Memoria con rostro

Venancio y el pan guardado

La calle y el pan · Luanda, 16 de diciembre de 1994

Crucé Palanca en bicicleta con la tarde ya bajando. El polvo se pegaba a las piernas y el aire tibio traía voces sueltas desde la feria. En una esquina me encontré con el hermano Máximo Herrera: flaco, mochila gastada, ojos despiertos. Vivía en Palanca y por las noches salía a rondar para asistir a los chicos de la…
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La calle y el pan · Luanda, 16 de diciembre de 1994

La ronda

Crucé Palanca en bicicleta con la tarde ya bajando. El polvo se pegaba a las piernas y el aire tibio traía voces sueltas desde la feria. En una esquina me encontré con el hermano Máximo Herrera: flaco, mochila gastada, ojos despiertos. Vivía en Palanca y por las noches salía a rondar para asistir a los chicos de la calle. Llevaba gasas, un poco de pan, alguna palabra a tiempo. No hacía de eso una escena importante. Caminaba, miraba, se detenía y volvía a caminar.

—¿Arrancas la ronda, hermano? —le pregunté, frenando la bicicleta.

—Como se pueda —me respondió—. Hoy hay varios en la avenida. Voy a verlos.

Lo vi alejarse con la mochila sobre un hombro. No iba rápido, pero tampoco se distraía. Tenía una manera de mirar los rincones que parecía aprendida en muchas noches. Más tarde, cerca de la parroquia, me crucé con Lourdes. Venía de reunirse con los Salesianos Cooperadores, cuaderno en mano, paso rápido. Me habló del Miguel Magone sin agrandar nada: un cuarto limpio, duchas que funcionaban, un plato caliente cuando había, reglas simples, alguien que escuchara. Casa chica, puerta cercana, nombre y mirada.

El pedido

Esa noche el patio de San Pablo siguió vivo hasta tarde. Los reflectores dejaban la cancha en una claridad dura; algunos chicos todavía corrían detrás de la pelota y otros demoraban la salida, como si costara abandonar del todo ese poco de luz. A las nueve y veinticinco, Gino hizo la seña de cierre. Empecé a bajar portones, apagar luces, juntar un banco que había quedado a mitad de camino.

Entonces apareció Venancio. Primero fue una sombra junto al portón. Después distinguí la ropa húmeda pegada al cuerpo, los pies oscuros de polvo, la cara cansada. Lo conocía de las rondas. No siempre hablaba. A veces se quedaba cerca, comía algo, miraba el juego desde un borde y después se iba antes de que alguien pudiera preguntarle demasiado.

Aquella noche se acercó más que otras veces. Se detuvo frente a mí y apretó los labios antes de hablar. Tenía una mano agarrada al borde de la camiseta, como si necesitara sujetarse de algo. La otra le quedaba cerrada junto al cuerpo.

—Padre… por favor —dijo, casi sin levantar la voz—. Déjeme dormir adentro. Si me quedo afuera, me pegan.

No agregó nada. La frase quedó entre nosotros, seca, suficiente. Esa noche no pedía una solución grande. Pedía cruzar el portón y pasar unas horas del lado donde nadie lo golpeara.

Le dije que sí. Abrí lo justo para que entrara. Al cruzar, no miró hacia la cancha ni hacia las luces; miró el suelo, atento a dónde poner los pies. Busqué una colchoneta de catequesis, una manta y un rincón donde el sereno no mordiera tanto. Le alcancé agua. Bebió despacio, con las dos manos alrededor del vaso.

—Mañana vemos —le dije—. Lourdes te puede llevar al Miguel Magone.

Asintió apenas. Se sentó sin ocupar demasiado espacio. Seguía atento al ruido de una puerta, a los pasos que cruzaban el patio, a la voz de Gino llamando desde lejos. Por ahora le bastaba quedarse allí.

No te pierdo de vista

Al rato, Lourdes cruzó el patio con su cuaderno. Lo vio en el rincón y bajó el paso. No llegó con apuro ni con preguntas lanzadas desde arriba. Se agachó a su altura, acomodó el cuaderno sobre las rodillas y empezó por lo más sencillo.

—¿Tu nombre?

—Venancio.

—¿Dormiste aquí otras veces?

—No… hoy no puedo afuera.

Lo dijo mirando el piso. Lourdes no llenó el silencio. Anotó despacio: el nombre, la esquina donde solía caer, con quién andaba, si comía en algún lado. Cada tanto levantaba la vista y esperaba. Venancio respondía poco. A veces movía apenas la cabeza; otras dejaba salir una palabra corta, y con eso alcanzaba para seguir.

