Memoria con rostro

Pelé y el hueco en la ronda

La calle y el pan · Luanda, 1 de junio de 1995

Era el Día del Niño. En otros lugares, esa fecha podía traer globos, tortas, canciones preparadas con anticipación. En Luanda también se intentaba celebrar, aunque la fiesta tuviera otro peso. El sol caía fuerte sobre el campamento donde vivían muchos chicos de la calle. Había carpas improvisadas, ropa colgada de…
Imagen de memoria vinculada al relato Pelé y el hueco en la ronda
La calle y el pan · Luanda, 1 de junio de 1995

La fiesta

Era el Día del Niño. En otros lugares, esa fecha podía traer globos, tortas, canciones preparadas con anticipación. En Luanda también se intentaba celebrar, aunque la fiesta tuviera otro peso. El sol caía fuerte sobre el campamento donde vivían muchos chicos de la calle. Había carpas improvisadas, ropa colgada de sogas, una olla grande humeando sobre el fuego, polvo pegado a los pies y a las camisetas. Nada estaba demasiado ordenado: algunos discutían por un lugar en la sombra, otros iban y venían sin saber bien dónde ponerse, alguno se quedaba mirando la olla como si quisiera adivinar cuánto alcanzaría. Y, aun así, ese día habían decidido hacer una maratón.

Eran más de trescientos. Nadie se los había pedido. Nadie había llegado con un programa armado ni con medallas listas. Corrieron como pudieron: unos con zapatillas rotas, otros descalzos, varios con camisetas que no combinaban con nada. Una del Benfica, otra con dibujos desteñidos, otra tan grande que parecía de dormir. Se empujaban un poco, se burlaban, se caían y volvían a salir. Había risas, pero también cansancio; había alegría, pero de esa que no borra el hambre. Por un rato, alcanzaba con correr hasta donde habían dicho que terminaba la carrera.

Yo los miraba desde un costado, junto al hermano Máximo. Él conocía ese campamento de noche y de día. Sabía dónde solían dormir algunos, quién andaba con fiebre, quién se peleaba demasiado, quién se escondía cuando veía venir a un adulto. No caminaba entre ellos como quien trae soluciones grandes. Saludaba, preguntaba algo, se detenía junto a uno, después junto a otro. Tenía los ojos atentos y el cuerpo cansado de muchas noches.

—Mira lo que son —me dijo, sin apartar los ojos de la carrera—. No tienen nada, pero arman una fiesta con lo que hay.

Lo dijo con ternura y preocupación mezcladas. Aquello era fiesta, sí, pero no una fiesta limpia ni tranquila. Era una fiesta con polvo, gritos, empujones, una olla que no alcanzaba para todos y chicos que, aun así, se habían regalado un día distinto.

Pelé

Después vino el reparto de comida y de camisetas donadas. Allí el orden se quebró enseguida. Cuando hay más hambre que pan y más necesidad que manos, cualquier fila dura poco. Algunos se adelantaron. Otros protestaban. Uno lloraba porque decía que siempre lo dejaban para el final. Máximo trató de calmar como pudo, hablando bajo, poniendo una mano en el hombro de uno, apartando a otro sin brusquedad. Más tarde se fue a descansar un momento. No alcanzó a hacerlo mucho tiempo. Alguien llegó corriendo y lo sacudió con urgencia.

—¡Hermano, rápido! ¡Se quieren llevar a Pelé!

Máximo se levantó de golpe. Fuimos hacia donde se juntaba la gente. Había gritos, cuerpos apretados, manos que señalaban. Algunos chicos estaban furiosos; otros miraban asustados, sin entender del todo. En el centro estaba Pelé, chiquito, quieto, casi escondido entre las piernas de los mayores. Tendría unos seis años. Era frágil, con una mirada que a veces parecía quedarse lejos, como si el ruido del mundo tardara en llegarle.

Algunos le decían “teledirigido”, porque caminaba hacia donde le orientaban el rostro. El apodo era duro, de esos que nacen en la calle mezclando burla, torpeza y tristeza. Máximo no lo había soportado mucho tiempo.

