En la vereda
A Justo lo encontré una tarde, casi sin buscarlo.
Yo iba en bicicleta. Había salido para ver unas obras y para mover un poco el cuerpo después de varias horas encerrado. El sol ya no pegaba tan fuerte, pero el polvo seguía ahí, suspendido en el aire, pegado a las piernas, a los zapatos, a las paredes bajas del barrio.
Lo vi venir por la vereda.
Caminaba despacio, con las manos sueltas y el paso firme. Era catequista de la parroquia. No era de hablar mucho. En las reuniones escuchaba primero, asentía con la cabeza, decía lo suyo sin levantar la voz y después volvía a quedarse quieto. Tenía las manos gastadas, de trabajo. Manos de cargar, de construir, de saludar fuerte.
Frené la bicicleta.
—Buenas tardes, Justo. ¿Todo bien?
Me miró y sonrió con los ojos.
—Voy andando, padre. Despacio, pero voy.
Me bajé. Seguimos caminando juntos. Yo llevaba la bicicleta de la mano. Él iba a mi lado, sin apuro.
Hablamos de lo de siempre: la catequesis, los jóvenes, los ladrillos que faltaban, el techo que todavía no llegaba. Cosas simples. Cosas de parroquia y de barrio. Él contestaba con frases cortas, mirando a veces el camino, a veces alguna casa donde lo saludaban desde lejos.
—Ese muchacho viene poco ahora —me dijo, señalando una puerta—. Pero va a volver. Hay que tener paciencia.
Lo dijo como si hablara de una planta. Sin ansiedad. Como quien sabe esperar.
La pregunta
No sé por qué le pregunté.
Tal vez porque veníamos hablando tranquilos. Tal vez porque uno, cuando camina con alguien, hace preguntas comunes sin imaginar que pueden abrir una herida.
—¿Cuántos hijos tenés, Justo?
Él bajó apenas la cabeza.
No se detuvo de golpe. Siguió caminando dos o tres pasos más. Yo sentí que había tocado algo delicado.
—Ahora, dos —dijo.
Después hubo silencio.
Pasó una mujer con un balde en la cabeza. Un chico empujaba una rueda con un palo y levantaba polvo. Desde alguna casa sonaba una radio vieja, con la música entrando y saliendo.
Justo siguió mirando el suelo.
—Eran seis.
No dijo nada más por un momento.
Yo tenía una mano en el manubrio de la bicicleta. La otra me quedó suelta, sin saber qué hacer.
Él levantó la vista, tranquilo, y completó:
—Cuatro ya se fueron.
Lo dijo así. Sin adornar. Sin pedir consuelo. Sin hacer de su dolor una escena.
Yo apenas pude decir:
—Lo siento mucho, Justo.
Él asintió.
—Sí.
Nada más.
Caminar con eso
Seguimos un trecho en silencio.
El barrio seguía moviéndose alrededor nuestro. Una gallina cruzó la calle. Dos chicos se pelearon por una pelota. Alguien martillaba una chapa. La vida no se detenía por nuestra conversación.
Justo tampoco se detuvo.
Caminaba con una serenidad que no era liviana. Se notaba que no hablaba desde una paz fácil. Había llorado lo suyo, seguramente. Lo llevaba en el cuerpo, en esa manera de bajar la cabeza antes de responder, en el modo de decir “ahora, dos” sin agregar nada más.
Después dijo, casi mirando hacia adelante:
—Uno aprende a rezar con el corazón herido.
No fue una frase preparada. No la dijo como enseñanza. Le salió así, en medio de la calle, mientras pasábamos junto a una pared de barro y una puerta abierta.
Yo no respondí.
A veces conviene no tocar demasiado algunas palabras. Dejarlas donde cayeron.
La palmada
Llegamos a una esquina.
Yo tenía que seguir hacia otro lado. Él también. Me subí de nuevo a la bicicleta, pero antes de arrancar Justo me puso una mano en el hombro. Una palmada corta. Firme.
—Coraje —me dijo.
Después sonrió apenas.
—Precisamos continuar. Uno precisa continuar.
Y siguió caminando.
Lo vi alejarse por la vereda. No caminaba rápido. Iba a su paso, con el polvo levantándose alrededor de los zapatos, saludando a alguien con la mano, perdiéndose de a poco entre las casas.
A Justo lo recuerdo así.
No en una reunión importante. No dando una charla. No explicando nada.
Lo recuerdo en esa calle de Benguela, caminando a mi lado mientras yo llevaba la bicicleta de la mano. Lo recuerdo bajando la cabeza antes de responder. Lo recuerdo diciendo “eran seis” y después siguiendo camino.
Y me queda, sobre todo, esa palmada breve en el hombro.
—Uno precisa continuar.