobre una mesa. Pero en ese rincón el miedo no tuvo la última palabra. Lo servido sobre la mesa y una presencia quieta alcanzaron para abrir un respiro. En medio de la intemperie, eso era poco. Y era mucho.

Atravesar juntos

De Gaspar me quedó esa escena: su cuerpo encogido en un rincón cuando muchos se habían ido, sus ojos secos, la forma lenta de comer y la pregunta que no encontraba dónde apoyarse:

—¿Todo esto va a pasar?

También me quedó la pobreza de mi respuesta. No pobre por falsa, sino por pequeña. Hubiera querido decirle cuándo habría paz, asegurarle que al día siguiente la ciudad iba a despertar distinta, explicar de algún modo por qué los adultos rompemos el mundo y después dejamos que los chicos aprendan a dormir entre sus ruidos. Pero esa mañana solo tenía una verdad posible: lo íbamos a atravesar juntos.

Con los años, vuelvo muchas veces a esa cocina. Vuelvo al plato sencillo, al vaso de agua, al chico que se durmió un poco más liviano mientras Luanda seguía temblando. La presencia no siempre resuelve, pero sostiene. No cambia la noche, pero deja una lámpara encendida. No responde todas las preguntas, pero permite que alguien deje de hacerlas solo.

Gaspar se había quedado. Aquella mañana aprendí que quedarse junto al que se queda también puede ser una forma concreta de amar.

Gaspar se había quedado. Aquella mañana aprendí que quedarse junto al que se queda también puede ser una forma concreta de amar.

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