—Nada de “teledirigido” —le había dicho una tarde—. Desde hoy sos Pelé, porque, aunque chiquito, vales mucho.

Y así quedó. Pelé. Desde entonces los chicos lo llamaban de ese modo. No siempre lo cuidaban bien. A veces se olvidaban de darle comida, a veces alguno se impacientaba, a veces lo movían con brusquedad, como habían aprendido a moverse ellos mismos para que la calle no los pasara por encima. Pero también había otros momentos: uno le lavaba la cara, otro le alcanzaba un plato, otro le ponía encima una manta raída cuando bajaba la noche. Alguno lo hacía reír acercándole una pelota a los ojos. No era una familia ordenada. Era un grupo de chicos tratando de cuidar a otro chico con lo poco que tenían a mano.

Nuestro hijo

En medio del griterío había un hombre policía y una mujer. Ella lloraba con las manos cerca del pecho. Él intentaba hablar, pero las voces lo tapaban. Los chicos gritaban que se lo querían llevar. Se apretaban alrededor de Pelé como una pared despareja, hecha de miedo, rabia y cariño. No todos entendían lo mismo. Algunos defendían al niño; otros defendían, quizá, el único lugar donde ellos también se sentían un poco necesarios.

Entonces el hombre alcanzó a decir:

—¡Es nuestro hijo!

El ruido bajó de golpe. Pelé siguió quieto, con los brazos bajos. La mujer repetía entre lágrimas: “mi hijo, mi hijo”. El hombre contó que hacía un año se lo habían llevado, que lo habían buscado por todas partes, que nunca habían dejado de buscarlo. No hablaba de corrido. Le salían frases cortadas, nombres de lugares, recuerdos mezclados. Traía encima un año de preguntas sin respuesta y ahora tenía a su hijo delante, rodeado por otros niños que tampoco querían perderlo.

Los chicos escuchaban sin moverse. Algunos bajaron la vista. Otros seguían tensos, como si todavía no pudieran creer. Para muchos, la palabra familia venía con heridas, ausencias o promesas rotas. Que alguien hubiera seguido buscando a Pelé durante tanto tiempo era una alegría difícil de aceptar de golpe. Ellos lo habían tenido allí, pequeño, torpe, necesitado de manos. Ahora aparecían un padre y una madre diciendo que no lo habían abandonado.

Los que lo cuidaron

Desde lo alto de un contenedor oxidado, un chico flaco, con los pies llenos de polvo, gritó con una voz que se le rompía:

—¡Si se llevan a Pelé, vamos a morir de tristeza!

Nadie se rió. La frase era enorme, como suelen ser algunas frases cuando la pena no encuentra otro tamaño. Algunos chicos empezaron a llorar. Otros se enojaron más, quizá porque llorar delante de todos les daba vergüenza.

El padre de Pelé respondió despacio, todavía con lágrimas:

—Ojalá todos ustedes lloren el día que puedan volver a sus casas… con sus papás, con sus familias.

Hubo un movimiento raro en el grupo. Algunas manos sonaron, otras tardaron, otras no se movieron. Nadie sabía muy bien qué hacer con esa mezcla de alegría y pérdida. Pelé seguía en el centro, pequeño, mirando hacia un lado, como si todo aquello sucediera demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.

Máximo, conmovido, hizo algo importante. No dejó que la calle quedara borrada por la alegría del reencuentro. Le presentó al padre los “padres” que Pelé había tenido en el campamento. Señaló a uno y dijo que ese lo bañaba. A otro, que le daba de comer. A otro, que lo tapaba cuando tenía frío. A otro, que lo hacía reír. Los chicos no sabían dónde poner las manos. Uno se encogía de hombros. Otro miraba al piso. Otro sonreía apenas, con pudor, como si no estuviera acostumbrado a quedar nombrado por algo bueno.

—Pensamos que su familia lo había abandonado… por estar enfermito —dijo Máximo, con voz suave.

El hombre levantó la cabeza enseguida.

