La capilla del barrio
La capilla quedaba lejos, en una zona donde el camino se volvía polvo.
Las paredes eran de barro. El techo, de chapa. Los bancos crujían cuando la gente se acomodaba. Sobre el altar había unas flores puestas en latas y algunas velas gastadas, casi consumidas.
No había mucho.
Pero la capilla estaba viva.
Los chicos entraban corriendo, algunos descalzos, otros con sandalias grandes. Las madres los acomodaban como podían. Una le limpiaba la cara a su hijo con la punta del vestido. Otra le hablaba al oído a una nena para que se quedara quieta. Los catequistas iban y venían con un cuaderno, una vela, una lectura, una indicación dicha en voz baja.
Yo todavía venía con el duelo cerca.
Mi padre había partido hacía poco, y en esos días todo me tocaba de otra manera. Los cantos, los abrazos, las manos que se acercaban al saludar, las preguntas simples. A veces estaba allí, en medio de la gente, pero por dentro seguía junto a mi familia, junto a mamá, junto a esa ausencia nueva que todavía no sabía nombrar bien.
Empezamos la misa.
Las mujeres cantaban con fuerza. Los tambores marcaban el ritmo. Los chicos se movían entre los bancos. Todo era pobre, sencillo, lleno de vida.
En un momento, antes de la bendición final, les hablé de mi papá.
Dije poco. No podía decir mucho. Les conté que había muerto hacía poco, que yo venía de despedirlo, que lo sentía cerca en los gestos buenos, en la fe sencilla de la gente, en cada persona que seguía amando sin hacer ruido.
La capilla quedó quieta.
No fue un silencio triste. Fue más bien un silencio de cuidado.
La madre
Al terminar, muchos se acercaron a saludar.
Algunos me dieron la mano. Otros me abrazaron. Una mujer mayor me tocó el brazo y no dijo nada. Solo me miró, y siguió su camino.
Después vino una mujer con vestido celeste. Me tomó la mano entre las suyas, fuerte, como si quisiera dejarme algo allí.
—Gracias por “papi”, padre —me dijo.
La miré sin entender del todo.
Ella siguió:
—Gracias por lo que nos dejó. Por cómo vivió en usted.
Recién entonces la reconocí. Era la madre de Joana, una de las chicas del comedor.
No había conocido a mi padre. Seguramente sabía muy poco de él. Pero lo nombraba con una cercanía que me desarmó. Como si, de algún modo, también hubiera entrado en esa capilla, entre cantos, niños y polvo.
—Mi hija dice que cuando uno ama, no muere —agregó—. Solo cambia de casa.
No respondí enseguida.
Ella me apretó otra vez la mano y se apartó.
La vela
Joana apareció un rato después.
Venía despacio, un poco seria, sosteniendo algo entre las dos manos. Era una vela pequeña, envuelta en un papel de colores. El papel estaba arrugado, como si lo hubiera guardado en un bolsillo o dentro de un cuaderno.
Se paró delante de mí.
—Es para usted, padre.
Me la dio con las dos manos.
—¿Para mí?
Asintió.
—Para que lo recuerde con luz.
Hizo una pausa breve.
—Para el cielo de “papi”.
No dijo más.
Tampoco hacía falta.
Tomé la vela despacio. Era liviana, casi nada. Pero en ese momento pesó mucho. No por tristeza. Pesó por el modo en que Joana la entregaba: seria, sencilla, sin buscar ninguna palabra grande.
—Gracias, Joana —alcancé a decirle.
Ella sonrió apenas. Después bajó la mirada, como si le diera un poco de vergüenza. Volvió junto a su madre, que la recibió pasándole una mano por el hombro.
Quedaron un momento al costado de la capilla.
La madre con su vestido celeste.
Joana pegada a ella.
La vela ya en mis manos.
Luz guardada
Volví a casa con la vela sobre las rodillas.
No la encendí esa noche. La dejé sobre el estante, al lado del cuaderno. Durante varios días estuvo allí, todavía envuelta en su papel de colores.
Cada vez que la veía, volvía la voz de Joana:
—Para el cielo de “papi”.
No sé si ella supo cuánto me ayudó. Tal vez para ella fue solo eso: llevar una vela, decir unas palabras y volver junto a su madre.
Pero a veces los chicos hacen así. Entregan algo pequeño y después se van, sin imaginar lo que dejaron.
De aquella tarde no me quedó primero la homilía.
Me quedó Joana acercándose despacio.
La vela entre las manos.
El papel de colores.
Y esa frase dicha bajito, como quien deja una luz y se retira.