La visita
Salimos temprano.
El camino era de tierra roja, con pozos hondos y huellas viejas de camiones. Íbamos despacio, agarrándonos de los bordes de la camioneta cuando el vehículo se inclinaba demasiado. Nadie decía mucho. A esa hora el sol todavía no quemaba, pero ya se sentía el día encima.
La aldea apareció después de una curva.
Unas casas bajas. Humo saliendo de los fuegos. Mujeres inclinadas sobre ollas. Chicos descalzos que primero miraban desde lejos y después se acercaban de a poco, entre risas y empujones.
Habíamos ido pensando que habría misa. Pero apenas bajamos, el catequista se acercó con una sonrisa tranquila.
—Padre, ellos pensaban que venía el domingo pasado.
Nos miramos.
—¿Y ahora? —pregunté.
Él levantó apenas los hombros.
—Ahora nos quedamos.
Y nos quedamos.
Bajo el mango
Nos sentamos bajo un mango grande, donde la tierra estaba un poco más fresca. Alguien trajo agua de maíz en una calabaza. Los chicos se acercaban, tocaban la camioneta, miraban mis manos, se iban corriendo y volvían otra vez.
Una mujer removía una olla sin dejar de escuchar. Otra lavaba ropa en una palangana. De vez en cuando levantaba la cabeza y sonreía. No hubo altar, ni bancos, ni campana. Hubo sombra, saludos, nombres dichos despacio.
Uno de los jóvenes sacó una guitarra. Tocó unos acordes inseguros. Las madres empezaron a palmear. El canto salió torcido al principio, después fue encontrando su ritmo. Los chicos se rieron cuando hubo que empezar de nuevo.
No pasó nada extraordinario. Tal vez por eso lo recuerdo.
Hablamos del carbón. Casi todos vivían de eso. Caminaban hasta la montaña, cortaban leña, la cubrían con tierra, esperaban el fuego, cargaban los sacos y volvían. Muchos kilómetros. Mucho peso. Poco dinero.
Lo contaban sin queja.
Como se cuenta lo que toca hacer.
Teresa
Teresa se acercó cuando ya llevábamos un rato allí.
No vino al centro. No interrumpió. Llegó desde un costado, despacio, como si no quisiera molestar. Era menuda. Llevaba un pañuelo en la cabeza y una pollera larga, gastada por el uso. Tenía las manos secas, marcadas, de esas manos que han cargado agua, leña, ollas calientes y niños dormidos.
Se paró frente a mí.
—Soy Teresa —dijo.
Nada más.
Me tomó la mano. No fuerte. Pero tampoco la soltó enseguida. Me miraba de frente, sin apuro.
Después buscó algo en el bolsillo del vestido.
Sacó una piedra pequeña.
Era lisa, un poco brillante. La sostuvo un instante entre los dedos y después la dejó en mi palma.
—Es para recordar —dijo.
Cerré la mano alrededor de la piedra.
—¿Recordar qué, mamá Teresa?
Miró hacia las casas. Hacia los chicos. Hacia las mujeres que seguían trabajando como si nada. Después volvió a mirarme.
—Que nosotros estamos aquí.
Hizo una pausa breve.
—Que somos gente.
Y agregó más bajo:
—Que usted vino.
La piedra
No respondí enseguida.
La piedra era chica. Cabía entera en la mano. Pero pesaba. No por el tamaño. Pesaba por lo que Teresa había puesto ahí sin explicarlo demasiado.
No me estaba dando un recuerdo.
Me estaba dejando una tarea.
Que no olvidara ese lugar. No “la aldea”, así en general. No “los pobres”, como se dice cuando se habla desde lejos. Ese lugar. Esas casas. Esos chicos. Esas mujeres. Esa gente que trabajaba, esperaba, cantaba, cocinaba, cargaba carbón y seguía viviendo.
—Somos gente —había dicho.
Guardé la piedra en el bolsillo de la camisa.
Teresa miró el gesto y sonrió apenas. Después volvió a su sitio. Sin esperar nada. Sin quedarse en el centro. Como había llegado, se fue. Despacio, con sus pasos cortos, su pañuelo en la cabeza y sus manos de trabajo.
Para no olvidar
Antes de irnos, un hombre nos pidió llevar a su padre hasta la ruta. Estaba enfermo y no podía caminar. Lo subimos con cuidado a la camioneta. No quiso dejar su saco de carbón.
—Es nuestro sustento —dijo.
Nadie insistió.
El regreso fue más callado. A un costado del camino vimos a unos hombres llevando a un soldado herido en una camilla improvisada. Paramos. Les dimos agua y unas galletas. Después seguimos.
Yo llevaba la piedra en el bolsillo.
Cada tanto metía la mano para tocarla. Seguía tibia. Tal vez por el sol. Tal vez por mi cuerpo. Tal vez porque venía de las manos de Teresa.
No sé mucho más de ella.
No sé cuántos hijos tenía, ni cuántas veces caminó hasta la montaña, ni cuántos sacos de carbón cargó en su vida. Sé que aquel día se acercó, dijo su nombre y me puso una piedra en la mano.
Eso me quedó.
Una mujer pequeña, de pañuelo en la cabeza, diciéndome sin levantar la voz:
—Que nosotros estamos aquí.
Y todavía hoy, cuando recuerdo esa aldea, primero me viene la piedra. Después Teresa. Después todo lo demás.