Memoria con rostro

Jimba y las botas de camino

Kalulo, 1987-1988

A Jimba casi siempre se lo escuchaba antes de verlo. Venía con la risa adelante. Una risa abierta, rápida, de esas que arrastran a otros aunque nadie sepa bien por qué empezó. Después aparecía él: flaco, inquieto, con esa manera de entrar al patio como si ya estuviera pasando algo importante. Tenía quince años.
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Kalulo, 1987-1988

La risa

A Jimba casi siempre se lo escuchaba antes de verlo.

Venía con la risa adelante. Una risa abierta, rápida, de esas que arrastran a otros aunque nadie sepa bien por qué empezó. Después aparecía él: flaco, inquieto, con esa manera de entrar al patio como si ya estuviera pasando algo importante.

Tenía quince años.

Pero no parecía quedarse quieto en ninguna edad.

A veces corría detrás de la pelota, gritando goles antes de que la jugada terminara. A veces inventaba un canto y los demás lo seguían. A veces se metía entre los más chicos para empujarlos a cantar, a jugar, a moverse un poco más.

No era un chico ordenado.

Era otra cosa.

Traía vida.

Y en Kalulo eso se notaba enseguida.

El afiche

Una tarde se había caído el afiche de la capilla.

Estaba en el suelo, doblado, con una punta embarrada y algunas letras corridas por la humedad. Lo habíamos hecho con los chicos. No era perfecto. Tenía dibujos torcidos, flores raras, estrellas desparejas, letras repasadas varias veces. Pero era nuestro.

Nos sentamos en el piso para arreglarlo.

Carlos David repasaba las letras con cuidado, serio, como si no quisiera que se perdiera ninguna. Jimba, en cambio, peleaba con la tijera. Se le escapaba el papel, le quedaban los recortes torcidos, se le pegaban los dedos con la cola.

—Así no va, Jimba —le dijo uno.

—Va igual —respondió—. Si se pega, va.

Y siguió.

Se reía de sus propios errores. Después se concentraba un rato, fruncía la cara, cortaba otra vez, y el papel volvía a salir mal. Pero no se iba. Se quedaba ahí, con las rodillas llenas de tierra y las manos pegajosas.

Cuando colgamos el afiche de nuevo, quedó un poco torcido.

Jimba lo miró desde lejos, con las manos en la cintura.

No dijo nada.

Pero sonrió como si aquello hubiera quedado bien.

Y tal vez había quedado bien.

Dom Bosco é campeão

En enero empezó el campeonato.

Los chicos eligieron los nombres de los equipos. Uno dijo Dom Bosco. Otro gritó Domingos Savio. Alguien aplaudió. Otro protestó. Enseguida se armó el barullo.

Jimba no esperó demasiado.

Se puso a cantar:

—Dom Bosco é campeão!

Primero solo.

Después con dos más.

Después con todos.

Lo cantaban entre risas, con los pies llenos de barro y las camisetas pegadas al cuerpo. La pelota no estaba del todo inflada. Los arcos eran ramas. El silbato casi no sonaba. Pero Jimba cantaba como si la cancha fuera enorme.

Corría, protestaba, festejaba goles dudosos. Si el partido se apagaba, él lo volvía a encender.

Había días en que el patio quedaba vacío por miedo a las rusgas. Días en que la pelota esperaba sola. Por eso, cuando Jimba aparecía, su risa parecía abrir de nuevo el lugar.

No arreglaba nada.

Pero hacía volver el ruido bueno.

El de los chicos cuando pueden jugar.

La casa

La despedida vino de a poco.

Uno cree que se despide al final, pero no. El final empieza antes. En una mirada más larga. En una conversación que se corta. En un chico que se queda cerca sin decir mucho.

Jimba me invitó a su casa.

Fui sabiendo que para él no era cualquier cosa. Caminaba distinto ese día. Menos atropellado. Más atento. Como si quisiera que todo saliera bien y no supiera cómo mostrarlo.

La casa era sencilla.

Me ofrecieron comida.

Comí solo. Al principio me dolió un poco. Después entendí. Su madre no se sentó con nosotros. Era la costumbre. Las mujeres no compartían la mesa con los hombres. No era distancia. Era su modo de recibir dentro de lo que conocían.

Jimba hablaba de a ratos.

De los chicos.

Del oratorio.

De algún partido.

De nada demasiado importante.

Pero esa tarde su risa salía más baja.

Yo también hablaba poco.

Hay mesas donde uno entiende que no hace falta llenar el silencio.

Las botas

Antes de irme, le dejé mis botas.

Eran las botas de ese año. Habían pisado caminos de tierra, piedras, barro, senderos hacia las aldeas, vueltas cansadas a la misión. No estaban nuevas. Tenían marcas. Polvo metido en las costuras. La suela gastada.

Jimba las miró.

Después me miró a mí.

Por una vez no dijo nada enseguida.

Las tomó con las dos manos. Las sostuvo un momento, como si no supiera si reírse, agradecer o ponerse serio.

—Son para vos —le dije.

Bajó la cabeza.

—Obrigado, irmão.

Nada más.

No sé si le quedaban bien. No sé si las usó mucho. No sé cuánto duraron.

Lo que recuerdo es ese instante.

Jimba, quieto.

Las botas en las manos.

La risa guardada por un momento.

Después seguramente volvió a ser el de siempre. El que gritaba un gol, el que inventaba un canto, el que hacía salir a los demás detrás suyo.

Pero a mí me quedó así también: callado, en la puerta de su casa, sosteniendo unas botas gastadas.

Como si por un rato hubiera entendido todo sin decirlo.

Como si por un rato hubiera entendido todo sin decirlo.

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