La capilla de ramas
La Pedreira tenía una dureza que se sentía al bajar.
Tierra seca. Piedras. Polvo fino metiéndose en las sandalias. Casas bajas, techos pobres, chicos mirando desde lejos antes de acercarse. Algunas mujeres venían con baldes de agua. Otras seguían junto al fuego, sin dejar de mirar lo que pasaba.
En medio de todo estaba la capilla.
No era de barro. Era de ramas. Ramas clavadas, cruzadas, atadas como se podía. Un techo pobre, abierto al viento. Desde afuera parecía frágil, casi provisoria. Pero la gente entraba igual. Cantaba igual. Rezaba igual.
Cuando llegábamos, los primeros eran siempre los chicos. Venían corriendo, se empujaban, se reían, miraban la camioneta, tocaban alguna puerta, salían disparados. Después aparecían los catequistas, las madres, algún joven con tambor, una mujer con un bebé dormido en la espalda.
Y un poco más atrás, casi siempre, estaba ella.
No recuerdo su nombre.
La recuerdo como la anciana de la Pedreira.
La silla baja
Llevaba un pañuelo en la cabeza, bien ajustado. La piel marcada por el sol. Las manos finas, oscuras, con los dedos algo torcidos. Caminaba despacio, apoyándose en un palo corto. No parecía apurada por nada. Miraba todo.
Miraba quién llegaba.
Quién faltaba.
Qué chico se quedaba afuera.
Qué mujer necesitaba sentarse.
Un día, al verme llegar, se levantó de una silla baja que estaba junto a la entrada de la capilla. Era una silla de madera gastada, vencida de un lado.
—Siéntese, padre —me dijo.
—No, mamá, quédese usted.
Me hizo un gesto con la mano, cortito, como cerrando la discusión.
—Usted viene de lejos.
Y se quedó de pie.
Me senté un momento, más por obedecerle que por cansancio. Ella apoyó las dos manos sobre el palo y miró hacia la capilla de ramas, tranquila. Como si ahora sí, con la silla ocupada, la visita hubiera empezado bien.
No era una silla cómoda.
Era lo que tenía para recibir.
Aquí esperamos
La celebración empezó tarde.
Había que esperar a los que venían caminando desde más lejos. Había que acomodar a los chicos, buscar una vela, encontrar el cuaderno de cantos, correr unas piedras de la entrada. Nadie se impacientaba demasiado. Allí el tiempo tenía otro paso.
La anciana seguía cerca de la puerta.
Cada tanto llamaba a un chico con un gesto. O le decía algo bajito a una mujer más joven. O señalaba un lugar libre para que alguien se sentara. No organizaba todo. Pero estaba atenta a todo.
Cuando empezó el canto, no cantó fuerte. Movía apenas los labios. Las manos seguían apoyadas en el palo. Los ojos, en cambio, estaban bien despiertos.
Después de la celebración la gente se quedó afuera. En la Pedreira nadie se iba rápido. Las visitas no eran tantas como para apurarlas. Alguien alcanzó agua. Los chicos se acercaron a pedir una bendición. Una mujer ofreció una calabaza con algo para beber.
La anciana volvió a su silla.
Esta vez sí se sentó.
Me acerqué.
—¿Está cansada, mamá?
Sonrió apenas.
—Cansada, sí. Pero todavía estoy.
Lo dijo sin queja. Como quien dice una cosa cierta.
Después miró la capilla.
—Aquí esperamos.
Nada más.
La mano sobre la madera
Antes de irnos, se levantó otra vez.
Se acomodó el pañuelo con las dos manos. Después pasó la palma sobre la silla, quitándole el polvo, aunque ya nadie iba a sentarse. Fue un gesto mínimo, de esos que casi se pierden si uno no mira.
Como dejar preparado el lugar.
—Va a volver —me dijo.
No sonó a pregunta.
—Sí, voy a volver.
Ella asintió.
—Entonces está bien.
Después levantó apenas la mano y se fue caminando hacia las casas. El palo marcaba el paso sobre la tierra. Un golpe suave. Otro. Una pausa. Otro golpe.
La capilla de ramas quedó detrás, con la luz de la tarde entrando por todos lados.