Después Lourdes cerró un poco el cuaderno y lo miró con esa firmeza suya, tan distinta de la dureza.

—Mañana te acompaño. A las siete y media, aquí. No te pierdo de vista.

Venancio levantó los ojos un instante. No sonrió. Tampoco hizo falta. Volvió a mirar hacia abajo, pero la frase ya había quedado dicha: a la mañana siguiente alguien iba a acordarse de él.

El pan

Cerramos con suavidad y nos quedamos un rato en silencio. Desde lejos llegaba una radio que parecía pelear con la noche. El patio, tan ruidoso un momento antes, respiraba de otra manera. Partimos un pan redondo en tres. Venancio tomó su parte sin apuro. Comió arrancando pedacitos pequeños, con la mirada baja y el cuerpo algo encogido sobre la colchoneta.

Cuando quedó un trozo, lo envolvió como pudo y lo guardó en el bolsillo.

—Para después —dijo.

Lo dijo sin dramatismo, como quien hace algo conocido. Guardar un resto, no terminar todo, llevar algo encima por si hacía falta. El pan quedó allí, abultando apenas la tela húmeda del pantalón.

Desde la reja de la calle, Máximo pasó en su ronda y nos saludó con la mano.

—¿Todo en paz?

—Por hoy, sí —le respondí.

—Sigo. Vuelvo tarde.

Y siguió caminando. Venancio lo miró alejarse. No preguntó quién era. Después bajó la vista hacia el bolsillo donde había guardado el pan y se acomodó mejor bajo la manta.

Dormir adentro

Dormimos poco. Venancio durmió adentro. Lo vi algunas veces durante la noche, encogido bajo la manta, la cara vuelta hacia la pared, una mano cerca del bolsillo. No sé si descansó de verdad. Tal vez solo cerró los ojos a ratos. Pero estuvo bajo techo. Nadie lo empujó hacia la calle. Nadie le pidió que explicara otra vez por qué tenía miedo.

A la mañana temprano se levantó antes de que lo llamáramos. Se lavó la cara en la canilla y se peinó con la mano. El agua le corrió por el cuello y le mojó un poco más la camiseta. Se frotó los ojos, miró el patio ya claro y esperó. No preguntó si Lourdes vendría. Se quedó listo.

Lourdes llegó puntual, como había dicho. Ya había avisado a los Cooperadores. Venancio la vio entrar y se puso de pie enseguida. No hubo abrazo ni escena grande. Solo esa pequeña confirmación: la mujer del cuaderno había vuelto a la hora prometida.

Salimos juntos hacia el Miguel Magone. Venancio caminaba con pasos cortos. A veces iba un poco delante; después volvía a quedar cerca, como si midiera la distancia justa. La ciudad empezaba a despertarse: puertas que se abrían, voces de agua, una bicicleta levantando polvo. Él no hablaba. Llevaba la cara recién lavada y la misma ropa de la noche anterior.

En algún momento, Lourdes me dijo al oído:

—Aquí no salvamos a nadie. Sostenemos. Lo demás, de a pasitos.

Lo dijo sin tristeza y sin triunfo. Venancio seguía caminando unos pasos adelante. No sé si oyó la frase. Iba con los pies marcados por la noche, entrando despacio en una mañana distinta.

Para después

Esa tarde, al volver, el patio retomó su movimiento de siempre. Los acólitos cruzaban el presbiterio, el coro probaba entradas, ADS y Laura Vicuña movían sillas, los Escuteiros organizaban el sábado. La vida común siguió andando. Me senté un minuto en el banco de la entrada y respiré hondo.

No escribí una gran reflexión. Anoté su nombre. Venancio. Y debajo, casi para no olvidarlo: no te pierdo de vista. Después volvieron algunas imágenes sueltas: el vaso sostenido con las dos manos, la ropa húmeda, la manta sobre los hombros, la cara mojada en la mañana, los pasos cortos junto a Lourdes.

También volvió el pan guardado en el bolsillo. No como símbolo preparado, sino como gesto pequeño: un resto para después, por si el día volvía a ponerse difícil.

Venancio salió hacia el Miguel Magone sin una historia resuelta. Llevaba el rostro lavado, un nombre pronunciado y una promesa cumplida temprano. Lo vi alejarse así, acompañado, todavía callado. Y esa imagen me bastó para cerrar el cuaderno: un chico que no quedó afuera, una puerta abierta a tiempo, un pedazo de pan esperando en el bolsillo.

También volvió el pan guardado en el bolsillo. No como símbolo preparado, sino como gesto pequeño: un resto para después, por si el día volvía a ponerse difícil.

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Seguí explorando la memoria de Angola en La calle y el pan.

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