—¡No! ¡Es mi hijo! ¡Nunca lo abandonamos!

El abrazo

Después se arrodilló delante de Pelé y lo abrazó. El niño quedó quieto al principio. Tenía los brazos bajos, la mirada perdida en algún punto del campamento. La mujer se acercó también, llorando. Nadie apuró la escena. Hasta los chicos más inquietos guardaron silencio, aunque alguno se limpiaba la cara con rabia, como si quisiera esconder las lágrimas antes de que otro las viera.

De a poco, Pelé apoyó la cabeza en el hombro de su padre. Fue un movimiento pequeño. No arregló el año perdido ni borró las noches del campamento. Pero allí, en medio del polvo, todos respiramos distinto. El viento movía las lonas, la olla seguía humeando, una camiseta mojada golpeaba contra una soga. Pelé permaneció con la cabeza apoyada, quieto, como si el cuerpo hubiera reconocido antes que las palabras.

Máximo respiró hondo. Miró a Pelé, a sus padres, a los chicos del campamento. Tenía los ojos húmedos. En voz baja, casi para sí, dijo:

—Hoy ganamos todos.

No estoy seguro de que todos lo sintieran así en ese instante. Algunos chicos seguían llorando. Otros parecían enojados. Tal vez alguno pensaba que el mundo volvía a quitarles algo. La calle no les había enseñado a soltar sin defenderse. Sin embargo, habían cuidado a Pelé hasta ese momento: mal a veces, torpemente muchas, con cariño cuando podían. Y ahora lo veían volver a unos brazos que lo habían buscado durante un año.

El hueco

La maratón quedó lejos. También las camisetas, el reparto, los empujones, los gritos. El campamento permaneció detenido alrededor de Pelé y de sus padres. Nadie sabía muy bien cómo despedirse. Algunos se acercaban un poco y después retrocedían. Uno de los chicos que lo cuidaba se quedó con las manos colgando, sin encontrar qué hacer con ellas. Hasta hacía un rato tenía una tarea. Ahora Pelé se iba.

Más tarde, cuando el polvo empezó a asentarse, Máximo me habló sin mirarme del todo.

—A veces uno se pregunta si vale la pena. Y después pasa esto… y entiendes que el amor siempre vuelve.

No respondí enseguida. Miré las carpas, la ropa colgada, los chicos que volvían lentamente a lo suyo. Algunos seguían hablando del padre policía y de la mujer que lloraba. Otros se sentaron cerca de la olla. Un par volvió a discutir por una camiseta. La vida del campamento no se volvió más limpia por aquella escena. Siguió siendo dura, mezclada, cansada. Pero algo de Pelé había quedado allí, en el modo en que varios lo miraban irse, en el silencio de los que no supieron acercarse, en las manos vacías de aquel chico que hasta hacía un rato tenía que taparlo cuando hacía frío.

Esa noche, al escribir, volvió primero Pelé, quieto en medio de todos. Volvió su cabeza apoyándose despacio en el hombro de su padre. Volvieron también esos chicos que, con torpeza y con cariño, lo habían bañado, alimentado, tapado, hecho reír. No los recordé mejores de lo que eran. Los recordé como estaban: flacos, sucios, hambrientos, a veces bruscos, a veces capaces de una delicadeza que aparecía sin aviso y desaparecía enseguida.

Pelé volvió a casa. El campamento quedó con un hueco pequeño, de esos que deja alguien cuando ya formaba parte de la ronda diaria. Quizá al día siguiente alguno volvió a pelear por comida, otro durmió mal, otro se hizo el fuerte para no llorar. Pero aquella tarde siguió allí: el contenedor oxidado, el grito roto, el padre arrodillado, Máximo nombrando a quienes lo habían cuidado. Y Pelé, por fin, con la cabeza apoyada donde alguien lo había buscado durante un año.

—A veces uno se pregunta si vale la pena. Y después pasa esto… y entiendes que el amor siempre vuelve.

Si esta historia te interesó...

Seguí explorando la memoria de Angola en La calle y el pan.

Volver a Memoria con rostro Ver todos los textos